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Aclarando conceptos
Un falso feminismo

Cuando hace unas semanas el Santo Padre expresó su rechazo al matrimonio homosexual, una destacada feminista le acusó de fundamentalismo medieval. ¿Cuál es entonces el verdadero feminismo?

Publicada 15 de agosto 2004, El Diario de Hoy



Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Simone de Beauvoir lanzó al mundo su inconformidad, afirmando que la mujer se considera una casta inferior, mientras el varón goza de una categoría privilegiada, porque los rasgos distintivos de la psicología femenina proceden de una educación en una sociedad dirigida por varones.

El varón se orienta hacia el triunfo para dominar y combatir y se le deja hacer, pero de la niña, en situación ambigua, se espera que sea graciosa y bonita, porque no puede dar más. Beauvoir rechazó frontalmente el matrimonio y la maternidad, afirmando que llevar un hijo en sus entrañas y amamantarlo era humillante y rebajaba a la mujer, igualándola a los mamíferos.

En 1963 la norteamericana Betty Friedan, en su libro: “La ilusión femenina”, alentó a las mujeres a liberarse de ese campo de concentración que es el hogar, pues vedaba sus aspiraciones profesionales. Aunque 18 años después rectificara incorporando la familia al tema de la mujer. Luego Antonieta Macciochi habló de un nuevo feminismo europeo, preocupado más por reafirmar la identidad femenina que por insistir en el antagonismo de los sexos.

Y Harriet Woods, en 2000, en Los Ángeles Times, urgió a luchar por la igualdad de derechos, los caracteres diferenciales de la mujer y la defensa de valores, cuidándose de no volver al absurdo concepto de que la mujer deberá estar recluida en su casa, y el hombre, en su trabajo profesional.

Es irónico que el feminismo que busca dar a la mujer el espacio que legítimamente le pertenece en el ámbito profesional haya degenerado, al grado que la ONU patrocine reuniones en las cuales las lesbianas parecen reinar por derecho propio, empecinadas en la defensa de unos derechos sexuales y reproductivos que incentivan la promiscuidad y destruyen la institución familiar desde sus cimientos. La promoción del uso indiscriminado de anticonceptivos y preservativos, lejos de ayudar a disminuir el número de hijos nacidos fuera de matrimonio, ha exacerbado la sexualidad irresponsable, generando violaciones e incrementado la violencia familiar.

Según el Isdemu este año ha habido casi 4,000 casos de violencia familiar, mil más que en 2001, por aspectos culturales, machismo y poca educación de la población. Un machismo propiciado por las mismas mujeres, que desprecian el trabajo del hogar, trasladan a sus hijas esa obligación como pesada carga, mientras eximen al varón de esta responsabilidad, que no es de hombres. Lo crían como el zángano en la colmena, servido por obreras, a quienes ve de menos, no respeta, y tiene derecho a maltratar. Y la mujer aguanta, se siente dependiente del hombre, buscando la figura del padre que no tuvo, y soporta estoicamente toda clase de maltratos, que incluso disculpa, como un derecho adquirido por él.

¿No será, en algunos casos temor a enfrentar la vida ella sola, o simple haraganería, que prefiere seguir aguantando en vez de tirarse a trabajar? O las madres que aconsejan a sus hijas no oponerse nunca a sus maridos, porque la felicidad matrimonial está en aguantar siempre, sometiéndose a los caprichos del señor, y que originan hogares desdichados, de mujeres moralmente humilladas y hombres solitarios que no encuentran apoyo en una compañera que sólo estaba preparada para decir que sí, sin razonar, sin argumentar, sin casi pensar.

El macho latinoamericano no comprende al profesional de los países industrializados, que crece desempeñando labores domésticas al igual que la mujer. Plancha impecablemente, cocina delicioso, vuelca su capacidad afectiva en bañar a sus hijos, en darles de comer. Se preocupa por su hogar y es un apoyo para su esposa, también profesional, que colabora con su sueldo para tener mejor calidad de vida. Estas parejas son más felices, porque comparten y tienen más intereses comunes.

Cuando hace unas semanas el Santo Padre expresó su rechazo al matrimonio homosexual, una destacada feminista le acusó de fundamentalismo medieval. ¿Cuál es entonces el verdadero feminismo? El que lucha por los derechos legítimos de la mujer y por iguales oportunidades para desempeñarse en el ámbito profesional, igual que el hombre, reconociendo sus diferencias y su complementariedad. Que valoriza el trabajo del hogar sin ridiculizar como sumisas, a las mujeres que están conscientes de que en la educación de sus hijos y la dedicación a su marido son insustituibles. Que fomenta el concepto de que el hogar es de los dos, y que reconocer el aporte de la mujer en el ámbito profesional, exige la inclusión del hombre en la cancha doméstica.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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