Salvador
Castellanos*
El Diario de Hoy
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Deben
haber corrido los últimos años de la década de los
sesentas cuando, por invitación de mi fallecido tío político,
Roberto Tutu Quintanilla, asistí por primera vez a
un partido de futbol de primera división.
Fue una cálida tarde de domingo, en la que, con la respectiva bolsa
de yuquita frita, nos instalamos en las graderías de sol, del entonces
Estadio de la Flor Blanca.
Jugaban el Águila y no sé que otro equipo de primera división,
y quizá porque Tutu era migueleño y por ende
aguilucho, o tal vez porque a mi corta edad me dejó impresionado
cómo el Ruso Quintanilla salió del terreno de
juego en una camilla, como producto de una jugada peligrosa, pero también
me declaré seguidor de los emplumados.
Lo curioso es que no volví al estadio, sino varios años
después, como espectador casual de un torneo relámpago durante
la inauguración de un campeonato de primera división.
Una vez más, quedé impresionado por una hazaña futbolística,
un gol desde la media cancha, gracias al patadón de un inmenso
jugador de raza negra, que dejó boquiabiertos a todos los asistentes.
Por esos mismos años, la participación de nuestra selección
en el Mundial de México, se convirtió en una locura colectiva.
Recuerdo que incluso nos dejaban salir temprano del colegio para no perdernos
los partidos, que yo seguía embelesado, al ritmo del Pájaro
Picón Picón, en un inmenso televisor blanco y negro, ubicado
justo en el centro de nuestra sala familiar.
Era una época gloriosa para nuestro futbol, en la que todo pequeño,
y creo que también los adultos, anhelábamos conocer en persona
a Pipo Rodríguez, al Mon Martínez
o al Araña Magaña.
Verdaderos ídolos del colectivo. Incluso recuerdo cómo me
llenó de emoción cuando mi madre me contó que habían
sido vecinos de colonia con Pipo, y más aún,
cuando me lo presentó en un parqueo o algo así.
Tal vez le parezca a esta altura, que soy un fanático del futbol,
pero no, la realidad es que mis visitas a un estadio se cuentan con los
dedos de las manos y no tengo predilección por este deporte.
Sin embargo, puedo recordar vívidamente su impacto en nuestro país
y nuestra gente. Crecí en la Colonia Flor Blanca, y por ello presencié
cientos de veces el ritual implícito en un domingo por la tarde
en el estadio.
El carrerío que llenaba las calles y, más de alguna vez,
llenó de ira a mi padre, porque algún busero o aficionado
tardío se había apropiado de nuestro parqueo.
Recuerdo las canastas con golosinas, la reventa de boletos, los que muriaban
pagando un par de colones a los vigilantes, y sobre todo las bolsas de
papel de empaque rellenas de zacate, que servían primero como cojines,
y luego, como proyectiles en la guerra de bolsazos que nunca faltaba al
final de cada partido, y a la que los muchachos de la colonia nos uníamos
gustosos. Tampoco puedo olvidar el retumbo que ocasionaba el grito de
gol, sobre todo en partidos legendarios, como cuando nos visitó
el Santos de Pelé.
En fin, aunque luego me mudé de barrio, los partidos se movieron
al Cuscatlán y yo nunca me convertí en aficionado, no pude
desatender el impacto que siguió teniendo el deporte rey. Por uno
u otro medio, seguí enterándome de las peripecias de Pelé
Zapata, el Pajarito Huezo, la Chelona Rodríguez
y, por supuesto, el fenomenal Mágico González,
así como les que les siguieron, entre ellos, Mauricio Cienfuegos
y Raúl Díaz Arce.
Lo que me pregunto es ¿qué sucedió con ese futbol
de primera?
Lo que tenemos hoy en día no es ni la sombra de esa época
heroica. Lo demuestran los pobres resultados, la baja asistencia a los
estadios, el que los escenarios deban ser custodiados por decenas de policías.
Definitivamente algo hemos perdido. La mística, la entrega, la
disciplina, la caballerosidad, el amor al deporte.
Irónicamente, visité un estadio hace poco, pero no fue para
recordar los viejos tiempos en las graderías, sino para cubrir
la muerte de aficionado y heridas en muchos más, debido a la explosión
de una bolsa llena de pólvora, introducida ilegalmente.
¿Cuál es la pila?
*Columnista de El Diario de Hoy
scastellanos@elsalvador.com

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