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Comentario de la semana
Pesos y contrapesos

Quien esto escribe no confía en las credenciales democráticas de Chávez, por parecerle más castrista que bolivariana su “revolución” . Lógica, por lo tanto, le parece la desconfianza de la oposición.

Publicada 21 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Eduardo Torres*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Ser o no ser demócrata.Ese es para mí el asunto en Venezuela tras el resultado electoral del referendo del pasado domingo.

Salieron los venezolanos a votar y, ciertamente, hubo irregularidades que llevaron, dos veces, a prorrogar la hora tope de la votación.

La oposición argumenta que hubo “megafraude”, programado electrónicamente, pero a no ser que se compruebe un fraude a gran escala, dado el millón y medio de votos de diferencia, ganó Hugo Chávez y lo hizo por un porcentaje más amplio del que para cualquier lado pudieron haber indicado las encuestas.

Existiendo en nuestra América Latina una marcada tendencia a gritar “foul” después de elección tras elección, cuando, por adverso, no gusta el resultado, pues prácticamente quedó definido el referendo tras el visto bueno que a la jornada electoral le dieran César Gaviria, secretario general de la OEA, y el ex presidente estadounidense Jimmy Carter.

Aunque como lo puso ayer editorialmente “The Washington Post”, si no tiene fundamento el argumento de la oposición de fraude masivo, pues “el Sr. Chávez no tiene nada que perder permitiendo una comprobación de los resultados, legitimando con ello (el resto de) su mandato, alcanzado con el 58% de los votos”.

Quien esto escribe no confía a nivel personal en las credenciales democráticas de Hugo Chávez, por parecerle más castrista que bolivariana su “revolución”. Lógica, por lo tanto, le parece la desconfianza de la oposición venezolana. Pero si bien tiene ésta la facultad de buscar ganar la batalla, cuesta arriba, de demostrar el “megafraude”, no deberían únicamente ver hacia fuera. ¿Qué fue lo que pasó?, me parecería a mí una pregunta válida para hacerse hacia dentro. Por qué, por ejemplo, no emergió un líder que se enfrentara directamente a Chávez, dándole a la oposición —como marcadamente tiene el oficialismo— un rostro humano.

En qué momento y por qué se perdió el “moméntum”, es decir, la clara ventaja a favor que hace algunos meses llevaban en las encuestas. Y cómo fue que estando el 74% de los venezolanos a favor de la democracia —según la última medición de opinión pública en América Latina de la firma chilena Latinobarómetro, publicada por la revista “The Economist” en su última edición—, y manifestándose más del 60% de la población a favor de la economía de mercado, haya habido votación tan masiva a favor de Hugo Chávez.

Grande, gigantesco, es el reto que tiene Venezuela.

Si bien se sacó la lotería este año con los altísimos precios del petróleo en el mercado internacional, debido esencialmente a la guerra en Iraq, la turbulencia en el Oriente Medio, la quiebra de la petrolera rusa Yukos, la inestabilidad política en Venezuela y la creciente demanda china por el crudo, el país está severamente dividido en dos. La caída económica ha sido profunda, libre durante los años, y la inflación finalizó el año pasado en un 30%. Adoleciendo el gobierno de Chávez de capacidad gerencial, feroz ha sido la retórica en abono a la lucha de clases. No fácilmente podrán cambiar lo anterior, aunque de corazón, se les desea.

“Idealmente”, dijo ayer el “Post” en su editorial, “el Sr. Chávez va a recibir este mandato como la oportunidad de buscar la reconciliación en este dividido y altamente polarizado país. El peligro es que en vez de ello intente utilizar su poder para restringir los pesos y contrapesos de la democracia”.

Esto último es para mí el desafío que viene para Venezuela: el respeto a la institucionalidad democrática. Algo a lo que debe estar vigilante la comunidad internacional, en especial los latinoamericanos, so pena de que se vuelva letra muerta la “Carta democrática de la OEA, firmada en Lima, Perú, el 11 de septiembre de 2001, día de los atentados terroristas a Nueva York y Washington.

Así concluye una nueva fase del proceso político en Venezuela que a todos los que vivimos en este hemisferio, de alguna u otra manera nos mantiene inquietos. Ojalá la sensatez prevalezca y no se llegue a perder el medio siglo que lleva la democracia en Venezuela. Es asunto de pesos y contrapesos; es asunto de que sin ser un sistema perfecto de vida —cómo habría de serlo si ha sido construido por seres humanos tras muchos sufrimientos, capitalizando las lecciones de la historia—, es el mejor que existe para normar la coexistencia pacífica en las sociedades.

Dios quiera que así sea.

*Licenciado en Ciencias Jurídicas y columnista de El Diario de Hoy.


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