Por Lito Montalvo
El Diario de Hoy
donlito@yahoo.com
Lo conocí hace
dieciocho años, exactamente el once de octubre, un día después
del terremoto. Si bien es cierto que no se le cayó la casa, sí
se desplomó el muro de su loar y como era lógico la curiosidad
lo llevó a salir e investigar fuera de su recinto.
Todo el mundo estaba preocupado tratando de encontrar a sus seres queridos,
restaurar la luz eléctrica, el agua, abrir calles y recuperar a
los muertos.
Hace dieciocho años, me dedicaba a escribir reportajes y el terremoto
del diez de octubre de mil novecientos ochenta y seis me dio la oportunidad
de contarles a ustedes espeluznantes acontecimientos como entrar al sótano
del edificio Rubén Darío, que se había desplomado.
O el de las dos chiquillas del Nuevo Liceo Centroamericano que esa mañana
en lugar de ir a clases se habían ido a vagar al Teleférico
y que a la hora del movimiento telúrico estaban en una góndola
que se quedó a medio camino, pero donde pudieron ver desde lo alto
como se mecía el Valle de las Hamacas.
Hay otros episodios más que no bien recuerdo, pues en esa época
no tenía computador y tampoco archivo de lo que escribía
como lo tengo ahora gracias a la tecnología.
Pero volviendo al gordito que ahora lamentamos su partida, no sé
qué instinto de periodista o de metido me llevó a pensar
qué le había pasado a los vecinos de la Colonia Modelo.
Fue por eso que al día siguiente, con mi inseparable amiga, mi
cámara, me fui al Parque zoológico.
Si bien el portón estaba cerrado, no fue difícil franquear
la entrada pues por el único lugar que no se podía entrar
era por la puerta principal.
Cargué mi cámara dispuesta a disparar en cualquier instante,
pero inmediatamente me di cuenta que si bien la cámara dispara,
no es una arma de defensa y debo admitir que me dio miedo encontrarme
con una fiera que anduviera suelta.
El Parque Zoológico estaba casi desierto de personas, me imagino
que no muchos llegaron a trabajar después de un terremoto; sin
embargo, me topé con dos empleados que no me conminaron a salir
del recinto, sino que me contaron de que gracias a Dios las fieras no
se habían salido pero que los inquilinos, en especial los de la
isla los micos- estaban bastante nerviosos, aunque también
les preocupaba la desaparición de Alfredito.
Para esa época no sabía que ese era el nombre del joven
hipopótamo de diez años de edad.
Después de enterarme quien era Alfredito, nos fuimos a su jaula
que estaba en la parte trasera de la escuela república de Brasil,
y en realidad estaba vacía, por lo cual seguimos el proceso de
buscarlo, sin tener la más mínima idea de que si era peligroso.
No tardamos mucho en encontrarlo, estaba en la escuela, en la cual su
único alumno era Alfredito, que trataba de esconderse, sin lograrlo
detrás de un poste.
Lo identificamos pues sus pequeñas orejas sobresalían del
poste en forma de agarraderos, además porque el cipote gordo de
diez años había ido a clases, sin ser matriculado antes
y lo peor del caso, no llevaba el uniforme.
No estaba nervioso como estábamos nosotros, pues no creo que ninguno
se hubiera atrevido a tomarlo de la oreja y devolverlo a su jaula, pero
algo había que hacer.
Recuerdo que uno de los trabajadores del parque sugirió ir por
una cuerda, pero hubiéramos necesitado una grúa para jalarlo,
así que el otro muchacho corrió a traer un manojo de zanahorias.
Bien recuerdo que las tres toneladas de carne con sus ojos saltones vio
su alimento preferido pues movió sus orejitas, chiquitas si se
comparan con el resto del cuerpo y salió de su escondite como cipote
avergonzado de haberse ido a vagar en un día de clases, y es que
Alfredito, para esa época estaba cipote y seguro estoy que le hacía
falta su estanque y su comida.
Mansamente regresó, yo lo seguía detrás con ganas
de darle una palmadita en su hermoso trasero, pero no me atreví
a hacerlo. Su cola, también pequeña se movía, no
como la de un chucho, sino en forma rotativa, como una hélice,
que es la que le sirve para esparcir el excremento en los ríos.
Taparon temporalmente el muro y Alfredito se quedó por otros dieciocho
años más, para alegría de muchos que lo visitaban
regularmente. Debo admitir que nunca más lo volví a ver,
pero ahora lamento que su gordura y su voraz apetito lo hayan llevado
a la muerte, pues por tragarse una manzana entera se le tapó el
intestino, bueno, no es la primera vez que se le echa la culpa a la manzana.
Pero... en lugar de llorar y hablar y decir, mejor hagamos la cabuda y
mandemos a traer otro.

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