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Punto de vista
Estamos a tiempo

Si no cambiamos la forma en que educamos, no nos quedará más remedio que evolucionar desde planes “mano dura” a planes “súper mano dura”, y pasar a mano “hiper dura”, “ultra dura”.

Publicada 28 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Cuando se echa una mirada a los periódicos y a los noticieros televisivos, la cantidad de situaciones inmorales, injustas y violentas que conforman la columna vertebral del contenido de esos medios de comunicación deja pensativo a cualquiera.

Ante un panorama así, cualquiera se pregunta qué se puede hacer para que las cosas cambien. Es evidente que no basta hacer saber a los delincuentes e irresponsables que están haciendo mal.

Como tampoco se puede lograr un cambio de conducta de los funcionarios corruptos, o de los padres y madres irresponsables, sólo explicando los principios de la ética, o amenazando con aplicar leyes penales: ni los unos ni los otros van a empezar a tener en cuenta cosas que —si no aprendieron en su oportunidad— ahora, porque alguien se las recuerde, empiecen a tener cierta importancia para ellos.

Sin embargo, en los hijos de esos malos ciudadanos, en las futuras generaciones, sí que es posible influir, lograr cambios de conducta, porque es posible apostar por la educación.

Es necesario intentar atajar los malos comportamientos cuando todavía es posible influir en las personas de manera permanente; cortar de raíz la violencia, la irresponsabilidad social, la delincuencia, las situaciones de injusticia, de falta de oportunidades, de falta de participación ciudadana. Todo depende de cómo se aproveche la oportunidad de educar.

Si no cambiamos la forma en que educamos, no nos quedará más remedio que evolucionar desde planes “mano dura” a planes “súper mano dura”, y pasar a mano “hiper dura”, “ultra dura”… Y cuando lleguemos a planes de mano “súper hiper ultra dura” ¿qué será de nosotros?

El momento de erradicar los problemas sociales no es cuando éstos ya se han presentado. Por supuesto que la sociedad puede y debe defenderse, hacer todo lo que está a su alcance para atajar el comportamiento antisocial de algunos de sus miembros, pero eso —además de ser caro y poco efectivo—, termina por provocar revoluciones que, con la ilusión de terminar de una vez con las injusticias, no cambian nada: continúa el mismo infierno y sólo hay cambio de diablo.

El momento más adecuado para tratar los problemas sociales es cuando están naciendo, y la única forma de lograrlo es por medio de la educación. Educación de la que son responsables no sólo las escuelas, sino las familias, los medios de comunicación, las iglesias, muchas ONG, la sociedad toda, la ciudad misma.

Todas esas organizaciones tienen una función educativa; todos tenemos una dimensión educativa en lo que hacemos: desde los padres de familia hasta los políticos, desde los maestros hasta los policías. En resumen: la educación es responsabilidad de todas las personas que tienen influencia en los demás, y, principalmente, de quienes influyen en los niños y jóvenes.

De hecho vivimos en un mundo en el que la educación empapa todo lo que hacemos, todo lo que vemos hacer y todas nuestras relaciones. Vivimos en un mundo en el que nos educamos unos a otros.

Sin menoscabo a lo dicho hasta aquí, es evidente que la escuela tiene un papel muy importante, insustituible y protagónico en la educación de los ciudadanos.

Por ello, cuando uno lee acerca de los planes de educación que se piensan impulsar desde las instancias gubernamentales, se congratula y se siente animado al ver una luz en el horizonte de nuestra situación actual.

Más todavía cuando esos planes incluyen una amplia consulta a todos los involucrados. Cuando se anuncian con ánimo inclusivo y con espíritu de trabajo a largo plazo, no es posible retraerse, seguir pensando que la educación es un “problema” del gobierno.

En realidad es un problema de todos, y por eso debemos involucrarnos en el esfuerzo. Por ello todos deben ser tomados en cuenta. Escuela, familia e iglesia deben ser escuchados. Maestros, padres y fieles deben contar como parte de la solución, pues —de hecho—, lo son.

Ojalá que la consulta que se lleva a cabo no tenga sólo un tinte exclusivamente político, y que de verdad tome en cuenta las opiniones y puntos de vista de los protagonistas; es decir, que no se caiga en la tentación de diseñar el programa en un escritorio y luego justificar los planes echando mano a que en su oportunidad “fueron consensuados”.

En el éxito de ese esfuerzo nos jugamos el futuro, nos jugamos la democracia, nos jugamos el desarrollo. Estamos a tiempo para echar a andar un plan cuya ejecución cierre de una vez por todas la brecha educativa del país.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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