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Desde Washington
“Estamos furiosos como el diablo”

Aunque muy poco hallé que me dijera si los estadounidenses están hoy más molestos que nunca antes, es mucho lo que se ha escrito sobre el tema de la felicidad y la satisfacción en el mundo.

Publicada 10 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Mi vida de “madre soltera” acabó poco antes del mediodía del pasado jueves, lo cual me vino bien, ya que no soy ni madre ni soltera.

Mi esposo estaba de viaje y la hija de 13 años de mi prima estaba ya viajando de regreso a Colombia después de pasar seis semanas acá.

Entonces, cuando volví a pasar por donde estuvimos en el aeropuerto, pensé acerca de sus últimas impresiones sobre Estados Unidos.

Me había dicho que le parecía que todos estaban molestos. Como la representante de la aerolínea que nos regañó cuando en un principio le dimos un documento de más. Como la persona que nos vendió un jugo y se molestó cuando no nos retiramos suficientemente rápido para darle paso a otro cliente.

Como el mesero de un restaurante que era eficiente y veloz, pero furioso —tanto que apuesto a que la gente le dio propina por puro temor a su reacción si no lo hacían.

Por razones obvias, trabajar en aeropuertos tiene que ser estresante y tal vez nuestra experiencia pudo ser una extraña coincidencia en la tradicionalmente cortés ciudad de Washington. Pero cierta ansiedad y perturbación parece haberse adueñado acá de personas normalmente agradables. Demasiados se comportan con hostilidad cuando la paciencia sería más apropiada.

Según muchas encuestas, los estadounidenses dicen estar molestos por Iraq, molestos por los salarios y los escándalos en grandes corporaciones, molestos con ambos partidos.

Están frustrados con la prensa, preocupados con los costos de las medicinas y asustados con la erosión de la privacidad. Eso es demasiado por lo cual estar preocupado —incluso entre estadounidenses acostumbrados a vivir en abundancia.

Varios sicólogos y científicos políticos con los que he hablado sugieren que los políticos no están ayudando a mitigar la situación.

Con gente ansiosa a ambos lados del espectro político, los políticos dirigen dichas angustias contra el lado contrario y utilizan su condición no para la reconciliación, sino para agitar las masas y convertir la ansiedad personal en enojo público.

John Kerry, al aceptar la nominación del Partido Demócrata para la presidencia, se refirió a la “enojada división” que tanto él como el Presidente Bush debieran procurar evitar durante las semanas que quedan de campaña.

Pero ese llamado, y sobre todo el optimismo que la Convención Demócrata Nacional transmitió a través de los medios de información, pareció un barniz sobre esa frustración que los políticos saben que necesitan para llevar a los votantes a las urnas.

“Estamos furiosos como el diablo”, fue el grito de combate que el representante Charles Rangel, de Nueva York, repitió frenéticamente en su discurso durante la convención demócrata. También está la consigna de guerra de clases del compañero de fórmula de Kerry, John Edwards, acerca de los dos Estados Unidos: uno rico y otro colmado de privaciones.

Aunque muy poco hallé que me dijera si los estadounidenses están hoy más molestos que nunca antes, es mucho lo que se ha escrito sobre el tema de la felicidad y la satisfacción en el mundo.

Curiosamente, índices como la Encuesta de Valores Mundiales a menudo clasifican a países como México, Colombia y El Salvador entre los más felices y satisfechos con la vida, mientras que Estados Unidos y otras naciones industrializadas quedan por debajo a pesar de su muy superior desarrollo económico y su mayor riqueza nacional e individual.

El promedio entre los países latinoamericanos encuestados es, de hecho, más elevado que el promedio entre los países industrializados en términos de felicidad y satisfacción. En lo que se llama la clasificación de “bienestar subjetivo”, la Encuesta de Valores Mundiales le pregunta a los entrevistados, por ejemplo, qué tan satisfechos están con su trabajo, con la situación financiera de su hogar, si piensan en la muerte o cuánto confían en el Gobierno.

Aunque el índice parece sugerir la noción revolucionaria de que el dinero no compra la felicidad, también sugiere que un aprecio más profundo dentro de un país o una cultura por valores no materiales —tiempo con la familia, amor por la naturaleza, sentido de comunidad— es necesario para cambiar el juicio de satisfacción en las personas. En países como Colombia, tal vez 40 años de conflicto interno han hecho que sus ciudadanos alteren su concepto sobre lo que es valioso.

Tristemente, el tipo de debate sobre valores que está ocurriendo acá se centra más en consideraciones conflictivas que en lo esencial. El esfuerzo del Presidente Bush a favor de una enmienda constitucional para prohibir los matrimonios entre homosexuales ha provocado tal vez el debate más acalorado.

Como lo expuso el director de la Encuesta de Valores Mundiales, Ronald Inglehart, de la Universidad de Michigan, este tipo de debate de valores lleva a nuevas “divisiones sociales profundas” por fraccionar a la sociedad entre buenos y malos.

Un debate de valores con intenciones políticas puede resultar productivo en un año electoral, pero no es constructivo a largo plazo. Es más probable que lleve a nuevos enfrentamientos e irritaciones, y a que las personas, a su turno, se sientan menos contentas en su vida diaria.

*Columnista del Washington Post.

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