Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
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Oxford, Inglaterra. Las dos corrientes más prevalecientes en
seguridad pueden resumirse en que una está basada en la demostración
y uso de la fuerza, y la otra, en la inteligencia y los recursos preventivos.
Comparando la seguridad de los aeropuertos europeos y estadounidenses
podemos ver la diferencia; en los primeros la seguridad no es visible
y las molestias son pocas, en los segundos la seguridad es ostentosa y
se molesta a todo mundo.
Pero las películas americanas lo dejan más claro cuando
presentan a policías y militares como tipos matones, rudos y justicieros,
a quienes cuando la ley les estorba la hacen a un lado. Rambo o el Exterminador,
quien ahora es gobernador de California, son los modelos y no hay mucha
diferencia entre ellos y la realidad. James Bond, como contrapartida europea
igual, es un superhombre, pero mantiene los modales y se subordina a su
majestad.
Analizando experiencias específicas y sin hacer juicio sobre buenos
o malos, sino sobre la eficacia, podemos adentrarnos en el tema. El ejército
salvadoreño, durante el conflicto, estuvo bajo influencia americana;
en octubre de 1980 realizó operaciones y centenares de arrestos
en el departamento de Morazán y los abusos no eran lo dominante.
La realidad es que las operaciones estaban siendo exitosas y muchos rebeldes
se entregaban al ejército. Pero el coronel que dirigía las
operaciones ordenó que algunos de los prisioneros fueran lanzados
vivos desde un helicóptero sobre las comunidades, el miedo al ejército
se transformó en odio y la mayoría de los rebeldes decidieron
continuar en la lucha.
En diciembre de 1981 el ejército realizó nuevamente en la
misma zona otra gran operación, ahora una ofensiva militar con
el Batallón Atlacatl. En ese entonces los jefes de la guerrilla
teníamos problemas para que nuestros combatientes aprendieran a
realizar operaciones ofensivas, y entre éstos estaba creciendo
la idea de que no era posible luchar contra un enemigo que nos superaba
en fuerza y medios.
Aplicando su doctrina el ejército asesinó entonces a 900
campesinos de todas las edades y sexos con la idea de quitar el agua al
pez y atemorizar a quienes pensaran incorporarse a la insurgencia. El
efecto fue el contrario, la masacre generó tal indignación
que la incorporación creció; en horas pudimos lograr que
nuestra fuerza tomara la ofensiva y aniquilara a una compañía
completa del ejército en el mismo lugar de la matanza.
De allí en adelante el ejército sufrió centenares
de derrotas militares y, en tres años, le fueron capturadas más
de 5000 armas y no menos de tres mil prisioneros, entre ellos el propio
viceministro de Defensa de entonces. La regla también valió
en el sentido inverso, en los pueblos donde los guerrilleros realizamos
ajusticiamientos numerosos de civiles, el apoyo al ejército creció
y fue imposible recuperar la confianza de la población.
El asesinato de monseñor Romero es hijo de esta misma doctrina.
Se temía que monseñor llamara a una insurrección
y por ello se le eliminó. En un conflicto existen siempre actores
no armados que el fanatismo de los bandos provoca que se les identifique
con su contrario e incluso como los culpables de todo. Los que se constituyen
en dirigentes importantes suelen tener un enorme poder simbólico
y atacarles sólo sirve para generalizar los conflictos.
Filipinas, Nicaragua y El Salvador sufrieron las consecuencias de ese
tipo de decisiones. La eliminación reciente de un líder
religioso paralítico en Israel es igual, independientemente de
su vinculación con el terrorismo, porque su valor simbólico
aumentó con el asesinato y ello contribuirá a que crezca
el terrorismo contra Israel. El crimen de monseñor Romero transformó
una lucha política social en guerra civil. La guerrilla tuvo dos
oleadas de crecimiento, la primera después del fraude electoral
de 1972 y la segunda luego del asesinato de monseñor Romero.
Los derechos humanos eran considerados un tormento por los militares,
sin embargo, cuando el ejército trataba bien a los prisioneros,
las deserciones de guerrilleros aumentaban y, cuando aplicaban una política
represiva y torturas, las deserciones cesaban. El buen trato que la guerrilla
daba a los soldados y oficiales que se rendían no tenía
sólo una base ética, sino que también era una política
para descomponer moralmente las filas contrarias.
Pese a que se registraron algunas ejecuciones por parte de la guerrilla,
el buen trato fue una política altamente exitosa, dando lugar a
que los soldados se rindieran con mayor facilidad. En febrero de 1984
en Anamorós, La Unión, casi 200 hombres pertenecientes a
un batallón fueron hechos prisioneros con muy poco combate.
Eficacia y buen trato van juntos, e igualmente prepotencia e ineficacia.
El uso extremo de fuerza puede producir resultados temporales, pero hace
perder legitimidad y ventaja moral y ello retroalimenta los conflictos.
El ejército guatemalteco ganó a costa de matar centenares
de miles de indígenas, pero la realidad es que ese país
alberga para el futuro el conflicto étnico más peligroso
de toda Latinoamérica.
La doctrina europea de seguridad usó la fuerza de manera brutal
y despiadada, el comercio de esclavos negros y las cámaras de gas
fueron inventos europeos. Pero a fuerza de realidad entendieron y cambiaron.
Sir Robert Thompson, el más destacado experto británico
en el tema, sostiene lo siguiente: Si el Gobierno no se adhiere
a la ley, pierde el respeto y fracasa en cumplir la obligación
contractual con su pueblo. Esto conduce a una situación en la cual
en lugar de insurrección existe, para todo propósito práctico,
una guerra civil en la que ningún lado tiene el derecho de reclamar
ser gobierno.
Sobre la tortura y la ejecución de prisioneros es enfático,
no importa el tamaño de la provocación, ambos son
crímenes y lo segundo asesinato y acerca de respetar legalidad
dice: Cuando el Gobierno se coloca en la posición de proteger
inocentes, coloca a los terroristas en la posición de criminales
y algo todavía más contundente: La caballerosidad
en la guerra puede ser un arma sumamente eficaz en debilitar la voluntad
de resistencia del oponente, a la vez que aumenta la fuerza moral propia.
El supuesto incendio que mató un centenar de pandilleros en Honduras
o las torturas a los prisioneros ira- quíes son torpezas producto
de la prepotencia. El modelo de fuerza es intolerante y asume que todo
mundo es sospechoso; el preventivo es tolerante y confía en la
gente. El primero se basa en el aparato; el segundo, en los ciudadanos;
el primero es ciego y supone los riesgos; el segundo conoce los riesgos
y controla los focos críticos; el primero no tiene información
y reacciona a los hechos; el segundo tiene información y evita
los hechos.
Al primero no le interesa ser amable, supone que la gente debe temer a
la ley, para el segundo ser amable es esencial porque necesita de la comunidad
para ser eficaz. Para el primero seguridad es tener muchos policías
controlando a la sociedad, para el segundo seguridad es que los ciudadanos
estén en control de la sociedad.
*Columnista de El Diario de Hoy.