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La nota del día
Ponen el fanatismo y otros los muertos

La prédica del odio que mantiene a los fundamentalistas se lleva a cabo en miles de mezquitas y “madrassas”, las escuelas religiosas del isla.

Publicada 31 de agosto 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El predicador musulmán Moqtada Al Sader salió de la mezquita en la que se había acuartelado después de un arreglo entre el nuevo gobierno iraquí, el comando estadounidense y el gran ayatolá Sismani, cabecilla religioso de los chiitas, la secta que predomina en Iraq.

Sader, a quien los estadounidenses buscaban por haber ordenado el asesinato de otro predicador rival, se rindió de manera ignominiosa después de declarar que de la mezquita sólo lo sacarían muerto, montando una resistencia que le costó la vida a centenares de sus seguidores.

Sader se rinde al igual que Sadam, quien se dejó capturar como una oveja. Al día de hoy, ninguno de los cabecillas del fundamentalismo se ha inmolado por la causa, o se suicidó cargado de bombas en un restaurante de Tel Aviv.

Esa sucia tarea la dejan para jóvenes fanáticos, niños, retardados mentales y agitadores de poca monta. Ellos ponen la locura y las masas de exaltados ponen los muertos.

Los atentados suicidas no causan un gran número de muertos, pero provocan terror y desquician el desarrollo normal de la vida en los países que sufren esta plaga. Como alguien lo dijo, hay más muertos por violencia cada mes en Detroit, que las víctimas militares estadounidenses en Iraq.

Dos atentados en Turquía y en Bali, señala un analista israelí, destruyeron el turismo de ambos países por un tiempo, causando sufrimientos a los sectores que dependen de esa industria. La policía de Sadam Hussein asesinaba más opositores por mes, que el número total de víctimas causadas por los atentados suicidas desde que los estadounidenses le derrocaron.

Volvamos a los traficantes del terror. Mientras, en efecto, las masas palestinas padecen de muy bajos niveles de vida y pocas perspectivas de mejorar su situación, la mujer de Arafat recibe y gasta muchas decenas de miles de dólares en París, donde reside. E igual cosa ocurre con los cabecillas de esos movimientos: sus esposas, hijos y familiares viven más que holgadamente, mientras otros montan las intifadas (guerras santas) y se vuelan en pedazos.

Salvándoles de ellos mismos

La prédica del odio que mantiene a los fundamentalistas se lleva a cabo en miles de mezquitas y “madrassas”, las escuelas religiosas del islam. Cada año, hornadas de jóvenes son indoctrinados en la mítica sociedad musulmana que supuestamente existió hace mil cuatrocientos años.

Se alienta el antagonismo contra los “infieles”, contra la sociedad occidental, contra la democracia y los derechos de la mujer, contra el modernismo y a favor de formas feudales de vida. Los ayatolás exaltan la total intolerancia en una religión que en sus orígenes fue tolerante, llamando a la guerra a los fieles de lo que por tradición ha sido una fe pacífica.

La consecuencia es una progresiva radicalización de las sociedades musulmanas, que han venido implosionando —un colapso hacia dentro— en lo cultural, lo científico, sus formas de gobierno, sus ya escasas libertades y su adaptación al mundo contemporáneo. Contra este curso al desastre son pocas las fuerzas internas que se atreven a resistir e iniciar un rescate.

Como en los dramas griegos, sólo la intervención externa puede obrar el milagro.
Eso es precisamente lo que en buena parte se propone la política de Bush: salvar a los musulmanes de sus fanáticos y sus despotismos, en pro de la paz mundial.

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