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Estaba muy gordito

!Que pena¡ Para mí que lo mató el exceso de colesterol y triglicéridos.

Publicada 1 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Por Lito Montalvo
El Diario de Hoy

donlito@yahoo.com

Lo conocí hace dieciocho años, exactamente el once de octubre, un día después del terremoto. Si bien es cierto que no se le cayó la casa, sí se desplomó el muro de su loar y como era lógico la curiosidad lo llevó a salir e investigar fuera de su recinto.

Todo el mundo estaba preocupado tratando de encontrar a sus seres queridos, restaurar la luz eléctrica, el agua, abrir calles y recuperar a los muertos.

Hace dieciocho años, me dedicaba a escribir reportajes y el terremoto del diez de octubre de mil novecientos ochenta y seis me dio la oportunidad de contarles a ustedes espeluznantes acontecimientos como entrar al sótano del edificio Rubén Darío, que se había desplomado.
O el de las dos chiquillas del Nuevo Liceo Centroamericano que esa mañana en lugar de ir a clases se habían ido a vagar al Teleférico y que a la hora del movimiento telúrico estaban en una góndola que se quedó a medio camino, pero donde pudieron ver desde lo alto como se mecía el Valle de las Hamacas.

Hay otros episodios más que no bien recuerdo, pues en esa época no tenía computador y tampoco archivo de lo que escribía como lo tengo ahora gracias a la tecnología.

Pero volviendo al gordito que ahora lamentamos su partida, no sé qué instinto de periodista o de metido me llevó a pensar qué le había pasado a los vecinos de la Colonia Modelo.
Fue por eso que al día siguiente, con mi inseparable amiga, mi cámara, me fui al Parque zoológico.

Si bien el portón estaba cerrado, no fue difícil franquear la entrada pues por el único lugar que no se podía entrar era por la puerta principal.

Cargué mi cámara dispuesta a disparar en cualquier instante, pero inmediatamente me di cuenta que si bien la cámara dispara, no es una arma de defensa y debo admitir que me dio miedo encontrarme con una fiera que anduviera suelta.

El Parque Zoológico estaba casi desierto de personas, me imagino que no muchos llegaron a trabajar después de un terremoto; sin embargo, me topé con dos empleados que no me conminaron a salir del recinto, sino que me contaron de que gracias a Dios las fieras no se habían salido pero que los inquilinos, en especial los de la isla –los micos- estaban bastante nerviosos, aunque también les preocupaba la desaparición de Alfredito.
Para esa época no sabía que ese era el nombre del joven hipopótamo de diez años de edad.

Después de enterarme quien era Alfredito, nos fuimos a su jaula que estaba en la parte trasera de la escuela república de Brasil, y en realidad estaba vacía, por lo cual seguimos el proceso de buscarlo, sin tener la más mínima idea de que si era peligroso.

No tardamos mucho en encontrarlo, estaba en la escuela, en la cual su único alumno era Alfredito, que trataba de esconderse, sin lograrlo detrás de un poste.

Lo identificamos pues sus pequeñas orejas sobresalían del poste en forma de agarraderos, además porque el cipote gordo de diez años había ido a clases, sin ser matriculado antes y lo peor del caso, no llevaba el uniforme.

No estaba nervioso como estábamos nosotros, pues no creo que ninguno se hubiera atrevido a tomarlo de la oreja y devolverlo a su jaula, pero algo había que hacer.
Recuerdo que uno de los trabajadores del parque sugirió ir por una cuerda, pero hubiéramos necesitado una grúa para jalarlo, así que el otro muchacho corrió a traer un manojo de zanahorias.

Bien recuerdo que las tres toneladas de carne con sus ojos saltones vio su alimento preferido pues movió sus orejitas, chiquitas si se comparan con el resto del cuerpo y salió de su escondite como cipote avergonzado de haberse ido a vagar en un día de clases, y es que Alfredito, para esa época estaba cipote y seguro estoy que le hacía falta su estanque y su comida.

Mansamente regresó, yo lo seguía detrás con ganas de darle una palmadita en su hermoso trasero, pero no me atreví a hacerlo. Su cola, también pequeña se movía, no como la de un chucho, sino en forma rotativa, como una hélice, que es la que le sirve para esparcir el excremento en los ríos.

Taparon temporalmente el muro y Alfredito se quedó por otros dieciocho años más, para alegría de muchos que lo visitaban regularmente. Debo admitir que nunca más lo volví a ver, pero ahora lamento que su gordura y su voraz apetito lo hayan llevado a la muerte, pues por tragarse una manzana entera se le tapó el intestino, bueno, no es la primera vez que se le echa la culpa a la manzana. Pero... en lugar de llorar y hablar y decir, mejor hagamos la cabuda y mandemos a traer otro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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