Ted Galen Carpenter*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Washington. (AIPE).-
John Walters, director de la Oficina Nacional de Control de Drogas, recientemente
sorprendió a la prensa al admitir que los 3.300 millones de dólares
del Plan Colombia, ahora en su cuarto año, ha fracasado en reducir
de manera significativa la cantidad de cocaína que ingresa al país.
Pero apresuradamente añadió que se espera avanzar en ello
en el futuro cercano.
Los comentarios del llamado zar de las drogas siguen un ya conocido y
triste modelo. Cada nueva iniciativa de Washington en reprimir la importación
de drogas se anuncia con bombo y platillos. En su fase inicial, algunos
logros aislados son presentados como evidencia de que la estrategia funciona,
pero al poco tiempo no queda duda de que el influjo de drogas no se detiene.
Entonces, los funcionarios admiten que el asunto es más difícil
de lo que pensaban, pero que seguirán insistiendo, y que el éxito
está a la vuelta de la esquina. Cuando tales predicciones resultan
irreales, se engaveta el programa y ruidosamente se anuncia un nuevo plan.
Esto es lo que está pasando con el Plan Colombia. El gobierno de
Clinton comenzó el programa el año 2000 y, a los pocos meses,
los funcionarios de Washington alardeaban sobre la cantidad de plantas
de coca que estaban erradicando con fumigaciones desde el aire. Tales
alegatos de éxito continuaron hasta hace poco. En su más
reciente informe, el Departamento de Estado sostuvo que las tierras cultivando
coca en Colombia se habían reducido de 170.000 hectáreas
en 2001 a 113.300 hectáreas en 2003.
Tales estadísticas suenan impresionantes, pero no toman en cuenta
dos factores importantes. Primero, aunque el área dedicada al cultivo
de coca en Colombia puede haberse reducido, ha aumentado considerablemente
en Perú y Bolivia. Esto revirtió la tendencia de mediados
y fines de los años 90, cuando las enérgicas medidas antidrogas
financiadas por EE.UU. en Perú y Bolivia redujeron el cultivo en
esos países, sólo para que aumentara considerablemente en
Colombia y se extendiera a nuevos países como Ecuador y Bolivia.
Segundo, inclusive si últimamente el área total de cultivo
de coca se ha reducido en toda la región andina, los narcotraficantes
se han vuelto más eficientes. En otras palabras, ahora pueden producir
la misma cantidad de cocaína con un número inferior de plantas.
El resultado es que la cocaína que fluye hacia EE.UU. y hacia otros
mercados sigue siendo abundante, como hasta el mismo zar de la droga ahora
admite.
La corrupción relacionada con el tráfico de drogas en la
policía y militares colombianos es notoria. El mes pasado, el comandante
de la policía de una de las principales provincias productoras
de drogas y su asistente fueron despedidos luego de que de forma misteriosa
desaparecieron 80 libras de cocaína que habían sido decomisadas.
Ése es el más reciente de una serie de escándalos,
que incluyeron la renuncia del jefe de la Policía Nacional cuando
se supo que miembros de esa fuerza recibieron sobornos por más
de un millón de dólares para que devolvieran unas dos toneladas
de cocaína que habían sido decomisadas a los narcotraficantes.
El Plan Colombia no ha logrado más éxito que las iniciativas
anteriores. Y contrario al tenaz optimismo del zar de la droga, ese patrón
no se modificará ni el año que viene ni en los próximos
diez años. Uno, entonces, se pregunta cuántas veces tienen
los funcionarios norteamericanos que seguir haciendo lo mismo antes de
darse cuenta de que están en un callejón sin salida. Dados
los inmensos márgenes de ganancia que hoy existen debido a que
las drogas son ilegales, las campañas para reducir la oferta están
condenadas al fracaso. Ya es tiempo que el Sr. Walters y los demás
que diseñan las políticas antidrogas reconozcan esa realidad.
*Vicepresidente de Estudios de Defensa y Política
Extranjera del Cato Institute.
www.aipenet.com

|