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| Hora de la medicina. El joven limpia sus ojos
antes de comenzar un nuevo día. Su vida es relativamente normal.
Foto EDH |
Ivette Amaya
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Todavía en el
país de los sueños, y sujetado con fuerza de la sábana,
Gerardo (nombre ficticio), de siete años, debe tomar religiosamente
sus medicamentos al asomarse el sol.
La famosa frase cinco minutos más no es aceptada por
su madre, quien se encarga de que el niño ingiera a la hora debida
su dosis de antirretrovirales.
La dedicada mujer dispone en la mesa los frascos a utilizar. Un atol se
calienta entre las brasas del fuego.
Tomátelo todo, para poder darte la medicina, no dejés
nada, le advierte su progenitora, a la vez que le brinda la taza
de alimento y le soba su diminuta cabeza.
Esta misma rutina es empleada por los miembros de esta humilde familia
desde diciembre de 2003, cuando el pequeño presentó una
serie de vómitos y diarreas fuertes.
Diagnóstico tardío
Creo que la muerte de mi esposo (enfermo de sida) le impresionó
tanto que por eso se puso tan mal, y le tuvimos que ingresar en el Bloom,
cuenta con rostro afligido su madre, quien aún no ha desarrollado
la enfermedad del VIH/Sida en su cuerpo.
No obstante, las medidas de protección con su vástago comenzaron
desde que el niño cumplió los cuatro años.
Los constantes vómitos y las diarreas, la falta de apetito hicieron
que el menor pasara consulta en la Unidad de Salud de Santa Tecla.
La madre informó que ella era portadora del Virus de Inmunodeficiencia
Humana (VIH), por lo que los médicos le realizaron la prueba del
contagio.
Al obtener la respuesta positiva fue referido de inmediato al hospital
Bloom, donde permanece en constante control médico, y le proveen
de los costosos medicamentos.
En la actualidad, Gerardo cursa el primer grado en una escuela pública
en el turno de la tarde, aunque su enfermedad se mantiene en el anonimato.
Yo no le he dicho qué tiene, porque como está muy
pequeño lo puede andar contando, y yo no quiero que nadie más
se entere, a parte de mi familia, explica la afligida mujer.
Mientras el niño logra entender el porqué de su trato especial,
comparte sus ratos libres con su hermano menor, quien le sigue a cada
paso y admira todo lo que el pequeño logra hacer.
Es que quiero a mi hermano, susurra tímidamente, mientras
muestra su pequeña dentadura. Él es el único de la
familia que se libró de la mortal infección.