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Leyre Ventas
El
Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Frío, pero en las manos, sudor
de 40 grados al sol, y hormigas trepando la columna vertebral mientras
los pies se anclan al piso.
Un sólo mensaje en mente: huye. Todo por un milimétrico
y oscuro insecto.
Ana no puede compartir estancia con una araña desde que, hace ya
más de 20 años, una tuvo la osadía de acercarse más
de la cuenta y posarse en su cuello.
Era rayada, amarillo con negro, no más grande que medio palmo.
Fue en vacaciones de verano.
La familia había planeado una jornada en el río y la entonces
niña caminaba entre la vegetación del trayecto.
No te movás, dijo su padre. Es difícil que una
niña de 5 años se quede quieta. La madre sólo acertó
a gritar mientras el animal se aferraba con fuerza a la piel infantil.
Cundió la histeria. Tras varios intentos con diferentes técnicas,
la araña se desprendió por un certero manotazo. Papá
le salvó.
El 90% de las fobias es a animales: insectos, ratones, culebras,
afirma la psiquiatra Claudina Padilla de Campos.
Animales que, además de en el campo, se encuentran con frecuencia
en entornos urbanos. Igualmente comunes son el miedo a las alturas (aceofobia),
a la oscuridad y a los lugares encerrados (claustrofobia).
Los profesionales definen las fobias como trastornos emocionales encuadrados
dentro de los trastornos de ansiedad. La irracionalidad es el concepto
clave.
A diferencia de otro tipo de desórdenes, tales como la paranoia,
el individuo está plenamente consciente de lo absurdo de su miedo.
Sabe que está ahí, pero no lo puede controlar,
aclara la doctora.
La angustia y la ansiedad no se alivian por saber que otras personas no
consideran peligroso o amenazante dicho objeto o situación, o que
el temor resulta desproporcionado.
El combate
El caso de Ana no es extraordinario. Todas las fobias tienen en común
un evento desencadenante, un trauma temprano, llamado extresor, como el
ataque de un saltamontes, por ejemplo.
Así nació el miedo desmedido de Manuel. El padre de Ana
se estremece cada vez que recuerda el día en que se encontró
encerrado con una bandada de verdes insectos saltadores.
La palidez, sudoración, taquicardia, ganas de evacuar, tartamudez
siguen al primer síntoma fóbico.
Pero las fobias poco tienen de genético o de aprendizaje cultural.
Quienes sufren miedos reconocen que éstos fueron transmitidos
por sus padres, explica Padilla.
De esta manera, los temores son más fáciles de superar.
Se racionalizan las reacciones y se llegan a controlar.
Es éste el proceso que debe seguir quien quiera superar su fobia:
buscar la raíz, racionalizar y controlar. Padilla somete a sus
pacientes a una psicoterapia combinada con antidepresivos.
Los expone gradualmente a lo que les asusta hasta que el miedo comienza
a desaparecer. Hay hasta quienes muestran síntomas de terror
con sólo ver la fotografía del objeto fóbico,
relata la psiquiatra.
Ana nunca recibió terapia ni tratamiento. Un gran esfuerzo de autocontrol
le permite soportar ver a una araña pequeña, siempre
que no tenga pelos, claro. La camisa sin mangas le delata. Sólo
de recordar, se le erizó la piel.
Las fobias más inverosímiles
Caligynefobia: miedo a las mujeres hermosas.
Chrometofobia: miedo al dinero.
Cibofobia: miedo al alimento.
Dipsofobia: miedo a beber.
Eosofobia: miedo al amanecer.
Epistemofobia: miedo al conocimiento.
Genufobia: miedo a las rodillas.
Hedonofobia: miedo a la sensación de placer.
Hippopotomonstrosesquippedaliofobia: miedo a las palabras largas.
Levofobia: miedo a las cosas del lado izquierdo del cuerpo.
Nomatofobia: miedo a los nombres.
Numerofobia: miedo a los números.
Panofobia: miedo a todo.
Papyrofobia: miedo al papel.
Patroiofobia: miedo a la herencia.
Pentherafobia: miedo a la suegra.
Phagofobia: miedo a tragar.
Thaasofobia: miedo a sentarse.
Fuente: www.psicologiapopular.com/fobias.htm

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