Enrique V. Iglesias*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El debate sobre el desarrollo parece reducirse a conflictos
ideológicos entre bandos opuestos. Privatización o nacionalización.
Liberalización o proteccionismo. Mercado o intervencionismo. No
obstante, existe un amplio acuerdo sobre una herramienta para combatir
la pobreza y la exclusión social: nos referimos a la microempresa.
En América Latina y el Caribe, las empresas con menos de 10 trabajadores
generan la mayoría de los empleos y una parte considerable del
ingreso regional. Decenas de millones de familias se ganan la vida en
estas diminutas empresas económicas. Y en épocas de crisis,
la microempresa ofrece refugio a las personas en los sectores más
vulnerables de nuestras sociedades.
El Banco Interamericano de Desarrollo reconoce el papel económico
y social que desempeña la microempresa en la región. Durante
más de un cuarto de siglo ha dedicado casi 1.000 millones de dólares
a programas para apoyar estos emprendimientos, ya sea mediante grandes
préstamos para ampliarle el acceso al crédito a todo un
país hasta modestos proyectos diseñados para fortalecer
a una sola cooperativa. En esos esfuerzos, el BID ha tenido la fortuna
de asociarse con algunos de los grandes innovadores en el campo de las
microfinanzas y de los servicios de desarrollo empresarial para la microempresa.
El BID y su filial, el Fondo Multilateral de Inversiones, apoyaron en
sus primeras etapas a instituciones líderes en la revolución
del microcrédito, como Caja Los Andes y FIE en Bolivia, Calpiá
en El Salvador y Adopem en la República Dominicana. Junto a pioneros
como ACCION International, Banco Mundial de la Mujer, FINCA, Katalysis
e Internationale Projekt Consult, estas instituciones microfinancieras
han convertido a la obra iniciada por un puñado de idealistas en
una industria sofisticada que ha concitado la atención de la banca
y de los inversionistas institucionales.
Hoy nos encontramos en el umbral de otro fenómeno: la vinculación
entre las remesas enviadas por trabajadores emigrados y las instituciones
microfinancieras, las cooperativas de ahorro y crédito y otras
entidades financieras creadas para servir a clientes de escasos recursos.
Estos enormes flujos de dinero, que este año podrían superar
los 40.000 millones de dólares para países de América
Latina y el Caribe, están en condiciones de sentar las bases de
una democracia financiera. Hasta ahora, sólo una minoría
de la población de nuestra región ha tenido acceso al sistema
bancario. En un futuro no muy lejano, millones de familias podrán
tener la opción de utilizar instrumentos financieros para acumular
activos, como por ejemplo los créditos hipotecarios.
Además de ampliar el acceso a servicios financieros a gente de
escasos recursos, podremos ofrecerles otras herramientas para aumentar
su productividad. La capacitación laboral es una opción
clara, pero muchas veces se frustra su cometido porque los cursos ofrecidos
o son anticuados o no responden a la demanda del mercado laboral o se
organizan en horarios y plazos inconvenientes para personas que no pueden
darse el lujo de abandonar sus labores.
La alternativa es estructurar los servicios de capacitación a la
medida de los potenciales beneficiarios. En Haití, por ejemplo,
el BID espera financiar un programa de capacitación laboral para
personas que trabajan en el sector informal, que comprende la mayor parte
de la economía haitiana, y que responde a las necesidades sociales
y culturales del país.
Sin embargo, esto es apenas un comienzo. En la llamada economía
subterránea hay miles de millones de dólares en activos
comerciales enterrados, porque sus dueños enfrentan barreras burocráticas
para registrar su propiedad o no perciben ninguna ventaja en pasarse al
sector formal. ¿Qué ganarían al declarar sus bienes
si los servicios básicos del gobierno no les sirven o no los apoyan?
Los sistemas judiciales, que demoran años en resolver hasta la
más simple disputa comercial, están virtualmente cerrados
a efectos prácticos para los microempresarios, quienes no tienen
ni tiempo ni recursos para costear litigios interminables.
Cabe preguntarse si corresponde invertir fondos públicos para alentar
la formación de emprendedores. Muchos países industrializados
ciertamente creen que es una buena inversión. En Estados Unidos,
gobiernen los demócratas o los republicanos, la Agencia de la Pequeña
Empresa (SBA) provee miles de millones de dólares en préstamos
y garantías para ayudar a emprendedores a dar sus primeros pasos.
La SBA se enorgullece de señalar que Federal Express, Apple, Intel
y Nike figuran entre sus clientes más exitosos. Todos estos gigantes
corporativos alguna vez fueron un pequeño emprendimiento.
El dividendo social de este tipo de inversión es evidente: cuando
los programas de apoyo a la pequeña y microempresa canalizan sus
recursos a grupos que tradicionalmente no han llegado a la cúspide
del mundo de los negocios (por ejemplo las mujeres, las minorías
raciales y étnicas, los pobres en general) su efecto es abonar
los talentos de un sinnúmero de potenciales empresarios.
Esta región podría sacar provecho de tales experiencias.
Nuestras investigaciones indican que, a diferencia de los emprendedores
en otras partes del mundo, los dirigentes empresariales latinoamericanos
suelen surgir de los segmentos de la sociedad con más educación,
más recursos y más conexiones. Sin embargo, en algún
lugar de los barrios marginales de Buenos Aires, o de Caracas, o de Ciudad
de México o de Río de Janeiro o de cualquier ciudad de la
región hay personas con potencial de crear los millones de empresas
y empleos que necesitamos para erradicar la pobreza. Ayudémoslos
a ayudarse a sí mismos.
Esa ayuda no es caridad, es inversión
en dignidad.
*Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.