Carmen Gallardo Hernández*
El
Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Hace unos diez años el analista político Joe Nye introdujo
el concepto de soft power, el cual es traducido al español
por algunos como poder fáctico.
En el ámbito internacional este concepto constituye una nueva expresión
de poder, la cual se traduce en atraer y convencer a otros países
acerca de determinadas políticas o ideas.
En forma gradual, la aplicación de este concepto ha transformado
el análisis de los asuntos globales.
En el mundo actual, caracterizado por el flujo de información y
amenazado por el terrorismo internacional, la influencia de los gobiernos
se torna palpable a través de la cultura y de las ideas, sobreponiéndose
éstas al poder económico y militar.
Por ejemplo, en el contexto de la lucha contra el terrorismo, el liderazgo
de EE.UU. está supeditado a su capacidad de persuasión y
de atracción de frente a los demás países.
Hemos asistido en estos últimos tiempos al surgimiento de una opinión
pública antiamericana, surgida a raíz de las acciones coercitivas
tomadas en forma unilateral por EE.UU.
Nos hemos acostumbrado a ver en qué forma el poder militar y económico
de determinado país logra modificar en ciertos casos los anticuerpos
que puede llegar a crear, alternando políticas de incentivos con
amenazas de tipo económico.
Los analistas políticos perciben, sin embargo, el fortalecimiento
de una forma diferente de poder.
Éste se extiende y se impone a través de la divulgación
de los valores y la cultura de un país con respecto a otro, sirviendo
incluso de inspiración gracias a su nivel de prosperidad y apertura
democrática. De esta manera se logra que el resto de países
concuerden en apoyar objetivos similares sin sentirse víctima de
coerción por parte del país más fuerte.
Para ello se requiere cierta habilidad para moldear las prioridades de
los demás, y ello se aplica a todos los niveles: familiar, empresarial
y gubernamental.
No se trata por tanto de influir, sino de crear una visión compartida,
a fin de orientar los objetivos hacia una misma dirección.
El poder soft no significa necesariamente poseer influencia;
en la medida en que la atracción hacia una idea o valor externo
no determina en forma sistemática las preferencias de los demás.
En lo que respecta los países, el poder suave se asienta en tres
grandes pilares: la cultura, la cual puede volverse muy atractiva fuera
de sus fronteras; los valores políticos, cuando éstos se
defienden dentro y fuera de su territorio, y la política exterior,
cuando ésta posee legitimidad y autoridad moral en el escenario
internacional.
En el momento en que un país ostenta y defiende valores universales
y sus políticas promueven valores e intereses compartidos por otros
países, se incrementa la probabilidad de alcanzar objetivos comunes.
El concepto de poder suave no se limita, sin embargo, a la cultura entendida
en su forma popular. El analista Niall Fergusson lo describe como equivalente
a fuerzas no tradicionales tales como los bienes culturales y comerciales.
El poder bajo la forma de dominio, es decir la habilidad para cambiar
lo que los demás hacen, puede basarse en la coerción o bien
en el incentivo. En cambio, el poder que coopta, es decir la capacidad
de modificar lo que los demás desean, es posible gracias a la atracción
acerca de la cultura, valores y preferencias inherentes al que busca imponerse.
En 1939 el analista británico E.H. Carr describía el poder
en el campo internacional en tres dimensiones: la militar, la económica
y el poder sobre la opinión. Por ello cuando un país se
debilita en términos económicos y militares, pierde su capacidad
de influencia en la agenda de los asuntos internacionales.
La cultura constituye una fuente importante del poder fáctico.
Los millones de extranjeros que han estudiado en EE.UU. de alguna manera
han trasladado los valores estadounidenses a sus propios contextos nacionales.
En el Siglo XX, la ciencia y la tecnología dotaron la forma tradicional
de poder de una nueva dimensión. Se inició la era de las
superpotencias. La habilidad para utilizar tecnología de información,
ya sea en armamentos de alta precisión o en temas de inteligencia
de estado, le permitió a EE.UU., por ejemplo, surgir como primera
potencia mundial.
Así mismo el terrorismo no es un fenómeno nuevo ni se le
puede considerar como enemigo aislado. Las tendencias tecnológicas
e ideológicas han incrementado el riesgo del terrorismo global
y dificultado la capacidad de controlarlo.
La utilización del poder suave entre terroristas se ha convertido
en una herramienta de importancia para lograr sus propósitos. Tanto
en el Medio Oriente así como en el Sur Este Asiático, el
poder suave está estrechamente relacionado con el mundo actual.
En la configuración de una nueva visión del terrorismo global,
después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, los
líderes políticos tiene ante sí el reto de entender
en su dimensión real lo que representa el poder suave.
El hecho de no incorporar el soft power en la estrategia nacional
de seguridad de un país puede, a la larga, convertirse en un error.
*Columnista de El Diario de Hoy.