El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Los directores del Hospital Bloom fundado hace
más de sesenta años por don Benjamín, el banquero
señalan el preocupante incremento en los casos de desnutrición
infantil, problema que afecta a tantos niños en el país.
Procedentes de muchos lugares y hasta de zonas urbanas, las criaturas
sufren de raquitismo, inflamación de sus vientres, descoloramiento
del pelo y profunda tristeza.
¿Cuáles son las causas de esta tragedia? Al examinar la
cuestión se debe partir de una realidad estremecedora: todos los
pueblos, en todos los continentes, nacen bajo el acoso implacable del
hambre.
Es sólo en la medida en que se organizan para producir, adoptan
modos de vida racionales y se someten a un régimen de leyes, que
pueden vencer al hambre.
Muchas veces hemos recordado que países que son hoy la envidia
del mundo, como Noruega, Bélgica y España, padecieron de
hambre hace menos de un siglo, como se describe en la novela Pan
(o Hambre) de Hamsun; una tía nuestra compró
un libro usado en un anticuario de Bruselas, en el que más tarde
encontró, entre sus hojas, viejas cartas con el desesperado testimonio
de su anterior dueño, en las que describe el fuego que el hambre
prendía en sus entrañas.
Hay hambre y desnutrición en El Salvador, pero los hay primordialmente
por el abandono que los padres hacen de sus hijos, como por la devastación
causada por la guerra y por la reforma agraria. Los salvadoreños
ganaban más (en términos reales) antes de 1978, de lo que
ganan ahora.
Sus posibilidades de conseguir buen trabajo, de recibir atención
médica, de vivir más tiempo, de estar más seguros
y felices, eran superiores a lo que son ahora. Y, de haber continuado
el ritmo de crecimiento que se tenía entonces, los salvadoreños
tendríamos un nivel igual a Grecia.
Podemos agradecer a los liberadores y reformadores (efemelenistas,
carteristas y duartistas) las lacras que padecemos hoy en día.
Sin embargo no se trata de derramar lágrimas por lo que era nuestro
destino, sino de retomarlo, de corregir los colosales errores cometidos
y ponernos a trabajar con eficiencia.
Mucha desnutrición es culpa del abandono
Una de las causas primordialmente de la desnutrición de innumerables
niños, como decimos, se origina del abandono en que quedan al largarse
el padre, o no reconocer éste sus obligaciones. En las zonas rurales
son muy pocas las oportunidades de presionar a esos padres para que cumplan
con sus deberes.
Pero tan pronto se incorporan a la producción organizada, la que
se basa en el empleo de capital, la posibilidad de regular las relaciones
entre padres e hijos se incrementa. En Costa Rica, nos dice Lafitte Fernández,
no se pueden sacar documentos de identidad, pasaportes, licencias para
conducir o efectuar trámites en oficinas de gobierno, si se tienen
demandas incumplidas por sostenimiento de hijos. Igual norma se debería
aplicar en cuanto a conseguir créditos para siembras, obtener subsidios,
incorporarse a programas sociales, o sacar una vivienda.
Cuidar a los niños debe ser una prioridad personal, familiar, comunitaria,
citadina y nacional. Los programas de escuelas saludables
lograron mejorar la asistencia escolar y reducir la desnutrición.
Pero con los terremotos, la sequía, las dificultades económicas
mundiales y la nefasta herencia del esquema reformista impuesto en 1980,
el trabajo escasea en el campo y son pobres las cosechas. Esa excusa,
sin embargo, no la tienen los padres de las zonas urbanas.