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“No le he dicho qué tiene, porque lo puede contar”

Precaución. El anonimato de un niño con VIH le mantiene alejado de la discriminación. El pequeño se pregunta el porqué de tanto cuidado.

Publicada 28 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Hora de la medicina. El joven limpia sus ojos antes de comenzar un nuevo día. Su vida es relativamente normal. Foto EDH

Ivette Amaya
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Todavía en el país de los sueños, y sujetado con fuerza de la sábana, Gerardo (nombre ficticio), de siete años, debe tomar religiosamente sus medicamentos al asomarse el sol.

La famosa frase “cinco minutos más” no es aceptada por su madre, quien se encarga de que el niño ingiera a la hora debida su dosis de antirretrovirales.

La dedicada mujer dispone en la mesa los frascos a utilizar. Un atol se calienta entre las brasas del fuego.

“Tomátelo todo, para poder darte la medicina, no dejés nada”, le advierte su progenitora, a la vez que le brinda la taza de alimento y le soba su diminuta cabeza.

Esta misma rutina es empleada por los miembros de esta humilde familia desde diciembre de 2003, cuando el pequeño presentó una serie de vómitos y diarreas fuertes.

Diagnóstico tardío

“Creo que la muerte de mi esposo (enfermo de sida) le impresionó tanto que por eso se puso tan mal, y le tuvimos que ingresar en el Bloom”, cuenta con rostro afligido su madre, quien aún no ha desarrollado la enfermedad del VIH/Sida en su cuerpo.

No obstante, las medidas de protección con su vástago comenzaron desde que el niño cumplió los cuatro años.

Los constantes vómitos y las diarreas, la falta de apetito hicieron que el menor pasara consulta en la Unidad de Salud de Santa Tecla.

La madre informó que ella era portadora del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), por lo que los médicos le realizaron la prueba del contagio.

Al obtener la respuesta positiva fue referido de inmediato al hospital Bloom, donde permanece en constante control médico, y le proveen de los costosos medicamentos.

En la actualidad, Gerardo cursa el primer grado en una escuela pública en el turno de la tarde, aunque su enfermedad se mantiene en el anonimato.

“Yo no le he dicho qué tiene, porque como está muy pequeño lo puede andar contando, y yo no quiero que nadie más se entere, a parte de mi familia”, explica la afligida mujer.

Mientras el niño logra entender el porqué de su trato especial, comparte sus ratos libres con su hermano menor, quien le sigue a cada paso y admira todo lo que el pequeño logra hacer.

“Es que quiero a mi hermano”, susurra tímidamente, mientras muestra su pequeña dentadura. Él es el único de la familia que se libró de la mortal infección.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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