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¿Lealtad o terrorismo de cabuya de puro?

Por más que se repite e insiste, parece ser que muy pocos son los que entienden que los salvadoreños no van a Iraq en son de guerra, sino todo lo contrario, van en una misión humanitaria

Publicada 25 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Cuando se trata de buscar nuevos horizontes para mejorar el nivel de vida, solucionar problemas económicos y ser más felices, todo mundo piensa en viajar a Estados Unidos, véase por ejemplo cómo la ciudad de Miami se ha convertido en el refugio de cientos de miles de centroamericanos, colombianos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos, brasileños y argentinos. Pero cuando el gran país del norte, con razón o sin ella, se embarca en un conflicto como el de Iraq, los respectivos países de origen son los primeros en salir corriendo, argumentando principios etéreos en una clara manifestación de deslealtad y de amor por conveniencia.

Exceptuando El Salvador, ningún país de Centro América apoya a Estados Unidos, aun cuando el anterior es el principal sostén de sus economías, y qué decir de México, el flamante vecino al sur del río Bravo, que a pesar de tener veinte millones de inmigrantes, muchos de ellos ilegales, en territorio norteamericano, tampoco ha dado muestras de esa solidaridad que muy a menudo escuchamos en sus representantes de la OEA, Naciones Unidas, cumbres del TLC, etc.

El Salvador es el único país de América que mantiene una actitud de lealtad a toda prueba hacia Estados Unidos y obviamente reconoce su pequeñez, sus recursos limitados y su economía dependiente en gran medida de las remesas familiares que generan esos dos millones de salvadoreños que residen en el país más poderoso del mundo. Lo menos que puede hacer es agradecer y acompañar a un país amigo y eso, por supuesto, no es genuflexión, vasallaje, sumisión o sojuzgamiento, sino sencillamente una expresión de gratitud.

Los salvadoreños estamos acostumbrados a las amenazas y prácticamente convivimos con ellas. Nos amenazan terremotos, huracanes, tormentas, inundaciones, sequías, desbordamientos de ríos, deslizamientos, derrumbes, correntadas, etc., etc. En efecto, ningún grupo terrorista puede causarnos más daños por ejemplo que la amenaza cotidiana de los accidentes de tránsito, que matan de cuatro a cinco ciudadanos cada día, que sumados a las víctimas del pandillerismo se llevan a mejor vida cerca de 3,000 salvadoreños por año. Nada se compara al flagelo permanente del Sida y a las epidemias anuales de dengue, rotavirus, conjuntivitis hemorrágica, hepatitis B, etc. Tampoco puede superar a la violencia intrafamiliar, que está presente en siete de cada diez hogares, a la que se agregan el maltrato a los niños, el abuso, la agresión contrala mujer y otras conductas enfermizas que hacen sufrir a la población.

El análisis frío de la mentalidad del terrorista suicida islámico, probablemente el peor, porque su nivel de irrealidad y fanatismo es tan alto que vive convencido de que todos sus actos son justificados, permite establecer que cuando deciden realizar un atentado contra un objetivo, lo hacen sin previo aviso como ha ocurrido en New York, Arabia Saudí, Indonesia y África.

Y aun cuando evidencian un comportamiento psicópata, no son infantiles e ingenuos como para anunciar sus futuros golpes por la Internet, ya que se apoyan habitualmente en el factor sorpresa. Por el momento, su prioridad número uno es causar daño a Estados Unidos y sus más poderosos aliados como Inglaterra, Japón e Italia, que se encuentran en suelo iraquí. Atacar a todos los países que apoyan a los anteriores y que integran la coalición no sólo es desperdiciar los recursos que tanta falta les hacen, como también una gran dispersión de esfuerzos que no les conviene desde ningún punto de vista.

Asumiendo que las amenazas son reales, lo que todavía no ha sido comprobado, y que en el extremo caso deciden realizar sabotajes en el territorio nacional como explotar coches bombas en el Monumento al Hermano Lejano, Mercado La Tiendona, pupusódromo de Olocuilta o cualquier otro lugar representativo de la salvadoreñidad, ni modo. Al respecto cabe citar que ni los países mejor preparados, como Estados Unidos, Inglaterra, Japón, España y otros, han podido contrarrestar y detener esta lacra de los tiempos modernos. Obviamente en el país es posible tomar algunas medidas, aunque no extremas y modernas como las que se han implementado en Grecia, país en el que se están desarrollando las Olimpiadas Atenas 2004, porque nos quedaríamos sin presupuesto durante varios años.

Por más que se repite e insiste, parece ser que muy pocos son los que entienden que los salvadoreños no van a Iraq en son de guerra, sino todo lo contrario, van en una misión humanitaria, y prueba de ello es que nadie ha podido demostrar lo contrario.

Si la intención fuera causar daño a los ciudadanos iraquíes, aunque parezca broma, nada más fácil que enviarles mareros de la 18 y de la MS, dirigentes de agrupaciones del comercio informal callejero, que son capaces de convertir los sitios más sagrados de Bagdad y de cualquier otra ciudad importante, en abigarrados mercados, insalubres y contaminantes, o bien choferes de las rutas 201, 205, 109, 101D, 38 y 42 A y B, para que se hagan cargo del transporte urbano.

Pensando con objetividad y sentido común, y sobre todo aprendiendo de los países que ya tienen experiencia sobre este particular, la posición adoptada por el Gobierno salvadoreño ante las amenazas es correcta y acertada. Analiza con seriedad y responsabilidad (con enfoque de país y no de partido político) cualquier situación de riesgo, provenga de donde provenga; implementa medidas para proteger a la sociedad salvadoreña al menos dentro de sus posibilidades; proyecta calma, tranquilidad y ponderación, sabedor de que nada se logra con alarmarse más de lo necesario; es consciente que la vida debe continuar con normalidad en todos los órdenes; finalmente, mantiene y defiende su posición con respecto a Estados Unidos.

* Dr. en Medicina.

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