elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Del momento
Alfredito y la manzana de la discordia

¡Pobre Alfredito, pocos buenos recuerdos te llevaste a la tumba! Excepto la vez del terremoto, cuando se cayó la pared de tu recinto y pudiste escapar, aunque sea a la cancha de basquet del colegio vecino.

Publicada 24 de julio 2004, El Diario de Hoy

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Tal parece que las manzanas siempre han estado involucradas en historias trágicas. A nuestro padre Adán y a su mujer Eva, atreverse a morder una de estas jugosas frutas les costó su estadía en el paraíso terrenal.

Al pobre Alfredito, el finado hipopótamo de nuestro fatídico zoológico, el placer de engullir una de ellas le significó una mortal torcedura de tripa.

Me llama la atención que la dieta del monumental espécimen incluyera manzanas, pues jamás, en mis continuos safaris por el canal “Animal Planet”, he podido ver un árbol de manzana plantado en las riberas de los ríos africanos, donde viven los parientes de Alfredito, y mucho menos a alguno de ellos parado en dos patas, intentando hacerse con una de estas delicias.

Hasta donde he podido entender, la dieta básica de un hipopótamo es hierba y no manzanas, tampoco las coliflores, zanahorias y maíz que decidieron incluir en su menú los especialistas del zoológico.

Sin embargo, esto de alimentar hipopótamos con manzanas no es nada extraño, sobre todo en nuestro zoológico, donde las avestruces, monos y otras especies ingieren, rutinariamente, envoltorios, tapones de botellas y cualquier otro platillo exótico que provenga de las cafeterías instaladas dentro del complejo, los que ignorantes visitantes ofrecen gentilmente a los animales, a veces ante la mirada indiferente de los vigilantes, quienes, por ser tan irresponsables en el cumplimiento de su deber, deberían ocupar los aposentos de los indefensos huéspedes y dejar a éstos en libertad.

Ahora bien, ante el deceso del buen Alfredito, que era difícil de ocultar, no sólo por su voluminosa figura, sino por su fama entre los visitantes, era necesario encontrar responsables, y en esto se ha formado un buen rollo.

Los trabajadores acusan al director de ignorante en cuestiones de zoología, y aseguran que su decisión de cambiar la dieta de la recordada bestia es lo que lo llevó a la muerte.

El aludido ha respondido haciendo referencia al problema que ocasionan los “chalets” propiedad de los mismos empleados y la fuente de los antes mencionados ingredientes de la peligrosa dieta alternativa de los animales.

O sea que en este caso, y para estar a tono con el tema animal, todos tienen cola que patear.

Un problema serio es que la muerte de Alfredito no es la única, según dicen los mismos empleados, pues más de 25 ejemplares han fallecido durante la actual administración, incluyendo una avestruz, el también famoso leoncillo Yulu Cova y quién sabe cuántas especies más, a las que quizá ha sido sencillo inhumar sin mucho aspaviento, debido a su reducido tamaño o a la falta de una fama tan grande como la de Alfredito. Más excepcional es el caso de la serpiente venenosa a la que un empleado, amigo del dios Baco, decidió escamotear y luego vender, para poder financiar los requerimientos de su tripa guarera.

Algunos buenos ciudadanos y viejos conocidos de Alfredito, que no salen de su asombro y duelo, han sugerido soluciones interesantes ante los continuos desatinos, por ejemplo, hacer un acuerdo entre el zoológico y las instituciones educativas, para que sus estudiantes presten su servicio social, vigilando que los visitantes no alimenten o abusen de los animalitos.

En fin, por ahora sólo nos queda resignarnos ante la pérdida del amigo Alfredito, quien más de alguna vez debió lamentar su suerte, la que le trajo de la tropical ciudad de Miami a este país tercermundista, donde se vive mal, se come peor y todavía se deben recibir las pedradas de los que llegan a divertirse a costa tuya.

¡Pobre Alfredito, pocos buenos recuerdos te llevaste a la tumba! Excepto la vez del terremoto, cuando se cayó la pared de tu recinto y pudiste escapar, aunque sea a la cancha de basquet del colegio vecino; también me imagino que en tu nueva morada en el cielo de los hipopótamos, te debe causar placer recordar cómo le lanzabas tu excremento a los incautos visitantes, quienes también parecían gozosos de recibir la lluvia de caca.

Lo que no debes dudar es que muchos te extrañamos, aunque tu deceso ha dejado con una honda preocupación a la Manyula, pues no deja de pensar en la posibilidad de que le cambien su actual dieta por una de cocos sin pelar.

*Columnista de El Diario de Hoy.
scastellanos@ elsalvador. com


elsalvador.com WWW