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Sentido común
Aquellos agostos

La sobremesa solía ser el marco ideal para que mi padre nos contara —¡como todos los años!— de cuando él había presenciado el incendio de la antigua Catedral. Y nos hablaba de la Bajada.

Publicada 3 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy

pintorbalaguer@hotmail.com

Un pito de barro con forma de perico barrigón es lo único que recuerdo de mis primeras fiestas de agosto.

Habíamos ido con mis padres al campo de la feria. La primera parada, la de cajón, solía ser comprar dulces típicos donde las bigotonas. Justo ahí, en un estante de madera, se erguía aquel pito.

El colón que me había regalado mi abuela, pronto encontró destino. Por cierto, ahora me hace gracia recordar que al pagar con aquel billete anaranjado y obtener un tanatal de monedas, pensé que había hecho el negocio de mi vida.

Esto habrá ocurrido allá por 1964. El campo de la feria estaba en La Campana (donde ahora se alzan las torres de Telefónica y Telemóvil).

Mi viejo, que era patechucho y comelón, no se perdía una feria de agosto. “La feria —decía— es parte de la tradición”. Y él, con esas cosas no jugaba, sobre todo, con la parte gastronómica de la cuestión.

Por eso es que las bigotonas adoraban al Chiricayo. Porque a parte de carcajearse con él, les hacía su agosto.

El inmenso “tupperware” que llevaba mi madre solía irse lleno de alfajores, tartaritas, dulces de leche con almendra y zapote con leche, mazapanes, cocadas, tamarindos y nances azucarados.

Demás está decir que en aquellas idas a la feria aprendimos a comer de todo —claro, antes un elote loco rara vez te despachaba al hospital—, y a montarnos en cualquier aparatejo que diera vueltas, girara, zumbara o echara luces.

El 6 de agosto, que era el santo de uno de mis hermanos y día del Salvador del Mundo, fue siempre un día esperado. Una comida sencilla, pero preparada con especial cariño por mi madre, era todo lo que necesitábamos para celebrar al patrono de la capital.

La sobremesa solía ser el marco ideal para que mi padre nos contara —¡como todos los años!— de cuando él había presenciado el incendio de la antigua Catedral. Y nos hablaba de la Bajada, del Santo Patrono, y de lo orgullosos que debíamos sentirnos por ser hijos de esta tierra que lleva el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El tiempo pasó, y ya antes de la adolescencia, primos y amigos éramos unos auténticos expertos en asuntos feriales.

Jamás olvidaré la primera vez que fuimos solos. Pasamos la tarde entera yendo y viniendo entre el Pulpo, las Conchas, el Zapato, el Zipper, la Chicago, las Sillas voladoras, etcétera.

La vuelta costaba peseta, y de lo que nos daban, todavía sobraba para una Uva Tropical y un diezón de churros españoles.

Cuando movieron el campo de la feria a Don Rúa, nosotros transitábamos a la adolescencia. Y entonces, subirnos solos a las ruedas dejó de tener gracia. Fue cuando comenzamos a socar para que los acomodadores del Playland Park nos hicieran coincidir con aquel nuevo y maravilloso hallazgo que recién empezábamos a descubrir: las bichas.

Por esa época, también apareció la malicia. Los tres canutos que teníamos en la barbilla, los 0.10 ctvs. de Delta que comprábamos de escondidas y la ensayada cara de bicho grande que poníamos, eran suficientes para colarnos en las funciones vespertinas de Chocolate —¡del gran Chocolate!— a escuchar sus famosos “clasificados”, sus piropos a las beldades del circo y las leperadas que les soltaba a los que le chiflaban “la vieja” desde galería. Aquello era todo un verso.

La última vez que visité un campo de la feria habrá sido allá por mediados de los ochenta. Fuimos con mi mujer y mi hija —entonces de un par de años— para continuar con esa tradición que habíamos heredado de nuestros padres y que, año con año, solíamos reeditar con la cherada.

Fuimos y nos devolvimos a la media hora. Aquello ya era otro planeta. La verdad, no sé cómo será ahora, de lo que sí estoy seguro es de que los recuerdos de las ferias agostinas de mi juventud son parte de mi arraigo por esta tierra, por nuestra cultura y por esa salvadoreñidad de la que siempre me he sentido orgulloso.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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