El Diario de Hoy
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El secuestro de cuatro
aviones el 11 de septiembre de 2001, marcó el inicio de la Cuarta
Guerra Mundial. La tercera, librada en todo el mundo a lo largo de casi
medio siglo, finalizó con el derrumbe del Muro de Berlín
y la derrota y desplome de la Unión Soviética. No es casual
que la redes del terror hayan recurrido al secuestro de aviones para perpetrar
los graves atentados del 11 de septiembre.
Los secuestros desencadenan una serie de actos criminales cuyo propósito
final es socavar la confianza, el orden jurídico, la seguridad
interna y las pacíficas relaciones entre personas, sectores, gobiernos
y bloques de poder. Recuérdese la conmoción causada por
el secuestro de Aldo Moro en Italia, los efectuados por los tupamaros
en Uruguay, los que tienen lugar actualmente en Iraq y los que marcaron
los momentos más negros de nuestra historia reciente.
Los secuestros de aeronaves, diabólica industria iniciada por Fidel
Castro en la Década de los Sesenta, puso en marcha un aparataje
de controles que merma las libertades individuales y ha costado enormes
sumas de dinero a prácticamente todas las naciones del globo, factura
que se pasa a la humanidad entera.
Desde los surrealistas registros a los pasajeros en los aeropuertos estadounidenses,
hasta adicionales costos de los pasajes, las tardanzas y la militarización
de zonas urbanas, puertos, complejos de edificios y fábricas, la
gente es menos libre y más vigilada. En todo esto los secuestros
son una de las armas claves del terrorismo en su lucha contra la civilización.
Posturas indefendibles de un juez
El señor juez Sidney Blanco dijo en un programa televisivo, que
a su juicio el secuestro era un delito menos grave que el homicidio. Para
este buen señor, los argumentos son obvios, pues una cosa es secuestrar
y otra matar.
Hay que partir, empero, de una terrible realidad: que es raro el secuestro
que no cause víctimas mortales. En los secuestros realizados en
El Salvador, choferes, guardaespaldas, vigilantes, policías, transeúntes
y con frecuencia la víctima del secuestro han sido asesinados.
Hay lisiados de por vida, personas que sufren de permanentes traumas,
familias arruinadas y sociedades destrozadas a causa de los secuestros.
Casi cuatro mil personas murieron el 11 de septiembre por obra de los
secuestradores. En esto tampoco se consideran los gravísimos perjuicios
económicos y sociales derivados de los secuestros, hayan sido éstos
de empresarios, profesionales o inclusive de miembros de las mismas bandas
de secuestradores.
Este chero Blanco, nos comentaba una víctima de secuestradores,
sufre una pasmosa confusión moral. No se entera de
que el secuestro es un delito que involucra a muchos, que criminaliza
sectores, que divide sociedades, que envenena mentes y almas.
Hay elementos de enorme perversidad que participan: la permanente amenaza
de matar o mutilar a un ser absolutamente indefenso, los meses de cautiverio
en condiciones infrahumanas, la perversión que se hace a los miembros
de la banda con funciones menores (custodiar, dar comida, llevar correos),
el envilecimiento de aquellos que aplauden los secuestros.
Póngase atención a los que han sido decapitados o asesinados
por sus secuestradores en Iraq: periodistas, ingenieros, camioneros, estudiantes,
trabajadores sociales. Allá como acá, inocentes e indefensos
en manos de terroristas. Además los secuestradores ponen condiciones
imposibles: el retiro de tropas, la renuncia de un gobierno, etcétera.