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El juego de los Juegos

El intercambio de pines, una manía que no conoce dimensiones, ha invadido las calles de la capital griega. promete más que lo hecho en sydney 2000.

Publicada 18 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Avidez. El conseguir pines es una verdadera obligación para muchos. Foto: EDH

Juegos Olímpicos Atenas 2004
Claudio Martínez/ Enviado especial
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Voluntarios y atletas, periodistas y dirigentes, entrenadores y policías.

Nadie está excluido de esta manía que se ha desatado en Atenas y que ha vuelto fuera de control a muchos: el intercambio de pines, esos pequeños prendedores metálicos con diversos motivos olímpicos que se adhieren a la ropa.

Esta irrefrenable avidez por coleccionar ese tipo de recuerdos no es nueva, ya en Sydney 2000 empezaba a manifestarse, pero ahora ha llegado a niveles insospechables.

Si uno le hace una pregunta a un voluntario, éste primero la responde y luego viene la pregunta: “¿No tiene algún pin? Lo mismo ocurre con algunos conductores de los buses o simplemente la gente que camina por la calle y que rápidamente asocia a todo aquel que lleve una credencial con un potencial abastecedor de su colección.

Los salvadoreños, a quienes el COES les entregó una buena partida de pines para intercambiar, entraron rápido en acción. Y al segundo día de estar en la villa ya tenían más de una decena.

La moda es prenderlos de la cinta que sostiene la acreditación, aunque hay algunos que ya superaron los cincuenta y prefieren guardarlos en una caja, como si fuera un tesoro.

Otro signo de que los salvadoreños se han movido bien en ese sentido —en especial Takeshi Fujiwara y Patricia Rivas— es que uno ve gente de Rusia, Jamaica o Malasia con el pin de El Salvador.

La colección. Los pines representan una de la más encarnizadas disputas. Foto: EDH

Qué decir si hasta Andy Roddick, número dos del tenis mundial, se sumó a esta moda. “Es extraño porque lees el nombre del país en la chaqueta y te dices ‘¡este no lo tengo!’ y empiezas a hablar de intercambios”, se sinceró el estadounidense. “Es una buena forma de conocer chicas, agrega.

No, en serio es una manera de conocer gente, es parte del espíritu olímpico”. Y ni hablar de Martina Navratilova, que con 47 años se ha vuelto una loca de los prendedores como si fuera una niña de 13.

La regla en Atenas es muy sencilla. Si uno pide un favor —desde cómo llegar a un determinado lugar, el número de un bus o el horario de la semifinal de tenis de mesa— a cambio tendrá que entregar un pin.

En ese sentido, los más difíciles de engañar son los encargados de seguridad de los estadios. A ellos, que están entre los que más piden, no se les puede decir “no tengo pines”.

Uno debe pasar debajo de sus scanners, le registran las mochilas y todo lo que sea de metal suena como si estuviera robando un banco. Es lo más parecido a un detector de mentiras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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