Marvin
Galeas *
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo.
com.mx
Millones de ojos alrededor
del planeta observaron espantados, en 1979, cuando un Guardia Nacional
le pegó un tiro en la cabeza al periodista estadounidense Bill
Stewart en una calle de Managua.
En 1980, el periodista mexicano Ignacio Rodríguez Terraza fue muerto
de un balazo mientras cubría un enfrentamiento entre policías
y manifestantes en pleno centro de San Salvador. Durante los años
de la guerra en Centro América murieron, mientras realizaban su
labor, decenas de periodistas, muchos de ellos salvadoreños.
A pesar de todo, la cobertura de conflictos sangrientos siempre atrae
de manera misteriosa a los hombres y mujeres de prensa.
Hernán Vera, periodista venezolano con quien compartí casi
una década de adrenalina, miedos, alegrías, tiros y bombazos
en el norte de Morazán, me juró, cuando terminó la
guerra, que nunca más cubriría ni siquiera el más
insignificante tiroteo.
Hernán, atrevidísimo con la cámara de vídeo
al hombro, escapó de la muerte varias veces. Una vez cayó
en una emboscada del ejército en Poza Honda, al norte del río
Torola. Me sentía como una cucaracha, me contaba. Tony,
quien iba a su lado, cayó acribillado a balazos. En Berlín,
Usulután, mientras filmaba los combates, una bala le pasó
rozando la barba.
En las faldas del cerro Cacahuatique vio cómo a un combatiente
que estaba a pocos metros de él, una bomba de avión lo partió
en varios pedazos. Hernán, aparte de una pequeña esquirla
en la espalda, la pérdida por unos minutos de la visión,
mareos y vómitos, salió ileso.
En 1985, una fresca mañana de septiembre en Arambala, Morazán,
se nos vino encima toda la Fuerza Aérea. Fueron casi ocho horas
de rock y no precisamente de paz, música y amor.
Lluvia de plomo desde el aire. Un cohete aire tierra cayó en medio
de la pelota de gente del equipo de la radio. Yo estaba a unos metros,
metido en una zanja. Vi cuando el poderoso proyectil se estrelló
contra la parra de bambú bajo la cual estaban mis compañeros.
Explosión, fuego, calor, humo, gritos. Nueve bajas: tres muertos,
cuatro heridos. Hernán, que estaba en medio, resultó ileso.
Pero nunca más vuelvo a la guerra, me repitió
en México, cuando nos despedimos luego de cubrir la firma de los
Acuerdos de Paz.
En 1994 la cabra siempre tira para el monte se fue para Sarajevo.
A orillas del río Drina se topó con una patrulla militar.
A Hernán y su compañero de andadas, el mexicano Epigmenio,
los soldados los tiraron al suelo.
Les pusieron fusiles en el pecho. Los iban a matar. De pronto Epi sacó
un pasaporte mexicano. Un soldado gritó: ¡México!
¡Hugo Sánchez! ¡Real Madrid! Los abrazaron emocionados
y los dejaron ir.
La última crónica de Hernán sobre una guerra fue
escrita en una humosa cantina de Serbia. Era magistral. La crónica
sobre uno de los episodios más sangrientos de la era moderna comenzaba
describiendo las sensuales medias negras que cu- brían las no menos
sensuales piernas blancas de una mujer que caminaba por el bar, mientras
a lo lejos se escuchaba el ruidaje de la artillería.
Hacer periodismo bajo dictaduras o en guerra es de manera irónica
difícil y a la vez fácil. Difícil por el peligro,
por el miedo ambiente, por la censura. Quiere coraje. Y si
a eso se le agrega estilo, genial. Fácil porque las buenas historias
están en todas partes.
Pero en democracia y paz, el periodismo es otra cosa. Caída la
dictadura, llegada la paz, la cosa se torna aburrida. Todos se vuelven
analistas políticos. Las crónicas sobre el estado de la
economía se vuelven infumables. Los escándalos sobre corrupción
llenan páginas y páginas.
Los periodistas, llenos de tedio, se sumergen en largos debates sobre
la ética. Claro que es importante informar sobre todos esos hechos.
La ciudadanía tiene derecho a estar enterada.
Pero hace falta, creo, más imaginación, olfato y perspicacia
para descubrir ricas historias que están en la cotidianidad. Algunos
periodistas se esfuerzan por ello y a veces nos impactan con buenas historias.
Otros, quizá buscando notoriedad o con nostalgia de sangre, entienden
el periodismo como el arte de despedazar a un cristiano o de cobrar viejas
facturas. Buscan a quién pillar en el desacierto no para informar
sobre los hechos, sino para condenar y acabarse al acusado antes que los
tribunales.
La foto de una pobre muchacha, que en una noche de copas colisionó
con no sé cuántos vehículos, apareció una
y otra vez. Como pie de foto decía: La ebria. Mala
cosa.
A un señor nicaragüense que hace casi 40 años supuestamente
cambió ilegalmente su nombre, y que se forjó una vida, con
esposa, hijos y trabajo, se le desplomó el mundo (y quizá
la vida) cuando apareció a grandes titulares la verdad,
sobre su identidad.
No estoy diciendo, que se entienda, que las personas que quebrantan la
ley, deben quedar impunes. Me refiero a la saña y morbo de ciertas
coberturas. El trabajo del periodista es informar, no condenar. Lo último
es tarea de los jueces.
Hace unos años, un periodista publicó en Newsweek un reportaje
sobre un distinguido general que lucía en su pecho unas medallas
que no le correspondían. El hombre no soportó el escarnio
y se pegó un tiro. La revista pidió disculpas. Ninguna
buena historia periodística vale la vida de una persona,
dijeron en un editorial. Pero el hombre ya estaba muerto.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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