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Avidez. El conseguir pines es una verdadera obligación para
muchos. Foto: EDH
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Juegos Olímpicos
Atenas 2004
Claudio Martínez/ Enviado especial
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Voluntarios y atletas, periodistas y dirigentes,
entrenadores y policías.
Nadie está excluido de esta manía que se ha desatado en
Atenas y que ha vuelto fuera de control a muchos: el intercambio de pines,
esos pequeños prendedores metálicos con diversos motivos
olímpicos que se adhieren a la ropa.
Esta irrefrenable avidez por coleccionar ese tipo de recuerdos no es nueva,
ya en Sydney 2000 empezaba a manifestarse, pero ahora ha llegado a niveles
insospechables.
Si uno le hace una pregunta a un voluntario, éste primero la responde
y luego viene la pregunta: ¿No tiene algún pin? Lo
mismo ocurre con algunos conductores de los buses o simplemente la gente
que camina por la calle y que rápidamente asocia a todo aquel que
lleve una credencial con un potencial abastecedor de su colección.
Los salvadoreños, a quienes el COES les entregó una buena
partida de pines para intercambiar, entraron rápido en acción.
Y al segundo día de estar en la villa ya tenían más
de una decena.
La moda es prenderlos de la cinta que sostiene la acreditación,
aunque hay algunos que ya superaron los cincuenta y prefieren guardarlos
en una caja, como si fuera un tesoro.
Otro signo de que los salvadoreños se han movido bien en ese sentido
en especial Takeshi Fujiwara y Patricia Rivas es que uno ve
gente de Rusia, Jamaica o Malasia con el pin de El Salvador.
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La colección. Los pines representan una de la más
encarnizadas disputas. Foto: EDH
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Qué decir si hasta Andy Roddick, número
dos del tenis mundial, se sumó a esta moda. Es extraño
porque lees el nombre del país en la chaqueta y te dices ¡este
no lo tengo! y empiezas a hablar de intercambios, se sinceró
el estadounidense. Es una buena forma de conocer chicas, agrega.
No, en serio es una manera de conocer gente, es parte del espíritu
olímpico. Y ni hablar de Martina Navratilova, que con 47
años se ha vuelto una loca de los prendedores como si fuera una
niña de 13.
La regla en Atenas es muy sencilla. Si uno pide un favor desde cómo
llegar a un determinado lugar, el número de un bus o el horario
de la semifinal de tenis de mesa a cambio tendrá que entregar
un pin.
En ese sentido, los más difíciles de engañar son
los encargados de seguridad de los estadios. A ellos, que están
entre los que más piden, no se les puede decir no tengo pines.
Uno debe pasar debajo de sus scanners, le registran las mochilas y todo
lo que sea de metal suena como si estuviera robando un banco. Es lo más
parecido a un detector de mentiras.