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Breve análisis
Rambo versus James Bond

Los derechos humanos eran considerados un tormento por los militares, sin embargo, cuando el ejército trataba bien a los prisioneros, las deserciones de guerrilleros aumentaban

Publicada 21 de julio 2004, El Diario de Hoy

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. Las dos corrientes más prevalecientes en seguridad pueden resumirse en que una está basada en la demostración y uso de la fuerza, y la otra, en la inteligencia y los recursos preventivos. Comparando la seguridad de los aeropuertos europeos y estadounidenses podemos ver la diferencia; en los primeros la seguridad no es visible y las molestias son pocas, en los segundos la seguridad es ostentosa y se molesta a todo mundo.

Pero las películas americanas lo dejan más claro cuando presentan a policías y militares como tipos matones, rudos y justicieros, a quienes cuando la ley les estorba la hacen a un lado. Rambo o el Exterminador, quien ahora es gobernador de California, son los modelos y no hay mucha diferencia entre ellos y la realidad. James Bond, como contrapartida europea igual, es un superhombre, pero mantiene los modales y se subordina a su majestad.

Analizando experiencias específicas y sin hacer juicio sobre buenos o malos, sino sobre la eficacia, podemos adentrarnos en el tema. El ejército salvadoreño, durante el conflicto, estuvo bajo influencia americana; en octubre de 1980 realizó operaciones y centenares de arrestos en el departamento de Morazán y los abusos no eran lo dominante.

La realidad es que las operaciones estaban siendo exitosas y muchos rebeldes se entregaban al ejército. Pero el coronel que dirigía las operaciones ordenó que algunos de los prisioneros fueran lanzados vivos desde un helicóptero sobre las comunidades, el miedo al ejército se transformó en odio y la mayoría de los rebeldes decidieron continuar en la lucha.

En diciembre de 1981 el ejército realizó nuevamente en la misma zona otra gran operación, ahora una ofensiva militar con el Batallón Atlacatl. En ese entonces los jefes de la guerrilla teníamos problemas para que nuestros combatientes aprendieran a realizar operaciones ofensivas, y entre éstos estaba creciendo la idea de que no era posible luchar contra un enemigo que nos superaba en fuerza y medios.

Aplicando su doctrina el ejército asesinó entonces a 900 campesinos de todas las edades y sexos con la idea de quitar el agua al pez y atemorizar a quienes pensaran incorporarse a la insurgencia. El efecto fue el contrario, la masacre generó tal indignación que la incorporación creció; en horas pudimos lograr que nuestra fuerza tomara la ofensiva y aniquilara a una compañía completa del ejército en el mismo lugar de la matanza.

De allí en adelante el ejército sufrió centenares de derrotas militares y, en tres años, le fueron capturadas más de 5000 armas y no menos de tres mil prisioneros, entre ellos el propio viceministro de Defensa de entonces. La regla también valió en el sentido inverso, en los pueblos donde los guerrilleros realizamos ajusticiamientos numerosos de civiles, el apoyo al ejército creció y fue imposible recuperar la confianza de la población.

El asesinato de monseñor Romero es hijo de esta misma doctrina. Se temía que monseñor llamara a una insurrección y por ello se le eliminó. En un conflicto existen siempre actores no armados que el fanatismo de los bandos provoca que se les identifique con su contrario e incluso como los culpables de todo. Los que se constituyen en dirigentes importantes suelen tener un enorme poder simbólico y atacarles sólo sirve para generalizar los conflictos.

Filipinas, Nicaragua y El Salvador sufrieron las consecuencias de ese tipo de decisiones. La eliminación reciente de un líder religioso paralítico en Israel es igual, independientemente de su vinculación con el terrorismo, porque su valor simbólico aumentó con el asesinato y ello contribuirá a que crezca el terrorismo contra Israel. El crimen de monseñor Romero transformó una lucha política social en guerra civil. La guerrilla tuvo dos oleadas de crecimiento, la primera después del fraude electoral de 1972 y la segunda luego del asesinato de monseñor Romero.

Los derechos humanos eran considerados un tormento por los militares, sin embargo, cuando el ejército trataba bien a los prisioneros, las deserciones de guerrilleros aumentaban y, cuando aplicaban una política represiva y torturas, las deserciones cesaban. El buen trato que la guerrilla daba a los soldados y oficiales que se rendían no tenía sólo una base ética, sino que también era una política para “descomponer moralmente las filas contrarias”.

Pese a que se registraron algunas ejecuciones por parte de la guerrilla, el buen trato fue una política altamente exitosa, dando lugar a que los soldados se rindieran con mayor facilidad. En febrero de 1984 en Anamorós, La Unión, casi 200 hombres pertenecientes a un batallón fueron hechos prisioneros con muy poco combate.

Eficacia y buen trato van juntos, e igualmente prepotencia e ineficacia. El uso extremo de fuerza puede producir resultados temporales, pero hace perder legitimidad y ventaja moral y ello retroalimenta los conflictos. El ejército guatemalteco ganó a costa de matar centenares de miles de indígenas, pero la realidad es que ese país alberga para el futuro el conflicto étnico más peligroso de toda Latinoamérica.

La doctrina europea de seguridad usó la fuerza de manera brutal y despiadada, el comercio de esclavos negros y las cámaras de gas fueron inventos europeos. Pero a fuerza de realidad entendieron y cambiaron. Sir Robert Thompson, el más destacado experto británico en el tema, sostiene lo siguiente: “Si el Gobierno no se adhiere a la ley, pierde el respeto y fracasa en cumplir la obligación contractual con su pueblo. Esto conduce a una situación en la cual en lugar de insurrección existe, para todo propósito práctico, una guerra civil en la que ningún lado tiene el derecho de reclamar ser gobierno”.

Sobre la tortura y la ejecución de prisioneros es enfático, “no importa el tamaño de la provocación, ambos son crímenes y lo segundo asesinato” y acerca de respetar legalidad dice: “Cuando el Gobierno se coloca en la posición de proteger inocentes, coloca a los terroristas en la posición de criminales” y algo todavía más contundente: “La caballerosidad en la guerra puede ser un arma sumamente eficaz en debilitar la voluntad de resistencia del oponente, a la vez que aumenta la fuerza moral propia”.

El supuesto incendio que mató un centenar de pandilleros en Honduras o las torturas a los prisioneros ira- quíes son torpezas producto de la prepotencia. El modelo de fuerza es intolerante y asume que todo mundo es sospechoso; el preventivo es tolerante y confía en la gente. El primero se basa en el aparato; el segundo, en los ciudadanos; el primero es ciego y supone los riesgos; el segundo conoce los riesgos y controla los focos críticos; el primero no tiene información y reacciona a los hechos; el segundo tiene información y evita los hechos.

Al primero no le interesa ser amable, supone que la gente debe temer a la ley, para el segundo ser amable es esencial porque necesita de la comunidad para ser eficaz. Para el primero seguridad es tener muchos policías controlando a la sociedad, para el segundo seguridad es que los ciudadanos estén en control de la sociedad.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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