Jorge Ernesto Peña
Villacorta*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
¿Hasta cuándo
se resolverán los problemas que aquejan al servicio de transporte
público por autobuses? Parece ser que ninguno de los sectores involucrados,
como son las autoridades de transporte y los señores empresarios
de autobuses, tienen un real interés por encontrar verdaderas soluciones
a la problemática que presenta este servicio.
Por un lado, los transportistas exigen más allá de lo razonable,
queriendo buscar una ventaja por la vía económica aumentando
el precio del pasaje y, a la vez, presionando por otras concesiones como
líneas de financiamiento blandas, no más permisos de líneas,
etc. Es lamentable cómo estos propietarios de autobuses se valen
de un partido político para hacer de las suyas, irrespetando las
ordenanzas legales bajo el amparo del chantaje político, burlándose
así de la autoridad rectora del transporte.
Por otra parte, las autoridades del transporte poco hacen, en la práctica,
por que se cumpla la normativa legal. Estudios serios sobre los problemas
del transporte público se han hecho desde hace varios años,
pero sólo han logrado impactar en el peso de los archivos y escritorios
de ex funcionarios, que les han servido para ilustrarse y conocer, en
papel y lápiz, los problemas y soluciones sin que, hasta el momento,
se haya hecho algo positivo por mejorar esta clase de servicio.
Mientras tanto, es el público usuario el que tiene que padecer
la indolencia y poca seriedad de ambos sectores por solucionar, de una
vez por todas, los problemas que aquejan este servicio. La corrupción
en la entrega de permisos de líneas, saturación de unidades
en las diferentes rutas, falta de planificación en el diseño
y creación de rutas, obsolescencia del parque vehicular, malos
tratos de los motoristas al usuario, irresponsabilidad en los accidentes
de tránsito, competencia temeraria, etc., son aspectos irrefutables
que confirman dicha problemática.
Basta con revisar algunos ar- tículos de la Ley y su Reglamento,
para darnos cuenta de la inaplicabilidad por parte de las autoridades
del transporte y el incumplimiento de los mismos, por parte del sector
transportista. Citemos algunos ejemplos: El Artículo 54 del Reglamento,
en sus numerales uno y dos, dice que los autobuses no deben de exceder
los quince años de su fecha de fabricación (Artículo
34 de la Ley) y deben garantizar comodidad y seguridad en la prestación
del servicio.
En la práctica, ¿será cierto esto? Los artículos
100 y 105 de la ley se refieren a la contaminación ambiental y
mediciones de gases y humo, y ¿qué es lo que vemos? ¿Acaso
esas nubes grises son premonición de que va a llover o que nos
cuidemos los pulmones? El Artículo 93 del Reglamento obliga, como
mínimo, dos revisiones técnicas por año. Habría
que preguntarse ¿cuántas se han hecho desde que éste
se aprobó? Con seguridad que ninguna. Para muestra recordemos el
accidente trágico del autobús de la ruta 306, que dejó
muchas muertes en el municipio de Carolina, y ¿qué ha pasado
con hacer cumplir el seguro obligatorio y fianza del conductor, de que
hablan los artículos 110 y 107 de la Ley y su Reglamento? ¿Quién
responde por estas personas?
Un último ejemplo: Los ar- tículos, 153, 154, 157 y 159
del Reglamento se relacionan al considerar falta grave, su sanción,
suspensión y hasta revocatoria de la concesión de línea
por alterar las tarifas. Ahora bien ¿qué ha sucedido? Como
reza el dicho: El que calla otorga. El silencio se ha vuelto
cómplice para que las personas usuarias de este servicio se acostumbren,
con el tiempo, a pagar las nuevas tarifas. Sólo falta que, más
adelante, se oficialice, quedando ambos sectores en aguas mansas, durmiendo
en el sueño eterno los problemas y soluciones al transporte público
de pasajeros.
*Economista MAE.
e-mail: jpvillacorta@ hotmail.com

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