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Tomando la palabra
País de oportunidades

Sólo la especialización tecnológica, el desarrollo de una cultura de respeto a las leyes y un renovado proyecto de creación de empleos nos permitirá convertir a El Salvador en un país de oportunidades para todos

Publicada 11 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Llevo poco tiempo de haber vuelto al país después de un prolongando viaje de estudios y puedo afirmar que la actual realidad salvadoreña me ha impresionado grandemente. El auge comercial de varias empresas nacionales y extranjeras me resulta sumamente revelador.

De hecho, a mi modo de ver, la proliferación de restaurantes y centros comerciales en la periferia de la capital refleja un raro y curioso síntoma de “consumitis” en una población duramente acosada por el alto costo de la vida.

Han pasado varios meses desde mi anterior viaje y ahora que estoy de vuelta, en un abrir y cerrar de ojos, he descubierto un sinfín de nuevas construcciones que no dejan de pasmarme. No puedo ocultar que me halaga verle otra cara al país después de aquellos terribles terremotos de 2001, que tanta tristeza y destrucción nos dejaron. De igual modo, me ha alegrado encontrarme con esas nuevas carreteras que rebosan de amplitud, comodidad y oportunas conexiones.

Lo mismo podría decir de otras cosas con las que me encontrado en este breve tiempo de contacto con la realidad nacional y que benefician considerablemente a un importante sector de la población. Obviamente, es una buena noticia que el país cuente con nuevas infraestructuras de comunicación, grandes superficies comerciales y una variedad de servicios vinculados con la telecomunicación. Sin embargo, es imposible tapar el sol con un dedo y concebir ese cambio de fisonomía como el arquetipo de la situación económica nacional.

El hecho real es que la vida en el país está cada vez más cara y que los sueldos de la mayoría no alcanzan a cubrir los ingentes gastos cotidianos. No nos demos a engaño, vivir en El Salvador se ha convertido en una verdadera proeza para muchos compatriotas que perciben un ingreso igual o menor al salario mínimo. Con el agravante adicional de que hay miles de salvadoreños en el sector informal o en condición de desempleo a los que se les hace aún más complicada una digna supervivencia en su querido terruño.

Sumado a lo anterior, nos encontramos con la carestía que ha provocado el redondeo en el mercado y el aumento del precio de la gasolina. A estas alturas del partido, nadie puede negar que la tan traída y llevada dolarización ha provocado una dinámica inflacionaria que sigue golpeando duramente a una inmensa cantidad de personas de diversa condición social.

En este caso, pienso concretamente en los empleados de fábricas, maquilas, tiendas y otros comercios del Gran San Salvador. Muchos de ellos viven en sitios alejados de sus lugares de trabajo, digamos en Soyapango y alrededores, lo que implica que se gastan la mitad del sueldo diario en medios de transporte y comida. Y me pregunto, ¿cómo alcanza a sobrevivir esta gente con medios tan escasos?, ¿cómo logra pagar casa, comida, luz, agua, teléfono, escuela, diversión con los centavitos que les sobran? Sólo hay una respuesta posible: las remesas mensuales de sus familiares en Estados Unidos.

Al respecto, es interesante observar cómo las clases media-baja y baja de la población constituyen casi la cuarta parte de los consumidores, que durante cada fin de semana se gastan la friolera de treinta y pico de millones de dólares en comida rápida y diversión. Dato nada despreciable para pizzerías, pupuserías y restaurantes que venden pollo frito y rostizado en toda la república. De igual modo, este grupo social ocupa buena parte del millonario pastel de clientes de telefonía móvil y de llamadas de larga distancia internacional.

Esto significa que ese dinerito que les viene del Norte a cada familia les dura poco en sus bolsillos, y lo que alcanzan a comprar con el remanente se les esfuma pronto de su boca y de su estómago. Qué lástima que la mayor parte del dinero de las remesas sólo sirva para el consumo de bienes y servicios perecederos y muy poco para la inversión en bienes inmuebles o para el ahorro.

Cuánto cambiaría la historia de nuestro país si se orientara una parte de ese flujo de divisas en aspectos productivos o en fuente de financiamiento de micro empresas dedicadas a la creación de bienes y servicios.

Lo digo alto y claro, la solución económica de este país pasa por potenciar el espíritu emprendedor y trabajador de los salvadoreños. Es una dinámica interesante que acelera la productividad de una nación, crea empleos y facilita la interacción entre clientes, proveedores, acreedores y resto de sociedad civil. Además, otro aspecto importante que redunda en nuestro beneficio es el pago puntual de los impuestos.

Salta a la vista que es necesario que todos mejoremos nuestra disciplina fiscal. En este caso, tiene mucho que ver la conciencia social de aquellas empresas, grandes y medianas, que evaden impuestos por regla general y, también, la del pequeño comerciante que no se da por aludido a la hora de declarar.

En este sentido, el esfuerzo gubernamental debe ir encaminado a mejorar los cauces que faciliten la recaudación fiscal, impedir gastos innecesarios en actividades extraordinarias, reducir el tamaño excesivo del aparato estatal y orientar más recursos en medios de formación técnica y profesional.

En efecto, sólo a través de la especialización tecnológica, del desarrollo de una cultura de respeto a las leyes y un renovado proyecto de creación de empleos nos permitirá convertir a El Salvador en un país de oportunidades para todos.

*Doctor en Comunicación Pública.


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