El Diario de Hoy
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Es fácil para muchos liberarse de los mandamientos
morales: al echar a éstos por la borda, en adelante podrán
vivir como les venga en gana, cambiar posturas a su conveniencia, justificar
todo lo que hagan, aun lo perverso, lo repugnante, lo criminal. Ayer un
personaje en un programa de televisión afirmó que la moral
no existe, tesis que permitiría a las sociedades y pueblos cocinar
sus propias reglas de conducta y modificarlas cuando les resulte conveniente.
Sin embargo, no conocemos una sociedad pacífica, próspera
y perdurable, que no se fundamente en un orden moral igual en sus rasgos
a lo que priva en el resto del mundo civilizado. Existen bandas, organizaciones
y movimientos que no se rigen por ninguna moral, o que inclusive se proponen
derrumbar la que prevalece, como los talibanes, los chavistas y los polpotianos.
Pero se trata de fenómenos coyunturales de poca duración,
como lo fuera la iglesia del reverendo Jones que terminó con el
suicidio colectivo de sus miembros.
¿Hay alguna sociedad organizada en la que el asesinato sea permitido,
o se toleren los robos, o justifiquen las estafas, o se promueva la mentira
y el engaño? Y pese a los desenfrenos de la actualidad ¿hay
algún país en el que se pida a los matrimonios ser infieles,
abandonar a sus padres y vender a sus hijos de esclavos? ¿No es
acaso la existencia universal de la institución del matrimonio
una prueba fortísima de la aceptación de un orden moral
superior? ¿Existió sociedad que aplaudió el soborno
de jueces, la corrupción de funcionarios, la compra de testigos,
la falsificación de pruebas en un juicio?No hagas a otro lo que
no quieres para ti
Un estudio comparativo de los instrumentos y el pensamiento jurídico
de los más diversos pueblos a lo largo de la historia, pone en
evidencia la enorme similitud o coincidencia de leyes, criterios y normas
jurisprudenciales, castigos y procedimientos, indistintamente de cómo
se formaron y las circunstancias en las que desarrollaron sus instituciones
básicas.
Desde la estela de Hammurabi hace más de cuatro mil años,
hasta la Carta de Derechos de los Estados Unidos, pasando por los códigos
de Justiniano en el Siglo VI de nuestra era, sorprende y maravilla la
concurrencia de ideas, la igualdad de sus principios. Y lo es precisamente
por el sustrato moral que da sentido y cuerpo a lo jurídico.
Hay una igualdad básica en las legislaciones y lo jurídico
porque personas racionales, decentes e instruidas llegan a las mismas
conclusiones cuando se dan a la tarea de normar las relaciones entre los
hombres. La historia del Derecho es una de agregar sobre lo construido,
refinar normas, perfeccionar instituciones. Que Castro y Bokassa, el caníbal,
arrasen con principios de universal validez no se debe ver como una tendencia
válida, sino como una aberración que la historia se encarga
de enterrar, como enterró a la Unión Soviética y
el Tercer Imperio de los nazis.
Kant lo expuso: la moral se fundamenta en principios evidentes por sí
mismos, irrefutables, que no requieren una justificación racional.
Su origen es el imperativo categórico, que nos ordena
no hacer a otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros, lo que vuelve
posible la coexistencia pacífica. Ese criterio fue adoptado por
la Constitución estadounidense, que sitúa las libertades
y derechos fundamentales sobre toda legislación.