Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy
pintorbalaguer@hotmail.com
Un pito de barro con forma
de perico barrigón es lo único que recuerdo de mis primeras
fiestas de agosto.
Habíamos ido con mis padres al campo de la feria. La primera parada,
la de cajón, solía ser comprar dulces típicos donde
las bigotonas. Justo ahí, en un estante de madera, se erguía
aquel pito.
El colón que me había regalado mi abuela, pronto encontró
destino. Por cierto, ahora me hace gracia recordar que al pagar con aquel
billete anaranjado y obtener un tanatal de monedas, pensé que había
hecho el negocio de mi vida.
Esto habrá ocurrido allá por 1964. El campo de la feria
estaba en La Campana (donde ahora se alzan las torres de Telefónica
y Telemóvil).
Mi viejo, que era patechucho y comelón, no se perdía una
feria de agosto. La feria decía es parte de la
tradición. Y él, con esas cosas no jugaba, sobre todo,
con la parte gastronómica de la cuestión.
Por eso es que las bigotonas adoraban al Chiricayo. Porque a parte de
carcajearse con él, les hacía su agosto.
El inmenso tupperware que llevaba mi madre solía irse
lleno de alfajores, tartaritas, dulces de leche con almendra y zapote
con leche, mazapanes, cocadas, tamarindos y nances azucarados.
Demás está decir que en aquellas idas a la feria aprendimos
a comer de todo claro, antes un elote loco rara vez te despachaba
al hospital, y a montarnos en cualquier aparatejo que diera vueltas,
girara, zumbara o echara luces.
El 6 de agosto, que era el santo de uno de mis hermanos y día del
Salvador del Mundo, fue siempre un día esperado. Una comida sencilla,
pero preparada con especial cariño por mi madre, era todo lo que
necesitábamos para celebrar al patrono de la capital.
La sobremesa solía ser el marco ideal para que mi padre nos contara
¡como todos los años! de cuando él había
presenciado el incendio de la antigua Catedral. Y nos hablaba de la Bajada,
del Santo Patrono, y de lo orgullosos que debíamos sentirnos por
ser hijos de esta tierra que lleva el nombre del Divino Salvador del Mundo.
El tiempo pasó, y ya antes de la adolescencia, primos y amigos
éramos unos auténticos expertos en asuntos feriales.
Jamás olvidaré la primera vez que fuimos solos. Pasamos
la tarde entera yendo y viniendo entre el Pulpo, las Conchas, el Zapato,
el Zipper, la Chicago, las Sillas voladoras, etcétera.
La vuelta costaba peseta, y de lo que nos daban, todavía sobraba
para una Uva Tropical y un diezón de churros españoles.
Cuando movieron el campo de la feria a Don Rúa, nosotros transitábamos
a la adolescencia. Y entonces, subirnos solos a las ruedas dejó
de tener gracia. Fue cuando comenzamos a socar para que los acomodadores
del Playland Park nos hicieran coincidir con aquel nuevo y maravilloso
hallazgo que recién empezábamos a descubrir: las bichas.
Por esa época, también apareció la malicia. Los tres
canutos que teníamos en la barbilla, los 0.10 ctvs. de Delta que
comprábamos de escondidas y la ensayada cara de bicho grande que
poníamos, eran suficientes para colarnos en las funciones vespertinas
de Chocolate ¡del gran Chocolate! a escuchar sus famosos
clasificados, sus piropos a las beldades del circo y las leperadas
que les soltaba a los que le chiflaban la vieja desde galería.
Aquello era todo un verso.
La última vez que visité un campo de la feria habrá
sido allá por mediados de los ochenta. Fuimos con mi mujer y mi
hija entonces de un par de años para continuar con
esa tradición que habíamos heredado de nuestros padres y
que, año con año, solíamos reeditar con la cherada.
Fuimos y nos devolvimos a la media hora. Aquello ya era otro planeta.
La verdad, no sé cómo será ahora, de lo que sí
estoy seguro es de que los recuerdos de las ferias agostinas de mi juventud
son parte de mi arraigo por esta tierra, por nuestra cultura y por esa
salvadoreñidad de la que siempre me he sentido orgulloso.
*Columnista de El Diario de Hoy.