El Diario de Hoy
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El predicador musulmán
Moqtada Al Sader salió de la mezquita en la que se había
acuartelado después de un arreglo entre el nuevo gobierno iraquí,
el comando estadounidense y el gran ayatolá Sismani, cabecilla
religioso de los chiitas, la secta que predomina en Iraq.
Sader, a quien los estadounidenses buscaban por haber ordenado el asesinato
de otro predicador rival, se rindió de manera ignominiosa después
de declarar que de la mezquita sólo lo sacarían muerto,
montando una resistencia que le costó la vida a centenares de sus
seguidores.
Sader se rinde al igual que Sadam, quien se dejó capturar como
una oveja. Al día de hoy, ninguno de los cabecillas del fundamentalismo
se ha inmolado por la causa, o se suicidó cargado de bombas en
un restaurante de Tel Aviv.
Esa sucia tarea la dejan para jóvenes fanáticos, niños,
retardados mentales y agitadores de poca monta. Ellos ponen la locura
y las masas de exaltados ponen los muertos.
Los atentados suicidas no causan un gran número de muertos, pero
provocan terror y desquician el desarrollo normal de la vida en los países
que sufren esta plaga. Como alguien lo dijo, hay más muertos por
violencia cada mes en Detroit, que las víctimas militares estadounidenses
en Iraq.
Dos atentados en Turquía y en Bali, señala un analista israelí,
destruyeron el turismo de ambos países por un tiempo, causando
sufrimientos a los sectores que dependen de esa industria. La policía
de Sadam Hussein asesinaba más opositores por mes, que el número
total de víctimas causadas por los atentados suicidas desde que
los estadounidenses le derrocaron.
Volvamos a los traficantes del terror. Mientras, en efecto, las masas
palestinas padecen de muy bajos niveles de vida y pocas perspectivas de
mejorar su situación, la mujer de Arafat recibe y gasta muchas
decenas de miles de dólares en París, donde reside. E igual
cosa ocurre con los cabecillas de esos movimientos: sus esposas, hijos
y familiares viven más que holgadamente, mientras otros montan
las intifadas (guerras santas) y se vuelan en pedazos.
Salvándoles de ellos mismos
La prédica del odio que mantiene a los fundamentalistas se lleva
a cabo en miles de mezquitas y madrassas, las escuelas religiosas
del islam. Cada año, hornadas de jóvenes son indoctrinados
en la mítica sociedad musulmana que supuestamente existió
hace mil cuatrocientos años.
Se alienta el antagonismo contra los infieles, contra la sociedad
occidental, contra la democracia y los derechos de la mujer, contra el
modernismo y a favor de formas feudales de vida. Los ayatolás exaltan
la total intolerancia en una religión que en sus orígenes
fue tolerante, llamando a la guerra a los fieles de lo que por tradición
ha sido una fe pacífica.
La consecuencia es una progresiva radicalización de las sociedades
musulmanas, que han venido implosionando un colapso hacia dentro
en lo cultural, lo científico, sus formas de gobierno, sus ya escasas
libertades y su adaptación al mundo contemporáneo. Contra
este curso al desastre son pocas las fuerzas internas que se atreven a
resistir e iniciar un rescate.
Como en los dramas griegos, sólo la intervención externa
puede obrar el milagro.
Eso es precisamente lo que en buena parte se propone la política
de Bush: salvar a los musulmanes de sus fanáticos y sus despotismos,
en pro de la paz mundial.