El Diario de Hoy
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La Mano Súper
Dura ejercerá grandes beneficios para la población,
para el buen desarrollo del país, para la paz interna, para los
jóvenes salvadoreños y para los mismos mareros.
El más efectivo instrumento para disuadir a personas de caer en
la delincuencia, como para rehabilitar a quienes están en ello,
es precisamente la sanción, el castigo y el ejemplo de lo que les
pasa a los criminales.
Falta, a este respecto, que se transmitan documentales exponiendo
a jóvenes de toda edad, lo que es la vida en las cárceles,
los terribles peligros que en ellas se corren, las privaciones y amarguras
que se sufren y la ruina personal que significa ser reo.
Que sepan los mareros lo que les espera en las prisiones de máxima
seguridad: aislamiento por veinte y treinta años, una suerte de
sepulcro de los vivos, como describió Dostoievsky los exilios en
Siberia que, en su época, no revistieron la crueldad extrema de
los campos de concentración comunistas.
Romper el espinazo de las maras es liberar a los jóvenes
que se incorporaron a ellas bajo irresistibles presiones. Se conoce la
ley que rige en las organizaciones criminales: una vez que se entra, muy
pocos logran escapar.
Los mareros matan a muchos de los desertores, como los narcotraficantes
no dejan vivos a los peones que se fugan para que no los denuncien.
El público es testigo de los asesinatos de ex mareros que tratan
de normalizar sus vidas. La permanencia no es voluntaria, sino obligatoria
y la mayor parte de veces para toda la vida.
Poco a poco las leyes han ido reconociendo que en sus peores manifestaciones,
el crimen es organizado, no actos aislados de individuos. En el caso de
los mareros, como asimismo de los narcotraficantes y de las bandas terroristas,
la complejidad de sus operaciones hace imposible que puedan actuar solos.
Piénsese en la venta de droga o crack, esto último
monopolio de una de las grandes maras que actúan en territorio
salvadoreño: hay que introducir la droga de manera clandestina,
almacenarla, distribuirla a los capos de los territorios, venderla, sobornar
autoridades, cobrar, perseguir a los que se quedan con droga; la cadena
del crimen es larga y enredada, pero para las leyes salvadoreñas
simplemente no existe.
El capturado con droga es el único responsable, como si los estupefacientes
llovieran de las nubes.
Que nadie haga su justicia
Lo mismo ocurre con otras depredaciones de las maras: para cobrar impuesto
de guerra, derecho de pasaje, etc., se necesita de una banda, de quienes
vigilan, de los que ponen en guardia a los compinches cuando se acercan
las autoridades, de los matarifes que toman venganzas contra quienes los
denuncian y así por el macabro estilo. Ningún marero sobreviviría
solo a menos que las maras sean erradicadas, como ningún narcotraficante
se libera de sus cadenas, salvo cuando el narcotráfico es aplastado.
Es obvio que la lucha contra la delincuencia requiere del apoyo de la
mayoría de la población, de las instituciones, del sistema
de judicial, de los vecindarios. Esto es más que necesario para
evitar que la gente comience a hacer justicia por sí misma, como
en Guatemala, donde han linchado a criminales, o en Bolivia, donde unos
delincuentes fueron quemados vivos por los iracundos pobladores de una
ciudad, hartos de que nadie hacía nada.