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Una mirada de fe
Su rostro resplandeció como el sol

La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación a remotivar y refrescar nuestra condición de discípulos del Señor. Hay que acudir a la escuela de este maravilloso maestro que se llama Jesús.

Publicada 1 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy

osrobla@hotmail.com 

El pueblo salvadoreño ya ha iniciado las celebraciones cívicas y religiosas en honor de su Patrono, el Divino Salvador del Mundo. Es el tiempo para un justo descanso, una sana diversión y una nueva oportunidad para reconfirmar nuestra fe en Cristo transfigurado. Todos esperamos con inmensa alegría la tradicional “Bajada” del “Colocho”, en quien están puestas todas las esperanzas del pueblo que pide su bendición para un nuevo y mejor porvenir.

El origen de la fiesta de la “Transfiguración del Señor” tiene probablemente su inicio con San Gregorio, El Iluminador (337d.c) quien, según se dice, sustituyó una celebración pagana de Afrodita, llamada la “Llama de rosa”, diciendo que Cristo abrió su gloria como una Rosa en el Monte Tabor. No nos interesa saber si esto es cierto o mentira. La verdad es que Cristo se transfiguró ante sus discípulos “en una montaña” que era muy alta, y que, según el parecer de personas muy importantes como Orígenes, Cirilo de Jerusalén, San Jerónimo y San Eusebio de Cesarea, ese lugar es el Monte Tabor en donde hoy día se conservan las tres iglesias que se levantaron en el Siglo VI en memoria de las tres tiendas que Pedro quería levantar. Es en este lugar donde miles y miles de peregrinos recuerdan cada día aquella maravillosa escena.

El libro del profeta Daniel, que se escribió en el Siglo II antes de Cristo, en tiempos muy difíciles para la fe del antiguo pueblo de Dios, describe una visión maravillosa del Mesías que tendría que venir. La escena es espectacular: Presenta a Dios como un anciano sentado en su trono, con vestiduras tan blancas como la nieve y sus cabellos tan puros como la lana. Le servían miles de millares de seres que cantaban en su presencia y en la del Hijo del hombre, a quien le era dado todo honor y poder para siempre. Fue una visión que fortaleció la fe de los israelitas, que en ese tiempo estaban siendo perseguidos y que les daba la seguridad que cuando llegara el Mesías, el bien triunfaría sobre el mal, y por lo tanto, no tenían que temer.

Ya en el Nuevo Testamento San Lucas nos cuenta que Jesús subió a una  montaña a orar y llevó consigo a tres de sus discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba se transfiguró, es decir, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura fulgurante. Estaba acompañado de Moisés y Elías, dos grandes personajes del Antiguo Testamento, que representaban a la ley y a los profetas, con los que hablaba de la muerte que iba a consumar en Jerusalén.

Cristo muestra a sus discípulos por unos instantes el esplendor de su gloria, para que comprendieran que el sufrimiento de su pasión era el camino para la resurrección de la que ya les había hablado, y que la última palabra no la tenía la muerte, sino la glorificación.
La cruz fue siempre un escándalo para los judíos, el mismo Pedro reacciona cuando Jesús le habla de su muerte porque aún no entiende el plan de Dios. Cristo fue a la glorificación pasando por la muerte en la cruz. San Pablo dio testimonio del amor de Cristo sufriendo persecuciones, azotes y prisión, y después, sufriendo el martirio.

Comprendió que para ser fiel a Cristo y participar de su gloria había que estar dispuesto a dar la vida por Él. Todo ser humano está destinado a compartir con Cristo su gloria, y para eso, es necesario recorrer el camino de nuestra vida cargando las pequeñas o grandes cruces que aparecen en nuestro camino. Las enfermedades, incomprensiones, la falta de trabajo, ancianidad, las angustias de cada día, etc., son cruces que tendremos que cargar en algún momento de nuestra vida.

La transfiguración de Cristo es siempre una inyección de ánimo para todo el que quiera seguirle. Toda cruz tiene como meta la alegría del triunfo final, toda noche tiene su aurora. El túnel conduce a la salida, nuestros sufrimientos llevados con fe y esperanza cristiana nos llevarán a la luz final, que es la felicidad.

El destino del cristiano es llegar a compartir con Cristo su existencia pascual. ¿Quién no ha experimentado en su vida momentos difíciles? Aunque queramos ser buenos, muchas veces nos invade el desánimo, y es entonces cuando tenemos que mirar hacia el sol aunque el cielo esté oscuro.

La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación a remotivar y refrescar nuestra condición de discípulos del Señor. Hay que acudir a la escuela de este maravilloso maestro que se llama Jesús, pues El nos va enseñando, con su ejemplo y su palabra, el camino de la salvación y de la vida.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

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