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El último que apague la lámpara

Un día después de la ceremonia de clausura de los Juegos, Atenas sintió el impacto del éxodo masivo. hoy, los residentes en la capital griega son testigos de cómo se desmontan los escenarios deportivos

Publicada 31 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Atenas seguirá siendo Atenas, pero ya no es Atenas 2004.

Los griegos amanecieron ayer con esa triste noticia, que si bien era algo que claramente marcaba el calendario, les cuesta demasiado aceptar. Sus Juegos Olímpícos ya son historia y la melancolía se ha apoderado de cada uno de ellos.

Las calles, que menos de 24 horas atrás eran un río de cabezas desfilando hacia cualquier dirección, han retornado a su flujo normal. No es para menos, el domingo, día de la ceremonia de clausura, ya se habían ido unos 1,000 atletas. Y ayer, que salieron más de 900 vuelos internacionales del Aeropuerto Internacional Venizelos, la policía nacional estima que unas 112,000 personas —entre deportistas, turistas y periodistas— dejaron el país.

La cantidad de vuelos operados, aseguran, es para el Libro Guinnes de los Récords.
Además, los ocho cruceros internacionales que sirvieron de hoteles flotantes, incluyendo el famoso Queen Mary II, ya han dejado el Puerto de El Pireo y vuelven a sus destinos.

No es un secreto que los atenienses comenzaron a sufrir del síndrome de abstinencia. Ven cómo todo ese mundo de fantasía que duró exactamente 17 días empieza a disolverse rápidamente.

A casa. Las terminales y el aeropuerto han registrado cifras récords. Foto: EDH/ Agencias

Los lamentos se escuchan en todos lados. “Estoy al borde de las lágrimas”, cuenta Eleni, una de las miles de voluntarias que trabajó para el comité organizador. “Vamos a echar de menos todo esto.

Todos se regresan a sus países y esto va a volver a la normalidad, comenta mientras se despide de la gente que sabe que nunca más en su vida volverá a ver.

Lo mismo ocurre en los rostros de aquellos que viajan en el metro y el bus.

Es cierto que es lunes, un día que siempre predispone mal a la gente. Pero el colorido definitivamente ha desaparecido y los griegos vuelven a ser mayoría en todos lados.

Ya no hay camisas de lugares extraños ni chumpas multicolores de atletas de las más diversas nacionalidades. Se terminó la cosecha de pins y comienza una nueva realidad.

Incluso los voluntarios, que brotaban como hormigas desde cualquier parte de la ciudad, ahora apenas se ven por las calles. Para muchos, ayer fue su último día de servicio. Los pocos atletas o turistas que todavía siguen en Atenas —los vuelos están todos completos hasta el jueves para salir de la capital griega—, aprovechan para hacer las últimas compras o visitar algún lugar turístico que les había quedado pendiente.

El Acrópolis sigue siendo el destino número uno, aunque los visitantes olímpicos ya tampoco son mayoría. Un numeroso grupo de cristianos alemanes, quienes aclaran que “no tenemos nada que ver con los Juegos” y se toman fotos con el Partenón de fondo, le han robado el protagonismo.

Abandono. En el Centro de Prensa ya no se ve el movimiento de los Juegos. Foto: EDH/ Agencias

Soledad

Pero nada refleja más la realidad del fin de los Juegos que los propios escenarios. El Estadio Olímpico, por ejemplo, fue vaciado casi por completo luego de la clausura. Unas computadoras por aquí, las refrigeradoras por allá…

El Centro de Prensa es otro de los edificios que más ha sufrido el día después. Para empezar han cerrado el ingreso principal y la mayoría de los restaurantes. Y es que de las 1,100 posiciones de trabajo donde en un día normal era complicado encontrar un puesto, hoy apenas se utilizan unas 40.

Muchos de los 60 monitores de televisión, algunos de ellos con pantalla gigante, que coronaban desde lo alto el lugar hoy están apagados. En otros simplemente se ven rayas multicolores y en los que sí funcionan ya no emiten las imágenes de los Juegos.

Está Michael Schumacher y su infalible Ferrari en uno y un partido de tenis repetido entre Justin Henin y Amelie Mauresmo que probablemente sea la final de Wimbledon.

El panorama es inevitablemente triste. Lo confiesa Katrina, una griega que trabaja para Sportime, uno de los nueve diarios deportivos locales, y que no logra superar la depresión: “Ya me había acostumbrado al ritmo de los Juegos, a dormir poco y a ver mucho deporte todo el día. Ahora no sé cómo voy a hacer. Si no fuera porque gasté todo mi dinero en mis próximas vacaciones, iría al psicólogo para que me ayude”.

A unos metros de allí, los obreros, que se han multiplicado como los panes en los últimos días, están desmontando todo. La redacción de la revista Time, ubicada en el primer piso, se ha quedado sin periodistas, sólo hay un técnico encargado de despachar todas las computadoras y dos voluntarios que hurgan entre las cajas de los papeles algo digno de llevarse. Probablemente alguno de ellos, quizás como recuerdo, ha arrancado una copia de la portada de Michael Phelps que desde el primer día colgaba de la puerta. Con el nadador estadounidense, ganador de ocho medallas, se fue la última imagen de una Atenas tan inolvidable como irrepetible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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