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Pedro
Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Este año disfruté de la fiesta de la independencia de una
forma muy especial y emotiva. El 14, asistí a la celebración
del Colegio Jeshua, en Santa Elena. Me recordó mi niñez,
cuando por primera vez en mi vida participé en un desfile, más
emocionado por el uniforme, los zapatos negros bien lustrados y la música
de la banda, sintiéndome orgullosamente un niño salvadoreño,
que por el verdadero significado de la fiesta patria. Al ver a estos niños
desfilar, les confieso que me hubiera gustado volver a mi niñez
y haber marchado con tanta emoción como lo hicieron ellos.
Lo maravilloso de este desfile para los niños es que fueron acompañados
por una banda de paz de 52 cadetes del Colegio Militar, compuesto por
jóvenes que ceremoniosamente hicieron los honores a la bandera,
y el trompetista tocó un solo de un minuto en honor de los caídos
en la Independencia.
El desfile duró una media hora y fue precedido por dos policías
en sus motocicletas. El talante de los niños correctamente uniformados
y portando con orgullo las banderas de los países centroamericanos
era admirable. Se sentían orgullosos de ser salvadoreños.
La gente de las casas y los empleados de los negocios de los alrededores
salieron a las puertas y las ventanas para ver el desfile de los niños.
Después, ya en el acto cívico, coronaron a la reina de la
Independencia, para quienes lo pequeños bailaron danzas folclóricas
de los países centroamericanos, entre los que no faltó El
carbonero. Fue una mañana muy bonita en la que los alumnos
del Colegio Jeshua me hicieron volver a mi niñez, sintiéndome
emocionado junto a ellos con mi camisa blanca, mi pantalón azul
y mis zapatos negros bien lustrados.
La verdad es que no es necesario ser un colegio grande para celebrar con
respeto y fervor nacional las fiestas de la Independencia. En este colegio,
que posiblemente es uno de los más pequeños del entorno,
se siente la preocupación de la dirección y las maestras
por la sana educación de los niños y la seriedad con que
celebran estas y otras fiestas.
Soy de los que creen que en la niñez es cuando hay que enseñarles
a los niños a que se sientan orgullosos de ser salvadoreños
e inculcarles la importancia que tiene para ellos su país, para
que en el futuro sean hombres de bien, que aman a su patria.
Dios quiera que nunca tengan la necesidad ni la ilusión de irse
de El Salvador, si no es para perfeccionarse en sus estudios. Mi esperanza
es que, cuando estos niños tengan veinte años, ya no sea
necesario emigrar para poder vivir aquí honrada y dignamente.
El 15 de septiembre también fue un día especial que pasé
en San Vicente, mi ciudad natal, donde junto con mi equipo de colaboradores,
a beneficio de la Catedral de la Ciudad de Austria y Lorenzana,
cocinamos una paella gigante para 2,500 personas.
La actividad fue organizada por la Fundación para el Desarrollo
de San Vicente, con cuyos directivos y el párroco de la Catedral,
hace unos tres meses, decidimos realizar la actividad, para completar
la compra de las nuevas puertas de la Catedral.
Pero volviendo al 15 de septiembre, no puedo dejar de comentar lo que
disfruté del desfile en el que participaron la Fuerza Armada, los
institutos, los colegios y las escuelas de la ciudad.
Los bailes de las cachiporristas además de muy bonitos por la destreza
con que los presentaron, nos mostraron la esbeltez y la belleza de su
juventud. Tanto para ellas como para sus padres debe haber sido emocionante
que la gente les admirara y les aplaudiera. Ojalá que los sentimientos
por la patria vayan mucho más allá de la celebración
de un 15 de septiembre, y se les grave en su memoria como algo muy especial
que les haga querer más a esta tierra y sus costumbres.
El 14 y 15 de septiembre fueron de verdad dos días intensos de
emociones y trabajo: el primero volviendo a mi niñez junto con
los niños del Colegio Jeshua, y el segundo, en San Vicente, entre
una mezcla sentimientos alegres y tristes, pues, por un lado, recordaba
mi niñez y juventud cuando también yo desfilaba por esas
calles, como por la alegría de estar en mi ciudad contribuyendo
para una buena causa y, por otro lado, participando en el primer aniversario
del fallecimiento de una de mis queridas hermanas.
Esta rica mezcla de sentimientos y acontecimientos es lo que a uno le
hace sentir que está vivo y que aún falta mucho por vivir
y por hacer.
Espero que usted también haya pasado un 15 de septiembre alegre,
que haya visto los desfiles y que si tiene hijos que desfilaron, les haya
podido acompañar para hacerles sentir que sus padres están
y estarán siempre cerca.
Y si usted vive en otro país, desde aquí le envío
un cordial saludo, invitándole a que piense un momento en su lugar
de nacimiento y recuerde las celebraciones de septiembre, pues, a pesar
de la distancia, usted sigue siendo parte de la Patria salvadoreña.
La tierra de donde uno es, es su Tierra y es su Patria.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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