El Diario de Hoy
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En Lo negro del Negro Durazo se narra cómo un jefe
de policía del Distrito Federal de México amasó una
fortuna de quinientos millones de dólares a puras mordidas, con
lo que podemos imaginar lo que acumulan o acumulaban ministros, gobernadores
y presidentes de la República. Hasta donde sabemos, el pobre Negro
fue el único, exceptuados los Salinas, juzgado en México
por hacerse de dineritos de manera ilegal.
Hubo un presidente que compró veintitantos diarios y empresas televisivas;
otro desarrolló Cancún en sus personales tierras; un tercero
se hizo con la casi totalidad de las lecherías de la República
mexicana. Y todos los ex presidentes han vivido para disfrutar las inmensas
riquezas que la diosa Fortuna les puso en el azaroso desempeño
de la primera magistratura.
Al ex presidente don Luis Echeverría, que según nos dicen
se cuenta entre los hombres más opulentos de la Tierra, nunca le
procesaron por enriquecimiento ilícito y por el cúmulo de
atropellos y barbaridades que cometió durante su mandato. Pero
sí le quisieron encarcelar por un crimen del que no fue culpable:
el de genocidio. En concreto, por la gran matanza efectuada por un batallón
del ejército de ese país en la Plaza de las Cuatro Culturas,
sita frente a un número de importantes edificios de la Universidad
Autónoma de México.
Hay que remontarse a esos años. Como en casi toda América,
la subversión castrista estaba llevando a México al punto
del estallido. Y como en toda América, incluido El Salvador, el
foco de operaciones de los comunistas era la universidad estatal. Días
antes de los incidentes en la plaza, se llevaron a cabo enormes manifestaciones
en la capital de México y otras ciudades; un amigo nos describía
entonces la masa gigantesca de gente que llenó el paseo de La Reforma
desde la estatua del Ángel hasta El Zócalo.
No dialogaron y se desató el horror
El levantamiento se iba a desatar con la ocupación de la Universidad
Autónoma por comunistas, estudiantes enloquecidos, agentes provocadores
y un abundante equipamiento de idiotas. Desde la Universidad, y valiéndose
de altavoces y emisoras clandestinas, se hicieron los llamados a
la insurrección. Al Gobierno no le quedó otra alternativa
que enviar fuerzas militares para controlar la situación e iniciar
conversaciones con los sediciosos.
Llegada la tropa a la plaza y tomando sus posiciones, se exhortó
a los exaltados a parlamentar. Con este objetivo, los dos principales
comandantes, un general y un coronel, avanzaron hacia los edificios con
una bandera blanca.
Al llegar los militares a media plaza, un tiroteo desde los edificios
hirió de gravedad al general y al coronel, pese a la bandera blanca
y como es costumbre de los comunistas. En ese momento el mando pasó
al oficial que seguía en rango, un joven e inexperimentado teniente,
que por su edad, su entrenamiento y su arrojo, no entendía mayor
cosa sobre manejos políticos o cautela. La orden fue contundente:
reprimir con toda fuerza la agresión. Parte del drama se recogió
en una serie de fotografías que hicieron de Oriana Fallaci, la
gran cronista italiana, cuyos dos acompañantes fueron muertos en
la balacera.
Nunca se supo la cantidad de muertos y heridos que hubo, pero menos se
dimensiona la hecatombe y el horror que habría sobrevenido si la
conjura no se corta de raíz.