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| Pasado. El compatriota, en Nueva York y con el
World Trade Center de fondo. Foto EDH |
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
José Luis Rivera, un salvadoreño de 44 años, es uno
de los sobrevivientes del atentado terrorista contra el Centro Mundial
de Comercio en Nueva York, ocurrido el 11 de septiembre de 2001.
El compatriota conversó vía telefónica con elsalvador.com
y contó cómo desde ese día su vida cambió
por completo.
En el atentado sufrió quemaduras de segundo grado en la cabeza,
se le formaron dos hernias en la cintura y se dislocó el hombro
izquierdo, lo que desde entonces le impide desenvolverse en un trabajo.
A nivel sicológico experimentó desarreglos. Tiene fobia
a los edificios altos y a los aviones que vuelan bajo.
Tres años después de la tragedia, José se encuentra
desempleado y sobrevive gracias a una pensión vitalicia que el
gobierno estadounidense le entrega cada mes, la cual asciende a unos $1,500,
y que, a juicio del connacional, no es suficiente para cubrir sus gastos.
Luego del atentado me dieron ayuda sicológica, terapias para
mis dolencias y dinero para el alquiler de una vivienda. Pero desde el
año pasado me las quitaron (las terapias) porque dicen que estoy
bien, sólo me han mantenido la pensión, aseguró.
Impotencia y tristeza
Rivera, quien aún vive en Nueva York, trabajó durante 22
años en las Torres Gemelas para la empresa Building Maintenance,
donde se desempeñaba en diversas áreas de mantenimiento
de los edificios.
Según él, en los edificios trabajaban alrededor de 8 salvadoreños,
de quienes nunca volvió a saber, excepto por dos amigos suyos:
Carlos Sánchez y Ernesto Soto.
Con tristeza, dolor y sentimientos encontrados recuerda, como si hubiese
sido ayer, todo lo que sucedió aquella mañana fatídica
del martes 11.
Dice que lo más impactante fue la impotencia que se vive en situaciones
como esa, donde poco o nada se puede hacer en beneficio de los demás.
Entre sus anécdotas recuerda a una pareja que, agarrada de la mano,
saltó de la Torre Dos. Después, vio como una señora
embarazada optó por lanzarse al vacío antes de morir
quemada.
Viví una impotencia horrible, es algo que no puedo describir,
no se puede hacer nada. Es algo que me ha marcado para el resto de mi
vida. Cuando me acerco a un edificio alto o veo que un avión vuela
bajo regresan a mi mente todos los sentimientos que viví aquel
día, dijo.
Durante el ataque, Rivera pensó en su hijo Cristian, quien se encontraba
en la escuela. Tenía 15 entonces.
Fue un momento de mucha angustia. No sabía de él ni
él de mí
Nos vimos hasta las once de la noche, y al
encontrarnos nos abrazamos y lloramos.
Hoy, que se conmemora el tercer aniversario del siniestro, José
dice que pasará el día con su madre, Juana, y, por supuesto,
su primogénito. Juntos orarán, en privado, por todos las
víctimas.