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Iverson no puede ocultar la fustración luego de la derrota
ante Argentina. Foto: EDH/AP
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La gente en Estados Unidos no tiene idea
de lo difícil que es este
torneo. Muchos aficionados creen que estamos en 1992 y que vamos
a ganar todos los partidos por 40 puntos
Greg Popovic
(Entrenador asistente del Dream Team)
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Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Los Auténticos Decadentes, el grupo
musical argentino cuyas canciones empezaron a sonar por los altoparlantes
del Indoor Hall apenas finalizó el partido, en realidad parecían
los jugadores del Dream Team.
Abatidos, aturdidos por un abucheo general que les acompañó
cada jornada, se retiraron de la cancha cargando el pesado lastre de sus
cuerpos. Sus ojos apuntaban al suelo. Mientras, en el círculo central,
los doce jugadores argentinos saltaban de alegría, de incredulidad,
de éxtasis.
Argentina, que tuvo de nuevo en Emanuel Ginóbili su arma más
letal (anotó 29 puntos), le dio el tiro de gracia a un equipo que,
al margen de algunas genialidades de sus integrantes, demostró
a lo largo del torneo ser uno más. Alguna vez fueron galácticos.
Hoy ya no.
Estados Unidos últimamente se encontró con una piedra en
su zapato. Los albicelestes ya habían hecho historia en el Mundial
de Indianápolis 2002 cuando por primera vez un equipo con jugadores
de la NBA era derrotado.
Ahora, aunque ya había perdido dos juegos en la fase preliminar,
le volvió a ganar y le dejó sin la posibilidad del oro.
Una medalla que se daba por ganada de antemano y que nunca habían
perdido desde que en 1992 decidieron llevar a sus estrellas profesionales.
De 14 ediciones, se habían llevado la dorada en 12.
El baloncesto argentino consumó ayer la victoria más grande
de su historia. Más inmensa aún que la de 2002, porque aquélla
fue en la fase clasificatoria de un Mundial. Esta, en cambio, le asegura
al menos una medalla de plata. Nunca antes se había logrado una
presea en ese deporte.
Y lo ganó con autoridad, desde el comienzo hasta el fin. A veces
con valentía o otras con paciencia, pero siempre con personalidad.
Casi sin sufrir, algo difícil en el baloncesto actual donde todo
se termina definiendo en los últimos 15 segundos.
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héroes. El conjunto argentino hizo historia ayer al derrotar
al todopoderoso equipo estadounidense. Foto:
EDH/AP
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Fue clave Ginóbili como pilar de la hazaña,
pero también los oportunos triples de Alejandro Montecchia y la
eficacia de Walter Hermann, una especie de Claudio Caniggia con su rubia
y larga cabellera que parece inmune a las tragedias. Todavía no
se recuperaba de la muerte en un accidente automovilístico de su
madre y su novia cuando, hace un 40 días, falleció su padre
de infarto.
Quizá porque la vida lo ha templado a fuego es que juega al baloncesto
con tanta soltura y ha sido la gran figura de la liga española
este último año.
Es que Estados Unidos que en toda su histórica olímpica
antes de llegar a Atenas había ganado 109 partidos y perdido apenas
2 nunca le encontró la vuelta al partido.
Jamás pudo descontar esa diferencia que fluctuó entre 12
y 9 puntos a lo largo de todo el juego. Con un Malbury impreciso, un Iverson
poco inspirado y un Tin Duncan condicionado por las faltas personales,
se encerró en su propio laberinto, del cual todavía está
buscando cómo salir.
Si Argentina tuvo que esperar hasta el final para festejar fue simplemente
porque estos nombres generan respeto, y por más que falte un minuto
y pierdan por diez, son capaces del hacer magia. Sólo que esta
vez no hubo espacio para el milagro.