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Héroes de nuestro tiempo
¿Un alcalde y sus vidrios rotos

¡Cuánto cambiaría, no sólo nuestra ciudad, sino el país entero si se empezara a vivir con plena autoridad, rapidez y eficiencia, la filosofía de los pequeños detalles, que entre nosotros no son tan pequeños!

Publicada 30 de agosto 2004, El Diario de Hoy



Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

fcuervo@telemovil.net.

Dura batalla contra el cáncer de próstata libra ahora Rudolph Giuliani, el que en un ayer fuera exitoso alcalde de Nueva York. No sabemos si saldrá victorioso de esa batalla, pero en sus memorias sí nos deja valiosas pistas de por qué venció en otra lucha suya: la que sostuvo contra la delincuencia de esa populosa y difícil ciudad.

Cuando tomó posesión de la alcaldía, la criminalidad neoyorquina era altísima y a todos les parecía imposible de solucionar. Al poco tiempo de su mandato, comenzaba a bajar. Pronto descendió, según las estadísticas más fiables, a la cuarta parte de las cifras iniciales. ¿Cómo lo consiguió? El lema de Giuliani fue: “Haz lo posible e intenta lo imposible”. Pero ese lema, entre la sensatez y la audacia, no nos revela demasiado en dónde radicaba su exitosa gestión.

Sabemos un poco más si conocemos los tres pilares sobre los que se fundamentaba su método: a) reorganización de los servicios públicos municipales; b) utilización eficaz de todas las fuentes de información disponibles; c) principios claros de autoridad y responsabilidad ciudadana. Pero lo que le hizo famoso y popular fue lo que vino a llamarse su política “de las ventanas y sus vidrios rotos”.

No he podido averiguar si este neoyorquino-italiano tuvo acceso a los escritos de ese español-romano, San Josemaría, “el santo de la vida ordinaria” —como lo llamó Juan Pablo II—, que tanta importancia le dio a las cosas pequeñas para lograr la perfección en las hazañas grandes.

En todo caso está claro que Giuliani practicaba esa misma sabiduría que caracteriza a las grandes personalidades y así lo reseña en sus memorias: “Un detalle en apariencia trivial, como ventanas rotas en edificios abandonados, conduce a un deterioro más grande de los vecindarios. Alguien que en circunstancias normales no tiraría una piedra contra un edificio intacto duda menos a la hora de romper una segunda ventana en un edificio que ya tiene una rota. Alguien envalentonado por todas las segundas ventanas rotas puede causar destrozos peores si intuye que no hay nadie cerca capaz de impedir la violación de la ley” (“Liderazgo” Edit. Plaza y Janés, 2002).

Sí, ese darse cuenta de la importancia que tiene el cuidado de los pequeños detalles para mantener el orden ciudadano, fue la clave de su éxito. No sólo son los vidrios rotos de unas ventanas, también son las pintadas en una pared, un basurero desfondado, un foco de luz que falta. Son detalles que no son despreciables.

Si los pequeños delitos se castigan con drástica justicia; si los pequeños desperfectos se reparan con rapidez; la autoridad cobra vigor porque demuestra su eficacia y que está omnipresente y vigilante. Ello es un elemento disuasorio de delitos mayores. Si se reparan diligentemente las cosas rotas o que no funcionan, eficiencia y belleza estimulan a lo mismo, igual que fealdad y desorden animan a mayores males.

Giulani lo pudo comprobar con estadísticas y pudo dejar su cargo entre el aplauso y el agradecimiento de la gente. Recientemente un profesor criminalista de la Universidad de Harvard, George L. Kelling, también le ha dado la razón en su libro “Fixing broken windows”. Allí se dice que controlando el desorden en los espacios públicos, cuidando las alteraciones mínimas y evitando la apropiación del bien común, es más difícil que la delincuencia prospere.

El mensaje está claro para cualquier alcalde de nuestro país. No es en el gigantismo de los grandes planes, anunciados a bombo y platillo, ni en las declaraciones ampulosas y visionarias, donde está la solución. Puras llamaradas de tusa. Tampoco está en el diálogo de payasos de circo, donde cada cual dice su cosa a gritos sin escuchar al otro. Ni en buscar el consenso y la comprensión con mentalidades profundamente delictivas, que siempre quieren chantajear los acuerdos con manifestaciones de fuerza.

¡Cuánto cambiaría, no sólo nuestra ciudad, sino el país entero si se empezara a vivir con plena autoridad, rapidez y eficiencia, la filosofía de los pequeños detalles, que entre nosotros no son tan pequeños! Autobuses con vocación de cámaras de gas letal, cristales rotos, todos los que quieran; puertas desvencijadas, fachadas decrépitas en raros equilibrios, rincones crecientes de basura, farolas que no alumbran, reloj de flores bien difunto, jardincillos resecos, estatuas y bustos pintarrajeados y todo un largo etcétera. ¡Ay, cuánto cambiaría si todo eso fuera desapareciendo!

Se anuncian e inician ahora leyes contra los que hacen sus necesidades, menores y mayores, en la vía pública. Se ha comenzado el control y el castigo contra la ebriedad en los motoristas. Veremos en qué para todo eso. Cuando se habló de retirar de las calles a los chuchos vagabundos, por todos los males que causan en las personas y en la higiene pública, al final todo quedó en nada, incluso fueron defendidos por las mentes confusas de turno, siempre con un amor mal entendido por los animales. Incluyo entre esas mentes sin criterio acertado a más de un periodista de prensa y televisión.

“Lo pequeño es hermoso”, creo que se titula —o algo parecido— un célebre libro que me gustaría leer. También queda muy claro que lo pequeño, además de hermoso, si está bien realizado es el cimiento para las cosas grandes. El alcalde Giuliani lo demostró en su momento ante el difícil reto de la difícil urbe de Nueva York. El reto es claro y está echado ¿quién recoge el guante?

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
fcuervo@telemovil.net.


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