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La nota del día
Secuestradores vrs. homicidas

El secuestro es un delito que involucra a muchos, que criminaliza sectores, que divide sociedades, que envenena mentes y almas

Publicada 30 de agosto 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El secuestro de cuatro aviones el 11 de septiembre de 2001, marcó el inicio de la Cuarta Guerra Mundial. La tercera, librada en todo el mundo a lo largo de casi medio siglo, finalizó con el derrumbe del Muro de Berlín y la derrota y desplome de la Unión Soviética. No es casual que la redes del terror hayan recurrido al secuestro de aviones para perpetrar los graves atentados del 11 de septiembre.

Los secuestros desencadenan una serie de actos criminales cuyo propósito final es socavar la confianza, el orden jurídico, la seguridad interna y las pacíficas relaciones entre personas, sectores, gobiernos y bloques de poder. Recuérdese la conmoción causada por el secuestro de Aldo Moro en Italia, los efectuados por los tupamaros en Uruguay, los que tienen lugar actualmente en Iraq y los que marcaron los momentos más negros de nuestra historia reciente.

Los secuestros de aeronaves, diabólica industria iniciada por Fidel Castro en la Década de los Sesenta, puso en marcha un aparataje de controles que merma las libertades individuales y ha costado enormes sumas de dinero a prácticamente todas las naciones del globo, factura que se pasa a la humanidad entera.

Desde los surrealistas registros a los pasajeros en los aeropuertos estadounidenses, hasta adicionales costos de los pasajes, las tardanzas y la militarización de zonas urbanas, puertos, complejos de edificios y fábricas, la gente es menos libre y más vigilada. En todo esto los secuestros son una de las armas claves del terrorismo en su lucha contra la civilización.

Posturas indefendibles de un juez


El señor juez Sidney Blanco dijo en un programa televisivo, que a su juicio el secuestro era un delito menos grave que el homicidio. Para este buen señor, los argumentos son obvios, pues una cosa es secuestrar y otra matar.

Hay que partir, empero, de una terrible realidad: que es raro el secuestro que no cause víctimas mortales. En los secuestros realizados en El Salvador, choferes, guardaespaldas, vigilantes, policías, transeúntes y con frecuencia la víctima del secuestro han sido asesinados.

Hay lisiados de por vida, personas que sufren de permanentes traumas, familias arruinadas y sociedades destrozadas a causa de los secuestros. Casi cuatro mil personas murieron el 11 de septiembre por obra de los secuestradores. En esto tampoco se consideran los gravísimos perjuicios económicos y sociales derivados de los secuestros, hayan sido éstos de empresarios, profesionales o inclusive de miembros de las mismas bandas de secuestradores.

“Este chero Blanco”, nos comentaba una víctima de secuestradores, “sufre una pasmosa confusión moral”. No se entera de que el secuestro es un delito que involucra a muchos, que criminaliza sectores, que divide sociedades, que envenena mentes y almas.

Hay elementos de enorme perversidad que participan: la permanente amenaza de matar o mutilar a un ser absolutamente indefenso, los meses de cautiverio en condiciones infrahumanas, la perversión que se hace a los miembros de la banda con funciones menores (custodiar, dar comida, llevar correos), el envilecimiento de aquellos que aplauden los secuestros.

Póngase atención a los que han sido decapitados o asesinados por sus secuestradores en Iraq: periodistas, ingenieros, camioneros, estudiantes, trabajadores sociales. Allá como acá, inocentes e indefensos en manos de terroristas. Además los secuestradores ponen condiciones imposibles: el retiro de tropas, la renuncia de un gobierno, etcétera.

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