El Diario de Hoy
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Jimmy Carter y César
Gaviria terminaron dando el espaldarazo al fraude electoral perpetrado
por Hugo Chávez: a menos que se les muestren otras evidencias,
sentencian, el gane de Chávez es legítimo. Con su testimonio
la Carta Democrática de la OEA queda convertida en un papel sin
valor y el resto de Hispanoamérica expuesta a las depredaciones
y atropellos de movimientos autocráticos y grupos de fuerza.
Lo que vale para ambos personajes es la forma, no el fondo. Mientras se
consiga alinear venezolanos, o peruanos, o haitianos frente a mesas de
votación, no importa cómo se hagan los recuentos, qué
pasa después con las papeletas ni en manos de quiénes queda
anunciar los resultados.
Tampoco les preocupa si antes de la votación y a última
hora el número de votantes se incrementa, o la clase de sistema
y de computadoras que se establece para efectuar los escrutinios. De nuevo,
lo único que importa a manipuladores de tal especie es tener a
la gente haciendo cola frente a las urnas, como pasaba en la vieja Unión
Soviética, donde los candidatos oficiales ganaban con un 99 por
ciento de los sufragios.
Perpetrar fraudes con computadoras es una ya vieja táctica: así
es como Napoleón Duarte ganó las elecciones presidenciales
contra Roberto d'Aubuisson. El sistema que entonces se utilizó
estaba en manos de operadores financiados por un gobierno extranjero.
Además, Carter fue quien ordenó el derrocamiento de Romero
por una pandilla de ladrones, como antes hizo en Nicaragua y posteriormente
en Irán, desencadenando la serie de horrores que han llevado al
estallido de la Cuarta Guerra Mundial. (La Tercera, estimados lectores,
fue la llamada Guerra Fría y terminó con la derrota y el
derrumbe de la Unión Soviética y del Bloque Socialista de
Naciones).
Todo es ponerlos en cola
Volvamos a la Carta Democrática de la OEA. La Carta pone énfasis
en la celebración de elecciones, pero asimismo enmarca el conjunto
en un orden moral y jurídico compatible con la vida civilizada.
Es una burla celebrar elecciones, cuando los ciudadanos no pueden informarse
debidamente, no hay una plena libertad de expresión ni hay una
separación real y efectiva de los poderes públicos. Al no
existir representatividad de los partidos opositores en todas las etapas
del proceso, el fraude se vuelve inevitable; ya imaginamos lo que la OEA
y el centro Carter habrían montado en cuanto a denuncias
y gritería, si las condiciones de Venezuela se hubieran dado en
El Salvador para los comicios de marzo pasado.
Los pobres venezolanos, incluyendo a los zambos que son la base del poder
chavista, fueron a votar libremente por última vez cuando le dieron
los poderes a Chávez para cambiar a su antojo la Constitución.
E igual les habría pasado a los salvadoreños de haber salido
triunfantes los comunistas en marzo pasado: tan pronto llega al poder
la extrema izquierda, comienza a conspirar contra el Orden Jurídico
y el esquema democrático.
Pero además lo ocurrido en Venezuela deja una valiosa lección:
que lo importante es la forma, la apariencia, para recibir las bendiciones
de individuos como Carter e inclusive de gobiernos extranjeros. Rellenar
urnas y manipular computadoras es lo de menos; lo que vale para la
comunidad internacional son las colas de borregos.