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Una bala llamada Gatlin

El estadounidense, de 22 años, ganó los 100 metros planos en una carrera donde sólo una centésima separó a los hombres del podio.

Publicada 25 de agosto 2004, El Diario de Hoy

El más rápido. Justin Gatlin desbancó a su compatriota Maurice Greene. Foto: EDH/AP

Claudio Martínez
ENVIADO ESPECIAL
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Probablemente dentro de algunos años pocos recuerden quién fue Justin Gatlin, este estudiante de comunicaciones de la Universidad de Tennessee, EE. UU; que el domingo se ganó el derecho a ser llamado “el hombre más veloz del planeta”.

Lo que seguro nadie olvidará será esta espectacular carrera de 100 metros, sin duda una de las más disputadas de la historia de los Juegos Olímpicos. Apenas una centésima separó a los tres primeros en un final antológico.

A muchos se les vino a la mente aquellos 100 metros de Moscú 1980, cuando el inglés Allan Wells le ganó al cubano Silvio Leonard y ambos pararon el reloj en 10.25.

Fue como si ocho balas fueran despedidas en el momento del disparo de largada. El silencio del público, que se había quedado casi hasta la medianoche para ver este esperado show, le dio más tensión y emoción. No hubo tiempo para pensar. No hubo tiempo para nada. Sólo para observar a esas gacelas de músculos perfectos y zancadas gigantes.

Gatlin, de 22 años, llegó primero (9.85). Pero podría haber sido el nigeriano nacionalizado portugués Francis Obilwelu (9.86) o el mismo Maurice Greene (9.87), el campeón de Sydney 2000. Una centésima, esa fracción de tiempo incapaz de percibirse si no es en una cámara lenta, definió el color de las medallas.

A punto

Una centésima, lo mismo que le faltó a Gatlin para llevarse un premio doble: igualar el récord olímpico que el canadiense Donovan Bailey (9.84) logró en Atlanta 1996.

Aunque Gatlin no necesitó el fotofinish para saber que había ganado. Y apenas cruzó la meta lo invadió la locura. El primero en abrazarlo fue su compatriota Greene.

Luego llegaron las felicitaciones de los rivales y unos segundos después, el recorrido victorioso por todo el estadio.

“Simplemente es un sueño hecho realidad”, atinó a decir cuando enfrentó a los medios. Su cadena de plata y sus dos aritos brillan aún más con las luces de los reflectores. Sus ojos, llorosos y rojos de sangre, no dejan de girar ni por un momento. Sonríe.

Firma autógrafos con su mano izquierda y no desecha ninguna entrevista. Televisión, radios, medios gráficos. Hay lugar para todos, hasta para el último de la fila.

Justin, que alguna vez dijo que quería convertirse en una máquina de correr, emprende la retirada envuelto en la bandera de las barras y las estrellas. Envuelto en la gloria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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