El Diario de Hoy
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Walter Rostow el bueno -pues hubo un intelectualoide de izquierda
con el mismo nombre-señaló que la responsabilidad social
del empresario consiste en ser eficiente y ser exitoso. No importa si
participa o no en proyectos sociales, o sostiene entidades benéficas,
o se desvive por dotar de obras a su comunidad: lo esencial es que sea
un excelente productor.
Por vocación, conveniencia o casualidad, un empresario puede ser
un pilar de su comunidad y ocuparse de ayudar a otros, lo
que agrega a sus méritos y sirve de ejemplo al resto de ciudadanos.
La caridad es una de las virtudes teologales y nos acerca a Dios. ¡Bienaventurados
aquellos que socorren a sus semejantes!
Pero zapatero a tus zapatos, y el que sobresale como cirujano,
o es un consumado comerciante, o tiene el instinto del gran agricultor,
o destaca por sus cualidades administrativas, beneficia a muchísimas
más personas haciendo lo suyo, que en cualquier otro afán.
Esto vale todavía más en los pueblos pobres, que necesitan
vitalmente personas que organicen, produzcan, sean altamente competitivas,
generen trabajo, obtengan muchas ganancias e inviertan en nuevos proyectos
y actividades.
Rostow señaló que siempre hay que estar en guardia frente
a conceptos como el de función o interés social,
entendidos como deberes más allá de la ley que en alguna
manera obligan a personas, sectores o empresas. La principal consideración
es que aquello que la ley no exige no constituye mandato para nadie.
Es inválido invocar una imaginaria función social
para imponer limitaciones o tareas sobre grupos de hombres, incluidos
los empresarios. Si es necesario, poniéndolo de ejemplo, que los
dueños de automóviles se ocupen de que sus unidades no contaminen
el ambiente, hay que regular esto por ley, no dejándolo a la voluntad
de nadie.
Unos dan el dinero y otros lo despilfarran
En muchísimos casos lo que vagamente pueda entenderse como función
social o vocación de servicio coincide con el
interés del empresario y el profesional en ser más eficientes
y productivos. Una empresa que se ocupe de su personal, que tenga buenas
o excelentes prestaciones y se esfuerce por proyectarse hacia la comunidad,
por regla general obtendrá mayores beneficios que otras.
Son innumerables las empresas que participan en obras de beneficencia
y hacen donativos, debido a que eso agrega a su buena imagen pública.
De igual forma, contar con un buen ambiente interno eleva la productividad
de todos.
De hecho, y es indiscutible que sea de beneficio a un país, la
ley impone, sobre las empresas organizadas, obligaciones que son una forma
de función social, como son las cuotas que se pagan
a las administradoras de pensiones, al ISSS, a los fondos de vivienda
y al Insafocoop. Estas prestaciones, sumadas a muchas otras, tienen sus
aspectos positivos, pero por otro lado reducen los salarios reales que
el trabajador recibe directamente y además suben los costos de
producción.
Las prestaciones se terminan pagando por los compradores de los bienes
y servicios que suministran las empresas. Lo grave es que una parte de
la sociedad -la mayoritaria- termina viendo tales beneficios como otorgados
por el gobierno, que así saluda con sombrero ajeno.
Por desgracia, el Estado toma en sus manos administrar esas prestaciones
con los consiguientes despilfarros, saqueos e ineficiencia propios de
entes como el ISSS.