El Diario de Hoy
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Se cuenta de un hombre
que llegó por la tarde a una oficina pública para encontrar
que estaba cerrada. ¿Es que aquí nadie trabaja?,
preguntó al portero. No, señor. Por la tarde nadie
viene; es por la mañana que nadie trabaja. Pocas cosas harían
más feliz a la francesa Corinne Maier que llegar a esa oficina
por la mañana y solazarse viendo al personal haciendo nada o muy
poco.
La señora, de acuerdo con el New York Times, quiere encabezar un
movimiento de masas en favor de la pereza (aunque movimiento
implica lo contrario. Deberíamos más bien hablar de un partido
de brazos caídos). Ella pide a los burócratas
de Francia, y de seguro también piensa en los del mundo, a no hacer
nada, a pasarse el tiempo moviendo papelitos de un sitio del escritorio
a otro, a tejer y comer pan dulce.
Holgazanear, pero pretender que se hace mucho, es todo un refinado arte.
Los napolitanos hablan, aunque no necesariamente practican, del dolce
farniente: el dulce no hacer nada. Y al norte de nuestras tierras hay
una profunda, arraigada, inconmovible cultura de la pereza, de moverse
lo menos posible, de dejar que las horas transcurran sin ruido.
Por desgracia esos hábitos se nos han ido pegando; lo usual ahora
es que en las zonas rurales, pese a la falsa propaganda de que hay un
enorme desempleo, los empleos quedan sin tomar porque nadie se presenta
a desempeñarlos.
O si se presentan, quieren darse por contentos a las 11:00 de la mañana
y así ir a casa a tenderse sobre hamaca o tapesco. ¿Dónde
están aquellos legendarios salvadoreños que laboraban incansables
de sol a sol? ¿Qué sucedería? Que los hay, los hay,
pero son menos que antes. Una porción de culpa la tienen las remesas,
que permiten a un gran número de connacionales alcanzar ese estado
idílico al que se refiere Corinne.
China: si no trabajas, no comes
Prosigue el New York Times contando que la tesis de Corinne ¡su
himno a la pereza! causó enojo en sus patrones, lo que indica que
en Francia los patronos son tan esforzados como los del resto del mundo,
aunque no ocurra en los inferiores niveles. Las luces se apagan temprano
en las oficinas aunque sigan encendidas hasta altas horas de la noche
en los suites ejecutivos.
El regaño ha hecho reaccionar al sindicato de la empresa (ya tienen
los del STISSS con quienes hermanarse en Europa), que a su vez llevó
el caso a los medios informativos. Porque lo lógico, echar a los
haraganes, se ha vuelto un asunto de alta política. Tan así
que el anterior gobierno socialista estableció la jornada de 35
horas iniciando una sorda y disimulada persecución contra los diligentes
que dan el mal ejemplo.
La gran interrogante, desde luego, es: ¿Quién entonces va
a producir bienes y rendir servicios? O más grave aún, ¿quiénes
en Francia y Europa van a esforzarse para enfrentar la competencia de
chinos y coreanos? La Siemens alemana ya tomó partido: o se aumenta
el rendimiento y se incrementan las horas de trabajo, o van a fundar filiales
en China. Y la IG Metall, el sindicato, ha tenido que aceptar más
trabajo. Quien no trabaja, no come.