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Urge sancionar
Contaminación gratis

Los buses son tema interminable para novelas de ciencia ficción, realismo mágico y teatro del absurdo. Es raro el día en que no protagonizan un accidente, con víctimas mortales que han llenado cementerios.

Publicada 1 de agosto 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Vaclav Havel, que en el plazo de dos meses pasó de la cárcel comunista a Presidente de la antigua Checoslovaquia, relata una profunda vivencia de su niñez en su cotidiano camino a la escuela: “Un espeso humo negruzco salía de la chimenea y se dispersaba por el cielo azul. Y cada vez que veía la humareda, experimentaba con intensidad el sentimiento de que había en ello algo inconveniente, que los hombres ensuciaban el cielo. Y aunque no existía entonces la ecología como disciplina científica, me sentía espontáneamente afectado y herido por esta suciedad, pareciéndome que el hombre destruía algo importante al violar arbitrariamente el orden natural de las cosas”. Y es que la chimenea que ensucia el cielo, no representa sólo una repugnancia estética ni una lamentable negligencia, técnicamente remediable con un filtro, sino mucho más.

Una de las experiencias más desagradables que a diario nos toca sufrir es ir detrás de un bus, que a cada acelerón nos baña de toneladas de humo negro que vomita a chorros el escape o la chimenea que orgullosamente se yergue hacia el cielo y contamina impunemente, sin que exista ningún tipo de sanción. Es horrible ver que en las casas con ventanas a la calle, hay que cambiar las cortinas varias veces al año, porque están negras de hollín. Y no es aventurado pensar que también así están nuestros pulmones, lo que causa enfermedades de vías respiratorias, especialmente entre los niños, cuya curación exige varios millones del presupuesto de Salud.

Los buses son tema interminable para novelas de ciencia ficción, realismo mágico y teatro del absurdo. Es raro el día en que no protagonizan un accidente, con víctimas mortales que han llenado cementerios y dejado muchos hogares sumidos en el dolor, sin que los motoristas, aun los que manejan en estado de ebriedad, asuman ninguna responsabilidad ni sean sancionados.

La tan acertada medida de no dejar circular los buses de más de quince años y el seguro obligatorio para indemnizar a los parientes de las víctimas fue rechazada por los altos intereses que prevalecen en la Asamblea. Sin embargo, a la fuerza y contraviniendo la ley, han subido el pasaje, desafiando a las autoridades y dañando económicamente a los que a diario tienen que tomar más de una unidad, y en forma sumisa han tenido que aceptar semejante arbitrariedad.

La medida que sugieren los diputados buseros y los empresarios, para que sus vejestorios circulen hasta que se destrocen en un choque, junto con la vida de todos los pasajeros, es que se les someta a revisiones técnicas periódicas que garanticen el mantenimiento.
Y mientras se destraba el enredo del contrato con la empresa de Joaquín Alviz que realizaría la RTV, aparece la noticia de que los talleres actualmente autorizados para efectuar la revisión están cometiendo fraude, porque sin tener la garnacha de cuerpo presente y mediante jugoso pago, extienden el certificado de que todo está OK. Para completar lo chusco del panorama, aparecen las fotografías de los talleres autorizados, verdaderas champas sin ningún tipo de prestigio, que no reúnen condiciones técnicas ni de seguridad que garanticen la calidad del trabajo.

Exigen que se condonen las multas y que no se decomise la licencia a los motoristas, aunque acumulen suficientes faltas graves. Y aquí murió la flor y aquí no ha pasado nada. Y los buses siguen circulando y echando humo, y nosotros, respirando veneno, y los hospitales, sin dar abasto, y los niños, muriéndose, y el Ministerio del Medio Ambiente, intentando organizarse, mientras los buseros lloran pobrezas, y como no se les autoriza el alza, han comentado sarcásticamente que: “Hasta querrán que les paguemos por subirse a los buses”.

Lo cual a criterio de muchos salvadoreños, sería más que justo que los empresarios pagaran a los sufridos usuarios, por el riesgo de conducirse en esos armatostes cuyo destino final es el fondo de un barranco, una rastra o un poste, que conducirá a todos los pasajeros al más allá.

Esto merece urgente atención, ya que la posición intransigente de los empresarios hace imposible cualquier tipo de negociación. El Viceministerio de Transporte no está representando al Gobierno, sino a los miles de salvadoreños que cada día, con riesgo de sus vidas, tienen que abordar a Milton Adonai, a Reina Yesenia, a Nelson Giovanni o a Karla Emperatriz, como pintorescamente se llaman las decoradas unidades de transporte público, que son como los emisarios de la muerte.

Que Dios nos proteja en las fiestas agostinas que hoy comienzan.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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