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Punto de vista
Se murió la “Tuncona”

Da gusto ver los ojos de los niños y de las niñas abiertos como platos a la vista de la Manyula, o alejarse temerosos y abrazarse a la pierna de su papá cuando los monos araña extienden sus huesudas manos.

Publicada 24 de julio 2004, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

He recibido un correo electrónico en el que un amigo de un amigo mío pone en el ciberespacio (¡maravillas de la técnica!) un poema titulado: “Elegía por la muerte de la Tuncona”.

La “Tuncona” no es otro que Alfredito, el célebre hipopótamo que desde los años ochenta hacía compañía a la Manyula y al Pavián, el mismo que se tragaba todo lo que el público aprovechaba para lanzarle cuando abría sus desmesuradas mandíbulas, el mismo que murió por una manzana atravesada.

¿De dónde el nombre de la “Tuncona”? De la sabiduría popular. El autor de la elegía cuenta que una vez estando en el zoológico, de pie al lado de la baja protección que rodeaba el recinto de Alfredito, y rodeado de zopilotes, escuchó cómo un niño decía a su papá: “Papi, papi, ya va a salir la tuncona...”. El nombre le hizo gracia y ahora —poeta aficionado—, le dedica unos versos.

Empezando por el final, el novel autor consigna quizá con pobre arte, pero más gracia: “Para cerrar esta elegía, improvisado réquiem / cito libremente al divino Rubén: / Ha muerto la “Tuncona” / El mundo pesa menos”... Es verdad: el mundo pesa menos.

Pero no sólo el mundo físico pesa menos, también la conciencia popular pesa ahora menos. Dejando de lado consideraciones circunstanciales acerca del buen o mal cuidado que se da a nuestros animales en el zoológico —pero que son importantes—, he considerado oportuno compartir algunas reflexiones con los lectores, tomando pie de la muerte del hipopótamo.

Es conocido que uno de los problemas más importantes que enfrentamos en el Gran San Salvador es la escasez de parques y lugares de entretenimiento. La lógica indica que esa falta de lugares de esparcimiento puede ser uno de los factores que contribuyen a la inestabilidad familiar.

Una familia que sale junta a pasear los fines de semana, que comparte una sencilla comida, que tiene oportunidad de que el padre y la madre jueguen con sus hijos pequeños disfrutando de áreas verdes parece tener muchas menos probabilidades de ser presa de las lacras que descomponen la sociedad.

Si la familia comparte el descanso y la diversión, también compartirá los problemas y las situaciones difíciles, las alegrías, las tristezas. Es decir, se consolidará como familia y sus miembros más jóvenes no se verán en la necesidad de buscar “familias sustitutas” (como las pandillas juveniles), ni valores sustitutos (que suelen ser nocivos) para reponer los del respeto a la autoridad, la solidaridad con los más necesitados, el respeto a la diversidad, el ceder en cosas que no gustan en beneficio de los demás, etc. Que son valores que se aprenden en familia.

No sin razón, otro de mis amigos, en este caso filósofo aficionado y padre de familia numerosa, afirma que los hijos son como las piedras de los ríos, que de tanto rozarse entre sí por la convivencia diaria, terminan pulidos y relucientes, terminan siendo personas de bien.

Da gusto ver los ojos de los niños y de las niñas abiertos como platos a la vista de la Manyula, o alejarse temerosos y abrazarse a la pierna de su papá cuando los monos araña extienden sus huesudas manos pidiendo un churro que llevarse a la boca… El zoológico es un mundo mágico, es parte de la ciudad educadora, es parte de todos los salvadoreños que nos sentimos un poco tristes no sólo por la muerte de Alfredito sino por las circunstancias en que se dio.

De hecho, pienso que todos los habitantes de San Salvador podemos contar varias anécdotas personales que tienen como escenario el parque zoológico, y eso —tan cotidiano y tan sencillo— es parte de nuestra cultura, es parte de nuestro orgullo (del que a veces sólo nos damos cuenta cuando estamos lejos del terruño).

La imagen de Alfredito, descrita en la elegía a su muerte: “Te escondías, bajo el agua sumergido/y emergías, espléndido, con un soplido/para caminar regio a los montarrascales/dejando a tu paso hedores colosales”...

Evoca, sin duda, ratos de vida familiar, risas, ilusiones, temores infantiles y recuerdos de juventud. Y más de algún amigo con el apodo bien ganado.

¿Quién reemplazará a la “Tuncona”? ¿Quién ocupará el lugar de Alfredito? La vida es mucho más que trabajo, lo más importante que tenemos en esta tierra es —cómo no—, la familia, pero la familia necesita lugar para fortalecerse, necesita un hogar donde medrar, necesita también aire puro, campo abierto.

*Ing. Industrial, Dr.en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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