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con autoridad. Luis González celebra el segundo gol argentino.
Los gauchos le ganaron a Italia 3-0. Foto:
EDH/AP
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Agencias
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Las medallas siempre son bienvenidas, sobre
todo para aquellos países donde precisamente lo que no sobran son
logros olímpicos.
No importa el color ni la clase del metal.
Todas se festejan por igual como si se tratara de epopeyas.
Pero cuando se trata del fútbol y Argentina el mismo caso
vale para Brasil, si no es dorada, parece que no sirviera de nada.
La selección Argentina de Bielsa que ayer venció 3-0 a Italia
ha destrozado a todos sus rivales en su cómodo camino a la final.
Ha marcado 16 goles y no recibió ninguno.
Tiene a Carlos Tévez, el mejor jugador del torneo, y un equipo,
con la base de la Copa América, consolidado en todas sus líneas.
Es el claro favorito en la final ante Paraguay, y lo sabe. Son conscientes
de que han llegado demasiado alto. De ahí, sólo hay dos
caminos.
El pasaporte a la gloria, que sería la obtención de la medalla
de oro, el único título que aún falta en su palmarés.
O caerse de ese pedestal donde ellos mismos se han subido a fuerza de
fútbol y goles.
Italia, como antes habían sido sus otros rivales, sufrió
una humillación que quizás no se trasladó tanto en
el resultado.
Fue la impotencia de un equipo defensivo por naturaleza que prácticamente
no pudo ver la pelota durante los 90 minutos.
Ni siquiera cuando el resultado adverso, una volea impresionante de Tévez
que significó el 1-0, le obigaba a abrirse.
El equipo de Claudio Gentile famoso por anular al filo de la ley
a Diego Maradona en el Mundial 82 se encerró atrás,
como si estuviera defendiendo un marcador positivo.
Y así todo le generaron no menos de diez situaciones de gol, una
de las cuales concretó Luis González y otra Mariano González
para el 3-0.
La clave de Argentina está en cuatro hombres que pasan por un momento
excepcional. El decisivo es Tévez, el que anota los goles y el
que se lleva todos los aplausos. Pero detrás de él está
Javier Mascherano, un monstruo en la recuperación y los relevos,
quien a los 20 años parece tener el rodaje de uno de 33.
Ayer se devoró a Andrea Pirlo, el cerebro de los italianos. A ellos
se le suman Lucho González, siempre desequilibrante con su tranco
largo, y Andrés DAlessandro, con sus genialidades. Y hay
que agregarle una defensa donde el oficio de Roberto Ayala y la calidad
de Heinze han construido una muralla casi infranqueable. El resto acompaña.
El público griego, que de entrada se había inclinado por
los argentinos por la poca simpatía que tienen con sus vecinos
de Italia, despidieron al equipo con una ovación.
Al término del partido, mientras los periodistas italianos aceptaban
con resignación la derrota, uno de ellos tuvo las palabras justas
para explicar la derrota: En el fútbol ellos son como el
Dream Team. Uno sabe que va a perder, lo que no puede adiviniar es por
cuánto.