Carlos Balaguer*
El Diario de Hoy
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Así
nombraba a la primera Venus; a la otra, Cirio; a la tercera, Luna; a la
siguiente, Lucero del amanecer; a la quinta, Estrellita del Norte; a la
sexta, Cometa. A los deseos y a las cabras que perdía les llamaba
Ajenjo, que es el nombre con que se conoce la estrella de la tristeza.
Así pasó nombrando toda la vida a las estrellas del cielo
para no olvidar el nombre de sus rumiantes. El nombre de sus cabrillas,
que era el mismo nombre de sus sueños. Al final de la tarde reunía
al rebaño como reuniendo sus quimeras y en las últimas
luces del atardecer aparecían en el cielo Las Siete Cabritas titilantes
de su anchuroso sueño.
Porque si las cabras eran sus sueños, era que el pastorcito vivía
soñando la vida. Y como los sueños son delirio, aunque sean
felices, empezó a perder más de alguna cabra del rebaño.
Cuando las ceajas parían, era su mismo corazón que estaba
naciendo sueños en la tierra.
Cuando llegue la noche allá en la cumbre, oiré de nuevo
a mi padre contarme la historia del ignorante pastor que nombraba a diario
los astros lejanos de su delirio. Tal vez papá sin darse
cuenta me contaba su misma historia y la historia del abuelo navegante
que llegó al puerto de La Unión en un barco holandés.
(pintorbalaguer@hotmail.com)
Día a Día
El consumo
Lo que proponen los autoproclamados defensores del consumidor,
es muy simple: cambiar el sistema económico, arrasar con todo lo
que aquí existe en materia de producción.
Para que no haya injusticia ni atropellos a los consumidores, lo propio
(obviamente lo piensan) es reducir el consumo a lo esencial para el mantenimiento
del cuerpo, como en Cuba y Corea del Norte; si se quiere cambiar
el sistema económico es forzoso adoptar la única otra
alternativa, que es la regimentación donde a cada súbdito
se le asigna su tarjeta de racionamiento.