
Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
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Oxford, Inglaterra. Las
conversaciones de la gente común sobre política son normalmente
depresivas. Hay un predominio de juicios subjetivos sobre personas y grupos,
en vez de juicios objetivos sobre hechos y fenómenos; esto fomenta
la idea de que todo está mal y todos son malos, cuando la política
es el centro de gravedad para preservar la paz y para que nuestra democracia
sea eficaz en resolver la pobreza.
No existe una visión a largo plazo sobre la gobernabilidad y ésta
se orienta únicamente a cómo ganar una elección o
cómo lograr la aprobación de una ley. Nuestro sistema político
es inmaduro, no hay una disciplina democrática y tampoco relaciones
estables entre los actores estratégicos de la sociedad.
Con la Constitución Política de 1983 y las reformas que
resultaron de los Acuerdos Paz en 1992, El Salvador estableció
las bases esenciales de la democracia, terminó con la exclusión
política y completó un espectro partidario plural. Desde
1982 hasta la fecha, han sido electos democráticamente cinco presidentes
y ocho asambleas legislativas sin cuestionamientos serios a la transparencia
de los eventos electorales. Sin embargo, el país es prisionero
de una aguda polarización, las parálisis en acuerdos parlamentarios
son la norma, los presupuestos de gobierno son aprobados a la mitad del
año siguiente, las protestas violentas de calle son recurrentes,
las campañas electorales son altamente ideológicas y las
crisis entre los distintos poderes del Estado son cotidianas.
Esto se combina con elevados niveles de violencia social y delictiva que
en la mayoría de los casos involucran una dramática falta
de cultura cívica de todos los salvadoreños. Mientras se
habla de los peligros de un ataque terrorista de Al Qaeda, en sólo
una semana los caos existentes en el transporte y en el sistema penitenciario
dejaron ochenta muertos.
El terrorismo que tenemos en el transporte público está
relacionado con el clientelismo de los partidos políticos, el crecimiento
de las maras con la ausencia de consenso sobre ley y orden, ambas cosas
con la gobernabilidad y todo con la falta de cultura cívica.
Es necesario precisar una agenda de puntos que permita discutir y superar
las visiones que sobre la política forjaron los años de
dictadura, de rebelión y, más recientemente, de liberalización
económica. Los dos primeros fomentaron la intransigencia y debilitaron
la capacidad de negociar, y el tercero devaluó y desprestigió
la política.
La liberalización económica contribuyó a generalizar
formas abiertas o sutiles de antipolítica. El Gobierno era considerado
un mal necesario, y los partidos, casi un estorbo. El manejo económico
responsable ha sido beneficioso, pero los empresarios, los economistas
y los gerentes bloquearon el desarrollo de políticos profesionales.
Inventar fórmulas económicas y elaborar leyes ha sido la
prioridad; los partidos y los políticos han sido instrumentos secundarios.
Centro América pretende un Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos, mientras su política todavía sigue en cuarta categoría,
con caudillismo en Nicaragua, mafias en Guatemala y Honduras y polarización
política en El Salvador. La idea de los economistas y los gerentes
es que el TLC lo resolverá todo, pero lo más seguro es que
éste producirá choques en los parlamentos y en las calles.
Si no hay madurez política, será imposible construir todo
el andamiaje institucional que requiere el tratado.
Es imposible abordar con seriedad temas como medio ambiente o política
laboral si todo responde a la polarización política. Hay
una contradicción entre visiones económicas a largo plazo
con unos consensos políticos que sólo permiten irla pasando,
mientras se navega en medio de crisis recurrentes.
Tenemos un severo desajuste entre la madurez del sistema político,
la calidad de los líderes y los tiempos reales de la democracia,
con la impaciencia y urgencia comprensible de unos ciudadanos que demandan
derechos sin conocer sus responsabilidades. Las reformas políticas
de primera generación transformaron al Estado y sentaron las bases
para una competencia transparente y en libertad.
El supuesto era que las libertades garantizaban la calidad de los resultados,
pero la realidad es que eso dependía de la calidad de los actores
políticos y de los ciudadanos, y sobre éstos no se ha hecho
nada para mejorarlos. Producir resultados a partir de la participación
de una diversidad compleja de actores y poderes es el reto.
El tiempo de revolución ya pasó, no hay fórmulas
económicas mágicas y de nada sirve hacer leyes, si el sentido
de legalidad está separado de la cultura de la sociedad. La gobernabilidad
demanda una negociación permanente y una responsabilidad compartida
que funcionen en medio de la diferencia, del debate, de la crítica
y de la interacción positiva de los poderes de arriba con las presiones
de abajo.
Hay necesidad de pensar en una segunda generación de cambios políticos
orientados a modificar conductas, con la particularidad de que muchos
de esos cambios no los logran ni las leyes, ni el crecimiento económico.
Cómo lograr que las propuestas de los políticos sean mejores,
que las leyes se cumplan, las instituciones funcionen y que los ciudadanos
asuman responsabilidades, son las preguntas que necesitamos respondernos.
Es necesario discutir sobre la responsabilidad ciudadana en la democracia;
sobre el papel de los medios de comunicación en el fortalecimiento
institucional; sobre los espacios de los grupos de presión; sobre
el rol de la educación superior en la formación del liderazgo
político; sobre las relaciones gobierno universidades, sobre el
fortalecimiento institucional de los partidos y sobre la importancia de
un consenso político acerca de la ley y el orden.
Los grupos de presión recurren sistemáticamente a la violencia
y no han adaptado sus formas de lucha a la democracia. Los gremios empresariales
siguen siendo partidistas. Las universidades están polarizadas,
han perdido calidad científica, no generan nuevos líderes
y no son las retaguardias plurales de la política que deberían
ser.
Los medios de comunicación, para responder a las exigencias del
mercado, ejecutan la crítica, pero hacen poco por crear cultura
cívica. Todo esto se combina con la baja calidad de los partidos
y el resultado final es que una sociedad que pudo pactar el final de una
guerra, no tiene ahora capacidad de negociar y producir acuerdos en democracia.
Las últimas elecciones fueron un referendo por el sistema, pero
el populismo obtuvo el 36% de los votos. Otro dato indica que más
del 50% de los salvadoreños desea un cambio. Los riesgos del populismo
son reales; lo que está pasando en Venezuela puede reproducirse
en nuestro país, aunque no tengamos petróleo; Nicaragua
y Bolivia son más pobres que nosotros y tienen el problema. Es
un error entonces pensar que la gobernabilidad es preferir en la oposición
a los comunistas, porque es fácil ganarles, y al PCN, porque es
fácil ganarlo. Eso es superar crisis haciendo crecer a los que
las provocan.
La gobernabilidad en el largo plazo requiere cambios de conducta y esto
no compete sólo al Gobierno y los partidos, sino a todos los salvadoreños,
porque el mejor seguro contra el populismo es la madurez política
de los ciudadanos y de los partidos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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