Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
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Vaclav Havel, que en el plazo de dos meses pasó de la cárcel
comunista a Presidente de la antigua Checoslovaquia, relata una profunda
vivencia de su niñez en su cotidiano camino a la escuela: Un
espeso humo negruzco salía de la chimenea y se dispersaba por el
cielo azul. Y cada vez que veía la humareda, experimentaba con
intensidad el sentimiento de que había en ello algo inconveniente,
que los hombres ensuciaban el cielo. Y aunque no existía entonces
la ecología como disciplina científica, me sentía
espontáneamente afectado y herido por esta suciedad, pareciéndome
que el hombre destruía algo importante al violar arbitrariamente
el orden natural de las cosas. Y es que la chimenea que ensucia
el cielo, no representa sólo una repugnancia estética ni
una lamentable negligencia, técnicamente remediable con un filtro,
sino mucho más.
Una de las experiencias más desagradables que a diario nos toca
sufrir es ir detrás de un bus, que a cada acelerón nos baña
de toneladas de humo negro que vomita a chorros el escape o la chimenea
que orgullosamente se yergue hacia el cielo y contamina impunemente, sin
que exista ningún tipo de sanción. Es horrible ver que en
las casas con ventanas a la calle, hay que cambiar las cortinas varias
veces al año, porque están negras de hollín. Y no
es aventurado pensar que también así están nuestros
pulmones, lo que causa enfermedades de vías respiratorias, especialmente
entre los niños, cuya curación exige varios millones del
presupuesto de Salud.
Los buses son tema interminable para novelas de ciencia ficción,
realismo mágico y teatro del absurdo. Es raro el día en
que no protagonizan un accidente, con víctimas mortales que han
llenado cementerios y dejado muchos hogares sumidos en el dolor, sin que
los motoristas, aun los que manejan en estado de ebriedad, asuman ninguna
responsabilidad ni sean sancionados.
La tan acertada medida de no dejar circular los buses de más de
quince años y el seguro obligatorio para indemnizar a los parientes
de las víctimas fue rechazada por los altos intereses que prevalecen
en la Asamblea. Sin embargo, a la fuerza y contraviniendo la ley, han
subido el pasaje, desafiando a las autoridades y dañando económicamente
a los que a diario tienen que tomar más de una unidad, y en forma
sumisa han tenido que aceptar semejante arbitrariedad.
La medida que sugieren los diputados buseros y los empresarios, para que
sus vejestorios circulen hasta que se destrocen en un choque, junto con
la vida de todos los pasajeros, es que se les someta a revisiones técnicas
periódicas que garanticen el mantenimiento.
Y mientras se destraba el enredo del contrato con la empresa de Joaquín
Alviz que realizaría la RTV, aparece la noticia de que los talleres
actualmente autorizados para efectuar la revisión están
cometiendo fraude, porque sin tener la garnacha de cuerpo presente y mediante
jugoso pago, extienden el certificado de que todo está OK. Para
completar lo chusco del panorama, aparecen las fotografías de los
talleres autorizados, verdaderas champas sin ningún tipo de prestigio,
que no reúnen condiciones técnicas ni de seguridad que garanticen
la calidad del trabajo.
Exigen que se condonen las multas y que no se decomise la licencia a los
motoristas, aunque acumulen suficientes faltas graves. Y aquí murió
la flor y aquí no ha pasado nada. Y los buses siguen circulando
y echando humo, y nosotros, respirando veneno, y los hospitales, sin dar
abasto, y los niños, muriéndose, y el Ministerio del Medio
Ambiente, intentando organizarse, mientras los buseros lloran pobrezas,
y como no se les autoriza el alza, han comentado sarcásticamente
que: Hasta querrán que les paguemos por subirse a los buses.
Lo cual a criterio de muchos salvadoreños, sería más
que justo que los empresarios pagaran a los sufridos usuarios, por el
riesgo de conducirse en esos armatostes cuyo destino final es el fondo
de un barranco, una rastra o un poste, que conducirá a todos los
pasajeros al más allá.
Esto merece urgente atención, ya que la posición intransigente
de los empresarios hace imposible cualquier tipo de negociación.
El Viceministerio de Transporte no está representando al Gobierno,
sino a los miles de salvadoreños que cada día, con riesgo
de sus vidas, tienen que abordar a Milton Adonai, a Reina Yesenia, a Nelson
Giovanni o a Karla Emperatriz, como pintorescamente se llaman las decoradas
unidades de transporte público, que son como los emisarios de la
muerte.
Que Dios nos proteja en las fiestas agostinas que hoy comienzan.
*Columnista de El Diario de Hoy.