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Los cinco pecados de la derecha
El desprecio a la cultura política

Contar con un grupo organizado que se autonombre instituto es fácil —si no, recordemos a las universidades que se cerraron— , la prueba es palpar los productos que de allí salen.

Publicada 31 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

—Primer pecado—

No es nada nuevo. Es un secreto a voces, aunque no sea cómodo admitirlo. La gente más seria, que no llega a la irresponsable e infantil afirmación de que “la ideología no tiene importancia”, procura esconder esta falencia afirmando que, en efecto, sí se ocupa de ambas.

Señalan, con razón, que po-seen correligionarios cultos como el que más; que en sus heroicos comienzos se mató y hostigó a varios ideólogos; que definidos y corajudos ha habido y hay, hasta para regalar, que poseen más de un “centro, instituto, oenege” o lo que sea de estudios políticos. Finalmente —dicen—, nuestros cuadros activos son la mejor señal de que sí están cubiertos.

¿De qué estamos hablando? Por cultura política no estamos significando únicamente conocer las diferentes ideas y movimientos que han existido en la historia, sino, principalmente, los fundamentos valorativos, espirituales, filosóficos, económicos y sociales que subyacen o que han influido en dichas ideas y movimientos.

La capacidad de analizar las eventuales coherencias programáticas, su desarrollo en el tiempo, lo que producen, sus pros y contras, las adaptaciones y las diversas fuerzas reales que intervienen en la sociedad no es algo tan fácil de captar como la lectura del Gato Garfield o Popeye, ni puede hacerse en lo que espera el autobús o mientras pasan los comerciales de la televisión.

Manejar una buena cultura política implica la obligada posesión de una mejor cultura general y, todo ello es el material de base para la posesión del instrumento fundamental de hombre responsable, medianamente informado y con un mínimo de intelecto: el tener un criterio, una visión del mundo y del hombre, una cosmovisión, es decir, una ideología por la que se esté dispuesto a morir, pero más aún que brinde la esperanza de vivir.

Y afirmo esto con la conciencia de que por ambos extremos se ha denostado y buscado desprestigiar a este término. Los zurdos, queriendo que su tesis de “ciencias sociales” barra con toda oposición. Los diestros, en la medida que el economicismo ha ido procurando cada vez más matar o dominar a la política y a todo impulso vital del ser humano que no sirva para hacer dinero y, claro que también buscando barrer con toda oposición.

Pues no. Esa concepción del mundo es imposible de rechazar, todo hombre y mujer, pobre o rico, culto o ignorante la tiene por fuerza... sólo que distinta, menos desarrollada, con datos diferentes, con educaciones, ambientes y vivencias muy otras a veces, pero nadie puede sustraerse de tener una opinión sobre la existencia de Dios, sobre las relaciones de los hombres en sociedad, sobre el amor y el sexo, etc. ¿Es o no monstruoso el pretender que usted, lector, no piense en nada y sólo se deje llevar...?

Contestemos a quienes afirman que “tienen cubierto” el flanco de cultura e ideología.

Claro que tienen a gente muy culta —faltaba más—, pero de nada les sirve si, entre ellos y con relación a su organización política no existen relaciones específicas, ordenadas y constructivas que sirvan para presentar una cosmovisión concreta que pueda traducirse en políticas aplicables en un programa. Que se mató a algunos, es cierto, los mejores. Ya no están, han corrido a los posibles suplentes.

No se trata de tener a “corajudos”, “decididos” o pistoleros; el hombre de acción política debe serlo también de pensamiento o hacer equipo con éste. Sin embargo... muchos de los valientes de los primeros tiempos poseen una intuición política excelente y, sin ser intelectuales, olfatean muy bien por dónde va el camino... pero a ellos, igualmente como a los más instruidos, se les ha ido purgando poco a poco.

Ahora bien, contar con un grupo organizado que se autonombre instituto es fácil —si no, recordemos a las universidades que se cerraron—, la prueba es precisamente palpar los productos que de allí salen. Y eso mismo desautoriza a “los cuadros” en acción, en chaqueteo, intrigas e improvisación constante.

El pecado, error y daño es grande porque...

En su afán de lucir que está haciendo lo correcto, hace olvidar que el más formidable adversario —la extrema izquierda— no adolece de este monstruoso olvido; ellos dedican todo tipo de recursos para estudiar y difundir su ideología.

Le confiere entonces al enemigo una poderosa ventaja. Ellos medrarán en las discusiones estratégicas de seguridad nacional, en educación y cultura y muchos etc.

El seguir como borreguito a los intereses económicos mediatiza de tal forma a la filosofía y la cultura política que se corre el peligro no tan sólo de invisibilizar a la ética, los valores y la misma realidad política integral, sino de hacerla desaparecer por un buen rato del actual contexto histórico.

* Lic. en Ciencias Políticas.

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