Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
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Llevo poco tiempo de haber
vuelto al país después de un prolongando viaje de estudios
y puedo afirmar que la actual realidad salvadoreña me ha impresionado
grandemente. El auge comercial de varias empresas nacionales y extranjeras
me resulta sumamente revelador.
De hecho, a mi modo de ver, la proliferación de restaurantes y
centros comerciales en la periferia de la capital refleja un raro y curioso
síntoma de consumitis en una población duramente
acosada por el alto costo de la vida.
Han pasado varios meses desde mi anterior viaje y ahora que estoy de vuelta,
en un abrir y cerrar de ojos, he descubierto un sinfín de nuevas
construcciones que no dejan de pasmarme. No puedo ocultar que me halaga
verle otra cara al país después de aquellos terribles terremotos
de 2001, que tanta tristeza y destrucción nos dejaron. De igual
modo, me ha alegrado encontrarme con esas nuevas carreteras que rebosan
de amplitud, comodidad y oportunas conexiones.
Lo mismo podría decir de otras cosas con las que me encontrado
en este breve tiempo de contacto con la realidad nacional y que benefician
considerablemente a un importante sector de la población. Obviamente,
es una buena noticia que el país cuente con nuevas infraestructuras
de comunicación, grandes superficies comerciales y una variedad
de servicios vinculados con la telecomunicación. Sin embargo, es
imposible tapar el sol con un dedo y concebir ese cambio de fisonomía
como el arquetipo de la situación económica nacional.
El hecho real es que la vida en el país está cada vez más
cara y que los sueldos de la mayoría no alcanzan a cubrir los ingentes
gastos cotidianos. No nos demos a engaño, vivir en El Salvador
se ha convertido en una verdadera proeza para muchos compatriotas que
perciben un ingreso igual o menor al salario mínimo. Con el agravante
adicional de que hay miles de salvadoreños en el sector informal
o en condición de desempleo a los que se les hace aún más
complicada una digna supervivencia en su querido terruño.
Sumado a lo anterior, nos encontramos con la carestía que ha provocado
el redondeo en el mercado y el aumento del precio de la gasolina. A estas
alturas del partido, nadie puede negar que la tan traída y llevada
dolarización ha provocado una dinámica inflacionaria que
sigue golpeando duramente a una inmensa cantidad de personas de diversa
condición social.
En este caso, pienso concretamente en los empleados de fábricas,
maquilas, tiendas y otros comercios del Gran San Salvador. Muchos de ellos
viven en sitios alejados de sus lugares de trabajo, digamos en Soyapango
y alrededores, lo que implica que se gastan la mitad del sueldo diario
en medios de transporte y comida. Y me pregunto, ¿cómo alcanza
a sobrevivir esta gente con medios tan escasos?, ¿cómo logra
pagar casa, comida, luz, agua, teléfono, escuela, diversión
con los centavitos que les sobran? Sólo hay una respuesta posible:
las remesas mensuales de sus familiares en Estados Unidos.
Al respecto, es interesante observar cómo las clases media-baja
y baja de la población constituyen casi la cuarta parte de los
consumidores, que durante cada fin de semana se gastan la friolera de
treinta y pico de millones de dólares en comida rápida y
diversión. Dato nada despreciable para pizzerías, pupuserías
y restaurantes que venden pollo frito y rostizado en toda la república.
De igual modo, este grupo social ocupa buena parte del millonario pastel
de clientes de telefonía móvil y de llamadas de larga distancia
internacional.
Esto significa que ese dinerito que les viene del Norte a cada familia
les dura poco en sus bolsillos, y lo que alcanzan a comprar con el remanente
se les esfuma pronto de su boca y de su estómago. Qué lástima
que la mayor parte del dinero de las remesas sólo sirva para el
consumo de bienes y servicios perecederos y muy poco para la inversión
en bienes inmuebles o para el ahorro.
Cuánto cambiaría la historia de nuestro país si se
orientara una parte de ese flujo de divisas en aspectos productivos o
en fuente de financiamiento de micro empresas dedicadas a la creación
de bienes y servicios.
Lo digo alto y claro, la solución económica de este país
pasa por potenciar el espíritu emprendedor y trabajador de los
salvadoreños. Es una dinámica interesante que acelera la
productividad de una nación, crea empleos y facilita la interacción
entre clientes, proveedores, acreedores y resto de sociedad civil. Además,
otro aspecto importante que redunda en nuestro beneficio es el pago puntual
de los impuestos.
Salta a la vista que es necesario que todos mejoremos nuestra disciplina
fiscal. En este caso, tiene mucho que ver la conciencia social de aquellas
empresas, grandes y medianas, que evaden impuestos por regla general y,
también, la del pequeño comerciante que no se da por aludido
a la hora de declarar.
En este sentido, el esfuerzo gubernamental debe ir encaminado a mejorar
los cauces que faciliten la recaudación fiscal, impedir gastos
innecesarios en actividades extraordinarias, reducir el tamaño
excesivo del aparato estatal y orientar más recursos en medios
de formación técnica y profesional.
En efecto, sólo a través de la especialización tecnológica,
del desarrollo de una cultura de respeto a las leyes y un renovado proyecto
de creación de empleos nos permitirá convertir a El Salvador
en un país de oportunidades para todos.
*Doctor en Comunicación Pública.