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Todos contra todos

Publicada 21 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

El hombre, inconfundiblemente neocelandés, se paseaba con un vaso de cerveza en el Estadio Olímpico. Lo curioso en él era su camisa negra, en la cual podía leerse una frase tan ingeniosa como provocativa: “Yo le voy a dos equipos. A Nueva Zelanda y a todo aquel que enfrente a Australia”. Esa frase es un sentimiento generalizado en Atenas.

Los aficionados a veces gozan más con la derrota del eterno rival que con la victoria propia. El caso de los dos países de Ocenía, por culpa de Thorpe y sus amigos, ese neocelandés la debe estar pasando mal, aunque a decir verdad parecía muy feliz bebiendo.

Despiadada y sin tregua, la lucha entre chinos y japoneses —para nosotros pueden parecer todos iguales, pero ellos se conocen muy bien unos a otros—, no sólo es en el terreno de juego. La confrontación entre ambos es digna de obervarse. Casi tanto como la de los indios y paquistaníes, que se miran con recelo cada vez que se cruzan.

Más civilizada y sutil es la lucha entre Francia y EE. UU. Unos y otros se miran con recelo, aunque otras veces es más abierta. Como cuando Mary Pierce eliminó a Venus Williams en el tenis y las provocaciones entre aficionados eran casi tan espectaculares como el partido mismo.

Otra batalla es la de Brasil y Argentina, obvio. Por ahora ganan los verdeamarelhos, que tienen una medalla más. Pero los argentinos le recuerdan que se quedaron afuera del fútbol y del baloncesto. Hay otras fuertes rivalidades como Alemania y Holanda. Incluso, si quiere, podríamos agregar la de salvadoreños y guatemaltecos, donde hay un 0-0 garantizado.

Dentro de este panorama, los más confundidos son los escoceses, quienes siempre han sentido rechazo por los ingleses, pero como Gran Bretaña compite como una sola nación, todos están en el mismo equipo.

“Lo peor que nos puede pasar es que tengamos que alegrarnos porque un inglés gane algo, por favor”, suplica Levin Rose, un escocés de Edimburgo que, vaya casualidad, tiene otra cosa en común —además del odio por sus vecinos— con el neocelandés. Él también apaga su sed con una cerveza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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