
Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Parecería seguro
asumir que los individuos que lanzaron un cohete contra la sede de las
Naciones Unidas en Nueva York, que han ido a prisión en conexión
con el primer acto de terrorismo auspiciado por un gobierno extranjero
en territorio estadounidense, o que han participado activamente en grupos
secretos que cometieron docenas de atentados explosivos en Nueva York,
Nueva Jersey y la Florida, activarían infinidad de señales
de alerta al entrar en este país.
Pero tal vez no. De hecho, la semana pasada, Guillermo Novo, Pedro Remón
y Gaspar Jiménez, los hombres detrás de esos y otros actos
terroristas, fueron recibidos como héroes en Estados Unidos. Tras
un vuelo corto desde Panamá a bordo de un avión privado,
los hombres hicieron la señal de la victoria y sonrieron al enjambre
de camarógrafos en un aeropuerto de Miami, mientras las autoridades
estadounidenses se quedaban mirándoles.
Horas antes, la Presidenta panameña Mireya Moscoso les había
perdonado junto a un cuarto hombre, Luis Posada Carrieles, con lo cual
terminaba su permanencia en una cárcel panameña por cargos
relacionados con una conspiración para asesinar al Presidente cubano
Fidel Castro en 2000. Posada, un fugitivo internacional acusado de la
explosión de un vuelo de Cubana de Aviación que mató
a 73 personas, no pudo acompañar a los otros hasta Miami por no
poseer un pasaporte estadounidense. En cambio, según informes de
la prensa hondureña, este experto en explosivos entrenado por la
CIA fue dejado en Honduras con un pasaporte estadounidense falso.
Aquí y en América Latina, algunos críticos se apresuraron
a concluir que Washington había presionado a Moscoso para que les
liberara, evocando la obsesión de la administración de Bush
con Castro y los posibles beneficios políticos que ello representaría
para el Presidente Bush en la Florida. Funcionarios de la administración
Bush, por su parte, no tardaron en responder que ellos nunca hicieron
lobby al gobierno panameño para que perdonara a nadie.
Ese forcejeo verbal cae en la vieja trampa de conspiraciones y desmentidos,
y oculta la idea más importante: algo está terriblemente
mal cuando Estados Unidos, después del 11 de septiembre, deja de
condenar el indulto de terroristas y les permite a éstos, en cambio,
andar libremente por las calles estadounidenses.
La claridad moral es una ventaja estratégica en la
guerra contra el terrorismo, dijo Douglas Feith, el jefe de asuntos políticos
del Pentágono, en un discurso en 2002. Si el Presidente Bush frecuentemente
identifica al terrorismo como maléfico, agregó,
es con el propósito de conducir al mundo hacia un rechazo incuestionable
del terrorismo, independientemente de sus metas.
Los cuatro exiliados cubanos han dedicado prácticamente cuatro
décadas de sus vidas a un rabioso intento por destruir a Castro,
su revolución comunista y cualquiera que se haya atrevido a criticar
sus violentas tácticas. Ya sea por la suerte de tener poderosos
aliados o el hecho tan conveniente para ellos de una tolerancia previa
hacia ciertos actos terroristas, los cuatro han podido circular la mayor
parte del tiempo libremente y planear su próximo atentado.
Ahora pueden agregar la clemencia presidencial panameña a una extraña
lista de logros que incluyen fugas de prisiones extranjeras, levantamiento
de cargos y sentencias de cadena perpetua conmutadas.
Éstas son supuestamente otras épocas. En su discurso de
2002, Feith reconoció el desagradable hecho de que
en las últimas tres décadas el mundo, incluido Estados Unidos,
toleró el terrorismo. En el mundo post septiembre 11, agregó,
nadie que aspire a la respetabilidad puede tolerar, menos aún
apoyar terroristas que en el pasado pudieron haber sido vistos como
defensores de la libertad.
Tal vez Feith debió eximir a quienes odian a Castro. A juzgar por
entrevistas esta semana, líderes de la comunidad cubano americana,
incluso ex funcionarios estadounidenses, no han reevaluado su tolerancia
al terrorismo. Simón Ferro, ex embajador estadounidense en Panamá,
minimizó la importancia del perdón de Moscoso diciendo que
los indultados sólo habían sido hallados culpables de entrar
en Panamá ilegalmente. (Estaban cumpliendo sentencias de siete
y ocho años por poner en peligro la seguridad pública).
Francisco (Pepe) Hernández, presidente de la Fundación Nacional
Cubano Americana, dijo que su organización no propugna la violencia,
pero no condenamos a quienes luchan y exponen su vida para tratar
de liberar a su pueblo.
El Gobierno estadounidense parece estar haciendo poco para que piensen
distinto. Al ser cuestionado de nuevo esta semana, el vocero del Departamento
de Estado, Richard Boucher, simplemente negó una vez más
haber estado involucrados.
Días antes de terminar su mandato presidencial, Moscoso perdonó
a los cuatro conspiradores por razones humanitarias, temiendo con razón
que si llegan a ser extraditados a Cuba, como Castro lo quiere, serían
ejecutados sumariamente. No hay duda de que las cortes de Castro serían
despiadadas con ellos. Pero ¿debe Estados Unidos acoger a terroristas
como héroes para prevenir mayores injusticias?
Había espacio para la consistencia moral en este caso. Washington
siempre podrá persuadir a Panamá a que se niegue a la extradición
sin tener que parecer ahora tan notablemente aquiescente con los indultos.
Eso habría demostrado la intolerancia de Washington hacia terroristas
en general y permitido a Panamá demostrar ser un fuerte e incuestionable
aliado en la guerra internacional contra el terrorismo. Pero los funcionarios
estadounidenses optaron por otra muy distinta solución.
*Columnista del Washington Post.

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