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La nota del día
Debe muchas, pero no debe esa

Nunca se supo la cantidad de muertos y heridos que hubo, pero menos se dimensiona la hecatombe y el horror que habría sobrevenido si la conjura no se corta de raíz

Publicada 1 de agosto 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

En “Lo negro del Negro Durazo” se narra cómo un jefe de policía del Distrito Federal de México amasó una fortuna de quinientos millones de dólares a puras mordidas, con lo que podemos imaginar lo que acumulan o acumulaban ministros, gobernadores y presidentes de la República. Hasta donde sabemos, el pobre Negro fue el único, exceptuados los Salinas, juzgado en México por hacerse de dineritos de manera ilegal.

Hubo un presidente que compró veintitantos diarios y empresas televisivas; otro desarrolló Cancún en sus personales tierras; un tercero se hizo con la casi totalidad de las lecherías de la República mexicana. Y todos los ex presidentes han vivido para disfrutar las inmensas riquezas que la diosa Fortuna les puso en el azaroso desempeño de la primera magistratura.

Al ex presidente don Luis Echeverría, que según nos dicen se cuenta entre los hombres más opulentos de la Tierra, nunca le procesaron por enriquecimiento ilícito y por el cúmulo de atropellos y barbaridades que cometió durante su mandato. Pero sí le quisieron encarcelar por un crimen del que no fue culpable: el de genocidio. En concreto, por la gran matanza efectuada por un batallón del ejército de ese país en la Plaza de las Cuatro Culturas, sita frente a un número de importantes edificios de la Universidad Autónoma de México.

Hay que remontarse a esos años. Como en casi toda América, la subversión castrista estaba llevando a México al punto del estallido. Y como en toda América, incluido El Salvador, el foco de operaciones de los comunistas era la universidad estatal. Días antes de los incidentes en la plaza, se llevaron a cabo enormes manifestaciones en la capital de México y otras ciudades; un amigo nos describía entonces la masa gigantesca de gente que llenó el paseo de La Reforma desde la estatua del Ángel hasta El Zócalo.

No “dialogaron” y se desató el horror

 
El levantamiento se iba a desatar con la ocupación de la Universidad Autónoma por comunistas, estudiantes enloquecidos, agentes provocadores y un abundante equipamiento de idiotas. Desde la Universidad, y valiéndose de altavoces y emisoras clandestinas, se hicieron los llamados “a la insurrección”. Al Gobierno no le quedó otra alternativa que enviar fuerzas militares para controlar la situación e iniciar conversaciones con los sediciosos.

Llegada la tropa a la plaza y tomando sus posiciones, se exhortó a los exaltados a parlamentar. Con este objetivo, los dos principales comandantes, un general y un coronel, avanzaron hacia los edificios con una bandera blanca.

Al llegar los militares a media plaza, un tiroteo desde los edificios hirió de gravedad al general y al coronel, pese a la bandera blanca y como es costumbre de los comunistas. En ese momento el mando pasó al oficial que seguía en rango, un joven e inexperimentado teniente, que por su edad, su entrenamiento y su arrojo, no entendía mayor cosa sobre manejos políticos o cautela. La orden fue contundente: reprimir con toda fuerza la agresión. Parte del drama se recogió en una serie de fotografías que hicieron de Oriana Fallaci, la gran cronista italiana, cuyos dos acompañantes fueron muertos en la balacera.

Nunca se supo la cantidad de muertos y heridos que hubo, pero menos se dimensiona la hecatombe y el horror que habría sobrevenido si la conjura no se corta de raíz.

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