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Crónicas que matan

Hacer periodismo bajo dictaduras o en guerra es de manera irónica difícil y a la vez fácil. Difícil por el peligro, por el “miedo ambiente”, por la censura. Quiere coraje. Y si a eso se le agrega estilo, genial.

Publicada 2 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas *
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo. com.mx

Millones de ojos alrededor del planeta observaron espantados, en 1979, cuando un Guardia Nacional le pegó un tiro en la cabeza al periodista estadounidense Bill Stewart en una calle de Managua.

En 1980, el periodista mexicano Ignacio Rodríguez Terraza fue muerto de un balazo mientras cubría un enfrentamiento entre policías y manifestantes en pleno centro de San Salvador. Durante los años de la guerra en Centro América murieron, mientras realizaban su labor, decenas de periodistas, muchos de ellos salvadoreños.

A pesar de todo, la cobertura de conflictos sangrientos siempre atrae de manera misteriosa a los hombres y mujeres de prensa.

Hernán Vera, periodista venezolano con quien compartí casi una década de adrenalina, miedos, alegrías, tiros y bombazos en el norte de Morazán, me juró, cuando terminó la guerra, que nunca más cubriría ni siquiera el más insignificante tiroteo.

Hernán, atrevidísimo con la cámara de vídeo al hombro, escapó de la muerte varias veces. Una vez cayó en una emboscada del ejército en Poza Honda, al norte del río Torola. “Me sentía como una cucaracha”, me contaba. Tony, quien iba a su lado, cayó acribillado a balazos. En Berlín, Usulután, mientras filmaba los combates, una bala le pasó rozando la barba.

En las faldas del cerro Cacahuatique vio cómo a un combatiente que estaba a pocos metros de él, una bomba de avión lo partió en varios pedazos. Hernán, aparte de una pequeña esquirla en la espalda, la pérdida por unos minutos de la visión, mareos y vómitos, salió ileso.

En 1985, una fresca mañana de septiembre en Arambala, Morazán, se nos vino encima toda la Fuerza Aérea. Fueron casi ocho horas de “rock” y no precisamente de paz, música y amor.

Lluvia de plomo desde el aire. Un cohete aire tierra cayó en medio de la pelota de gente del equipo de la radio. Yo estaba a unos metros, metido en una zanja. Vi cuando el poderoso proyectil se estrelló contra la parra de bambú bajo la cual estaban mis compañeros.

Explosión, fuego, calor, humo, gritos. Nueve bajas: tres muertos, cuatro heridos. Hernán, que estaba en medio, resultó ileso. “Pero nunca más vuelvo a la guerra”, me repitió en México, cuando nos despedimos luego de cubrir la firma de los Acuerdos de Paz.

En 1994 —la cabra siempre tira para el monte— se fue para Sarajevo. A orillas del río Drina se topó con una patrulla militar. A Hernán y su compañero de andadas, el mexicano Epigmenio, los soldados los tiraron al suelo.

Les pusieron fusiles en el pecho. Los iban a matar. De pronto Epi sacó un pasaporte mexicano. Un soldado gritó: ¡México! ¡Hugo Sánchez! ¡Real Madrid! Los abrazaron emocionados y los dejaron ir.

La última crónica de Hernán sobre una guerra fue escrita en una humosa cantina de Serbia. Era magistral. La crónica sobre uno de los episodios más sangrientos de la era moderna comenzaba describiendo las sensuales medias negras que cu- brían las no menos sensuales piernas blancas de una mujer que caminaba por el bar, mientras a lo lejos se escuchaba el ruidaje de la artillería.

Hacer periodismo bajo dictaduras o en guerra es de manera irónica difícil y a la vez fácil. Difícil por el peligro, por el “miedo ambiente”, por la censura. Quiere coraje. Y si a eso se le agrega estilo, genial. Fácil porque las buenas historias están en todas partes.

Pero en democracia y paz, el periodismo es otra cosa. Caída la dictadura, llegada la paz, la cosa se torna aburrida. Todos se vuelven analistas políticos. Las crónicas sobre el estado de la economía se vuelven infumables. Los escándalos sobre corrupción llenan páginas y páginas.

Los periodistas, llenos de tedio, se sumergen en largos debates sobre la ética. Claro que es importante informar sobre todos esos hechos. La ciudadanía tiene derecho a estar enterada.

Pero hace falta, creo, más imaginación, olfato y perspicacia para descubrir ricas historias que están en la cotidianidad. Algunos periodistas se esfuerzan por ello y a veces nos impactan con buenas historias.

Otros, quizá buscando notoriedad o con nostalgia de sangre, entienden el periodismo como el arte de despedazar a un cristiano o de cobrar viejas facturas. Buscan a quién pillar en el desacierto no para informar sobre los hechos, sino para condenar y acabarse al acusado antes que los tribunales.

La foto de una pobre muchacha, que en una noche de copas colisionó con no sé cuántos vehículos, apareció una y otra vez. Como pie de foto decía: “La ebria”. Mala cosa.

A un señor nicaragüense que hace casi 40 años supuestamente cambió ilegalmente su nombre, y que se forjó una vida, con esposa, hijos y trabajo, se le desplomó el mundo (y quizá la vida) cuando apareció a grandes titulares “la verdad”, sobre su identidad.

No estoy diciendo, que se entienda, que las personas que quebrantan la ley, deben quedar impunes. Me refiero a la saña y morbo de ciertas coberturas. El trabajo del periodista es informar, no condenar. Lo último es tarea de los jueces.

Hace unos años, un periodista publicó en Newsweek un reportaje sobre un distinguido general que lucía en su pecho unas medallas que no le correspondían. El hombre no soportó el escarnio y se pegó un tiro. La revista pidió disculpas. “Ninguna buena historia periodística vale la vida de una persona”, dijeron en un editorial. Pero el hombre ya estaba muerto.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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