Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Atenas
seguirá siendo Atenas, pero ya no es Atenas 2004.
Los griegos amanecieron ayer con esa triste noticia, que si bien era algo
que claramente marcaba el calendario, les cuesta demasiado aceptar. Sus
Juegos Olímpícos ya son historia y la melancolía
se ha apoderado de cada uno de ellos.
Las calles, que menos de 24 horas atrás eran un río de cabezas
desfilando hacia cualquier dirección, han retornado a su flujo
normal. No es para menos, el domingo, día de la ceremonia de clausura,
ya se habían ido unos 1,000 atletas. Y ayer, que salieron más
de 900 vuelos internacionales del Aeropuerto Internacional Venizelos,
la policía nacional estima que unas 112,000 personas entre
deportistas, turistas y periodistas dejaron el país.
La cantidad de vuelos operados, aseguran, es para el Libro Guinnes de
los Récords.
Además, los ocho cruceros internacionales que sirvieron de hoteles
flotantes, incluyendo el famoso Queen Mary II, ya han dejado el Puerto
de El Pireo y vuelven a sus destinos.
No es un secreto que los atenienses comenzaron a sufrir del síndrome
de abstinencia. Ven cómo todo ese mundo de fantasía que
duró exactamente 17 días empieza a disolverse rápidamente.
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A casa. Las terminales y el aeropuerto han registrado cifras récords.
Foto: EDH/ Agencias
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Los lamentos se escuchan en todos lados. Estoy al
borde de las lágrimas, cuenta Eleni, una de las miles de
voluntarias que trabajó para el comité organizador. Vamos
a echar de menos todo esto.
Todos se regresan a sus países y esto va a volver a la normalidad,
comenta mientras se despide de la gente que sabe que nunca más
en su vida volverá a ver.
Lo mismo ocurre en los rostros de aquellos que viajan en el metro y el
bus.
Es cierto que es lunes, un día que siempre predispone mal a la
gente. Pero el colorido definitivamente ha desaparecido y los griegos
vuelven a ser mayoría en todos lados.
Ya no hay camisas de lugares extraños ni chumpas multicolores de
atletas de las más diversas nacionalidades. Se terminó la
cosecha de pins y comienza una nueva realidad.
Incluso los voluntarios, que brotaban como hormigas desde cualquier parte
de la ciudad, ahora apenas se ven por las calles. Para muchos, ayer fue
su último día de servicio. Los pocos atletas o turistas
que todavía siguen en Atenas los vuelos están todos
completos hasta el jueves para salir de la capital griega, aprovechan
para hacer las últimas compras o visitar algún lugar turístico
que les había quedado pendiente.
El Acrópolis sigue siendo el destino número uno, aunque
los visitantes olímpicos ya tampoco son mayoría. Un numeroso
grupo de cristianos alemanes, quienes aclaran que no tenemos nada
que ver con los Juegos y se toman fotos con el Partenón de
fondo, le han robado el protagonismo.
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Abandono. En el Centro de Prensa ya no se ve el movimiento de los
Juegos. Foto: EDH/ Agencias
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Soledad
Pero nada refleja más la realidad del fin de los Juegos que los
propios escenarios. El Estadio Olímpico, por ejemplo, fue vaciado
casi por completo luego de la clausura. Unas computadoras por aquí,
las refrigeradoras por allá
El Centro de Prensa es otro de los edificios que más ha sufrido
el día después. Para empezar han cerrado el ingreso principal
y la mayoría de los restaurantes. Y es que de las 1,100 posiciones
de trabajo donde en un día normal era complicado encontrar un puesto,
hoy apenas se utilizan unas 40.
Muchos de los 60 monitores de televisión, algunos de ellos con
pantalla gigante, que coronaban desde lo alto el lugar hoy están
apagados. En otros simplemente se ven rayas multicolores y en los que
sí funcionan ya no emiten las imágenes de los Juegos.
Está Michael Schumacher y su infalible Ferrari en uno y un partido
de tenis repetido entre Justin Henin y Amelie Mauresmo que probablemente
sea la final de Wimbledon.
El panorama es inevitablemente triste. Lo confiesa Katrina, una griega
que trabaja para Sportime, uno de los nueve diarios deportivos locales,
y que no logra superar la depresión: Ya me había acostumbrado
al ritmo de los Juegos, a dormir poco y a ver mucho deporte todo el día.
Ahora no sé cómo voy a hacer. Si no fuera porque gasté
todo mi dinero en mis próximas vacaciones, iría al psicólogo
para que me ayude.
A unos metros de allí, los obreros, que se han multiplicado como
los panes en los últimos días, están desmontando
todo. La redacción de la revista Time, ubicada en el primer piso,
se ha quedado sin periodistas, sólo hay un técnico encargado
de despachar todas las computadoras y dos voluntarios que hurgan entre
las cajas de los papeles algo digno de llevarse. Probablemente alguno
de ellos, quizás como recuerdo, ha arrancado una copia de la portada
de Michael Phelps que desde el primer día colgaba de la puerta.
Con el nadador estadounidense, ganador de ocho medallas, se fue la última
imagen de una Atenas tan inolvidable como irrepetible.