
Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Simone de Beauvoir lanzó al mundo su inconformidad,
afirmando que la mujer se considera una casta inferior, mientras el varón
goza de una categoría privilegiada, porque los rasgos distintivos
de la psicología femenina proceden de una educación en una
sociedad dirigida por varones.
El varón se orienta hacia el triunfo para dominar y combatir y
se le deja hacer, pero de la niña, en situación ambigua,
se espera que sea graciosa y bonita, porque no puede dar más. Beauvoir
rechazó frontalmente el matrimonio y la maternidad, afirmando que
llevar un hijo en sus entrañas y amamantarlo era humillante y rebajaba
a la mujer, igualándola a los mamíferos.
En 1963 la norteamericana Betty Friedan, en su libro: La ilusión
femenina, alentó a las mujeres a liberarse de ese campo de
concentración que es el hogar, pues vedaba sus aspiraciones profesionales.
Aunque 18 años después rectificara incorporando la familia
al tema de la mujer. Luego Antonieta Macciochi habló de un nuevo
feminismo europeo, preocupado más por reafirmar la identidad femenina
que por insistir en el antagonismo de los sexos.
Y Harriet Woods, en 2000, en Los Ángeles Times, urgió a
luchar por la igualdad de derechos, los caracteres diferenciales de la
mujer y la defensa de valores, cuidándose de no volver al absurdo
concepto de que la mujer deberá estar recluida en su casa, y el
hombre, en su trabajo profesional.
Es irónico que el feminismo que busca dar a la mujer el espacio
que legítimamente le pertenece en el ámbito profesional
haya degenerado, al grado que la ONU patrocine reuniones en las cuales
las lesbianas parecen reinar por derecho propio, empecinadas en la defensa
de unos derechos sexuales y reproductivos que incentivan la promiscuidad
y destruyen la institución familiar desde sus cimientos. La promoción
del uso indiscriminado de anticonceptivos y preservativos, lejos de ayudar
a disminuir el número de hijos nacidos fuera de matrimonio, ha
exacerbado la sexualidad irresponsable, generando violaciones e incrementado
la violencia familiar.
Según el Isdemu este año ha habido casi 4,000 casos de violencia
familiar, mil más que en 2001, por aspectos culturales, machismo
y poca educación de la población. Un machismo propiciado
por las mismas mujeres, que desprecian el trabajo del hogar, trasladan
a sus hijas esa obligación como pesada carga, mientras eximen al
varón de esta responsabilidad, que no es de hombres. Lo crían
como el zángano en la colmena, servido por obreras, a quienes ve
de menos, no respeta, y tiene derecho a maltratar. Y la mujer aguanta,
se siente dependiente del hombre, buscando la figura del padre que no
tuvo, y soporta estoicamente toda clase de maltratos, que incluso disculpa,
como un derecho adquirido por él.
¿No será, en algunos casos temor a enfrentar la vida ella
sola, o simple haraganería, que prefiere seguir aguantando en vez
de tirarse a trabajar? O las madres que aconsejan a sus hijas no oponerse
nunca a sus maridos, porque la felicidad matrimonial está en aguantar
siempre, sometiéndose a los caprichos del señor, y que originan
hogares desdichados, de mujeres moralmente humilladas y hombres solitarios
que no encuentran apoyo en una compañera que sólo estaba
preparada para decir que sí, sin razonar, sin argumentar, sin casi
pensar.
El macho latinoamericano no comprende al profesional de los países
industrializados, que crece desempeñando labores domésticas
al igual que la mujer. Plancha impecablemente, cocina delicioso, vuelca
su capacidad afectiva en bañar a sus hijos, en darles de comer.
Se preocupa por su hogar y es un apoyo para su esposa, también
profesional, que colabora con su sueldo para tener mejor calidad de vida.
Estas parejas son más felices, porque comparten y tienen más
intereses comunes.
Cuando hace unas semanas el Santo Padre expresó su rechazo al matrimonio
homosexual, una destacada feminista le acusó de fundamentalismo
medieval. ¿Cuál es entonces el verdadero feminismo? El que
lucha por los derechos legítimos de la mujer y por iguales oportunidades
para desempeñarse en el ámbito profesional, igual que el
hombre, reconociendo sus diferencias y su complementariedad. Que valoriza
el trabajo del hogar sin ridiculizar como sumisas, a las mujeres que están
conscientes de que en la educación de sus hijos y la dedicación
a su marido son insustituibles. Que fomenta el concepto de que el hogar
es de los dos, y que reconocer el aporte de la mujer en el ámbito
profesional, exige la inclusión del hombre en la cancha doméstica.
*Columnista de El Diario de Hoy.