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Opinando
Soñar es permitido

Yo sueño con que El Salvador establezca “El día del Estado de Derecho” y que, a partir de entonces, todos, absolutamente todos, seamos obligados a cumplir, responsablemente, con nuestras las leyes y reglamentos.

Publicada 28 de agosto 2004, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Pasando el punto de control de seguridad hacia las salas de abordaje en el aeropuerto de Miami (luego de tres horas de trámites), presencié algo muy curioso.

Uno de los pasajeros fue llamado por un hombre que no estaba haciendo fila; le saludó, contentísimo y, para platicar con su amigo más cómodamente, destrabó una de esas correas elásticas que mantienen el orden de las “colas”.

Al instante se le acercó una empleada de aerolínea, pidiéndole que volviera a su puesto, colocando la correa en su lugar.

Cuando el pasajero, molesto, quiso ignorarla y continuar su conversación, la señora, con mucha firmeza, le dijo: “Ésta es un área de seguridad y con la seguridad no se juega; vuelva a su lugar”. Y obedeció.

Efectivamente, en EE.UU. no se juega ni con la seguridad ni con ninguna otra regulación. Las medidas son drásticas, molestas y parejas: no se salva nadie y se aplican a todos por igual.

Pues bien. De regreso, en Comalapa, noté la prepotencia con que, aquellos mismos pasajeros, tan sumisos en Miami, trataban al personal salvadoreño que recibe a los viajeros. ¡Todo por tener que esperar unos cuantos minutos!

¡Qué diferencia! En EE.UU. bastó la indicación de una mujer, más bien frágil, vistiendo su uniforme de trabajo (no uno militar), para poner en su sitio a un hombrote, grande y molesto. Su autoridad fue clara, contundente y respetada.

En nuestro país ni leyes ni autoridades civiles, policiales, militares o religiosas, son obedecidas.

El irrespeto ha traspasado todos los límites. Basta cualquier motivo (real o imaginario, justo o injusto), para que cualquiera se crea con derecho a crear sus propias leyes y —peor aún— querer obligar a los demás a someterse a ellas.

Admiramos a Estados Unidos porque es un gran país. Y lo es, porque allí la ley sí se respeta. Y se la respeta precisamente porque no se permiten transgresiones, por mínimas que sean. Prueba de eso es lo que he narrado.

New York, habiendo sido la ciudad más violenta del mundo, donde la criminalidad y corrupción habían penetrado, incluso, en las fuerzas policiales, se ha transformado totalmente, gracias a la política “cero tolerancia” que estableció el ex alcalde Rudy Giuliani.

Porque es así, parando de cuajo todo abuso, que se toma el control de los problemas y se resuelven.

Nuestro país afronta situaciones difíciles, pero provocando desórdenes no se solucionan. Por el contrario, se agudizan.

En el caso de la falta de agua, por ejemplo, Anda debe responder a sus usuarios con la eficiencia y eficacia que se espera de la institución, e informar al público sobre las causas por las que no se presta el servicio.

Es decir, Anda debe someterse al imperio de la ley. Pero, igualmente, los ciudadanos afectados por ese o cualquier otro problema deben respetar el derecho de tránsito, de trabajo y de orden que tenemos toda la ciudadanía.

Creemos, erróneamente, que para vivir en democracia deben permitirse cuantos desórdenes y abusos a la gente se le ocurra. ¡Todo lo contrario! Mejoraremos (especialmente quienes más lo necesitan) sólo en la medida en que todos cumplamos la ley.

Por ejemplo, si los ambulantes liberaran las calles y vendieran dentro de los mercados, todos los ciudadanos tendríamos que ir a comprarles allí. ¿Beneficios? ¡Muchísimos! Para la ciudad: orden, limpieza, facilidad de tránsito, mayor seguridad, menos peligro de epidemias, alcantarillas funcionando adecuadamente, etc.

Para los vendedores: un mejor ambiente, mejores oportunidades para progresar y formalizarse, acceso a servicios que ahora no tienen, etc. Para los comerciantes formales: competir en igualdad de condiciones.

Para el fisco y la municipalidad, combatir el contrabando, mayores ingresos y, principalmente, poder invertir mejor sus recursos, en lugar de desperdiciarlos resolviendo problemas que, sencillamente, no deberían darse.

Aquí, pareciera que la ley obliga dependiendo de los “recursos” de cada quien; cuanto más “escasos”, mayores derechos y menos obligaciones; cuanto más “abundantes”, mayor indiferencia.

¡Eso debe cambiar!

Soñar es permitido; yo sueño con que El Salvador establezca “El día del Estado de Derecho” y que, a partir de entonces, todos, absolutamente todos, seamos obligados a cumplir, responsablemente, con nuestras las leyes y reglamentos.

Rudy Giuliani lo logró; espero que el Presidente Saca también.
*Columnista de El Diario de Hoy.


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