Oscar Rodríguez Blanco,
s, d, b.*
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com
El pueblo salvadoreño ya ha iniciado las celebraciones cívicas
y religiosas en honor de su Patrono, el Divino Salvador del Mundo. Es
el tiempo para un justo descanso, una sana diversión y una nueva
oportunidad para reconfirmar nuestra fe en Cristo transfigurado. Todos
esperamos con inmensa alegría la tradicional Bajada
del Colocho, en quien están puestas todas las esperanzas
del pueblo que pide su bendición para un nuevo y mejor porvenir.
El origen de la fiesta de la Transfiguración del Señor
tiene probablemente su inicio con San Gregorio, El Iluminador (337d.c)
quien, según se dice, sustituyó una celebración pagana
de Afrodita, llamada la Llama de rosa, diciendo que Cristo
abrió su gloria como una Rosa en el Monte Tabor. No nos interesa
saber si esto es cierto o mentira. La verdad es que Cristo se transfiguró
ante sus discípulos en una montaña que era muy
alta, y que, según el parecer de personas muy importantes como
Orígenes, Cirilo de Jerusalén, San Jerónimo y San
Eusebio de Cesarea, ese lugar es el Monte Tabor en donde hoy día
se conservan las tres iglesias que se levantaron en el Siglo VI en
memoria de las tres tiendas que Pedro quería levantar. Es en este
lugar donde miles y miles de peregrinos recuerdan cada día aquella
maravillosa escena.
El libro del profeta Daniel, que se escribió en el Siglo II antes
de Cristo, en tiempos muy difíciles para la fe del antiguo pueblo
de Dios, describe una visión maravillosa del Mesías que
tendría que venir. La escena es espectacular: Presenta a Dios como
un anciano sentado en su trono, con vestiduras tan blancas como la nieve
y sus cabellos tan puros como la lana. Le servían miles de millares
de seres que cantaban en su presencia y en la del Hijo del hombre,
a quien le era dado todo honor y poder para siempre. Fue una visión
que fortaleció la fe de los israelitas, que en ese tiempo
estaban siendo perseguidos y que les daba la seguridad que cuando llegara
el Mesías, el bien triunfaría sobre el mal, y por lo tanto,
no tenían que temer.
Ya en el Nuevo Testamento San Lucas nos cuenta que Jesús subió
a una montaña a orar y llevó consigo a tres de sus
discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. Mientras
oraba se transfiguró, es decir, cambió el aspecto de su
rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura fulgurante. Estaba
acompañado de Moisés y Elías, dos grandes personajes
del Antiguo Testamento, que representaban a la ley y a los profetas, con
los que hablaba de la muerte que iba a consumar en Jerusalén.
Cristo muestra a sus discípulos por unos instantes el esplendor
de su gloria, para que comprendieran que el sufrimiento de su pasión
era el camino para la resurrección de la que ya les había
hablado, y que la última palabra no la tenía la muerte,
sino la glorificación.
La cruz fue siempre un escándalo para los judíos, el mismo
Pedro reacciona cuando Jesús le habla de su muerte porque aún
no entiende el plan de Dios. Cristo fue a la glorificación pasando
por la muerte en la cruz. San Pablo dio testimonio del amor de Cristo
sufriendo persecuciones, azotes y prisión, y después, sufriendo
el martirio.
Comprendió que para ser fiel a Cristo y participar de su gloria había
que estar dispuesto a dar la vida por Él. Todo ser humano está
destinado a compartir con Cristo su gloria, y para eso, es necesario recorrer
el camino de nuestra vida cargando las pequeñas o grandes cruces
que aparecen en nuestro camino. Las enfermedades, incomprensiones, la
falta de trabajo, ancianidad, las angustias de cada día, etc.,
son cruces que tendremos que cargar en algún momento de nuestra
vida.
La transfiguración de Cristo es siempre una inyección de
ánimo para todo el que quiera seguirle. Toda cruz tiene como meta
la alegría del triunfo final, toda noche tiene su aurora. El túnel
conduce a la salida, nuestros sufrimientos llevados con fe y esperanza
cristiana nos llevarán a la luz final, que es la felicidad.
El destino del cristiano es llegar a compartir con Cristo su existencia
pascual. ¿Quién no ha experimentado en su vida momentos
difíciles? Aunque queramos ser buenos, muchas veces nos invade
el desánimo, y es entonces cuando tenemos que mirar hacia el sol
aunque el cielo esté oscuro.
La fiesta de la Transfiguración del Señor es una invitación
a remotivar y refrescar nuestra condición de discípulos
del Señor. Hay que acudir a la escuela de este maravilloso maestro
que se llama Jesús, pues El nos va enseñando, con su ejemplo
y su palabra, el camino de la salvación y de la vida.
*Párroco de la iglesia de María
Auxiliadora (Don Rúa).