El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La serie de estafas e irregularidades que afectan a una cooperativa
agraria de Nahulingo ilustran la triste situación en que se encuentran
grandes extensiones de tierra del país, como resultado directo
de la reforma de los duartistas. La cooperativa
está en la bancarrota, con deudas que superan los dieciséis
millones de colones.
Los cooperativistas, todos nombrados a dedo, han sido incapaces
de salir del problema, como han sido incapaces de asesorarse debidamente
para solventar en alguna medida su situación. Para ponerlo en términos
simples, cayeron en manos del sobador del cantón.
Hacer dinero con parcelaciones o urbanizaciones no es asunto fácil.
La regla es que no se pueden anticipar todos los costos, lo que aprovechan
los sinvergüenzas cuando los contratos quedan abiertos.
En el caso que nos ocupa, los pobres cooperativistas fueron
víctimas del vivo que les pintó maravillas para caerle encima
a su propiedad, la que también fue robada a sus legítimos
dueños en marzo de 1980. Los estafados aceptaban como documentos
legales los que no pasaban de ser papeles sin valor; todo se hacía
a base de palabras y promesas.
Pero por encima del caso de Nahulingo, expuesto con mucho detalle en la
revista Vértice del domingo pasado, la verdadera tragedia es la
situación en que se encuentran las mejores tierras de labranza
del país, como consecuencia de los robos a mano armada perpetrados
por los duartistas hace casi un cuarto de siglo. Hasta donde sabemos,
todas las cooperativas están endeudadas y ninguna es
capaz de saldar sus compromisos. Esa situación, a su vez, ha reducido
la cantidad y la calidad del empleo en las zonas aledañas a las
tierras, contribuyendo en alto grado a la general depresión del
sector rural.
La quiebra de los incapaces
Si los jornaleros miembros de la cooperativa han sido incapaces
de hacerla producir, nadie esperaría que se conviertan en exitosos
parceladores. Su primer error fue hacer de lado un requerimiento básico
a las cooperativas, cual es que toda venta se tiene que efectuar
en pública subasta. Cumplir con ese requisito les habría
forzado a asesorarse mejor y a quedar bajo la tutela del ISTA.
Al estar las cooperativas en quiebra, carecen de los recursos
para incorporar nueva tecnología y adquirir equipos, cuidar la
naturaleza, diversificar cultivos, lograr economías de escala.
Las cooperativas acabaron con las infraestructuras que había
en esas propiedades, no pudieron mantener los niveles previos de producción
y además talaron la mayor parte de árboles que había
en las haciendas y fincas.
A resultas de la reforma agraria, el campo se empobreció
y a causa de eso forzó a la gente a emigrar a las ciudades o a
salir del país. De una agricultura próspera y progresista,
caímos en una agricultura de subsistencia; encima de ello, con
el pretexto de que se necesitaban recursos financieros para apoyar la
reforma, el régimen duartista estatizó los bancos, los que
también cayeron en la bancarrota. Ha sido sólo después
de la privatización de la banca, que el sistema se pudo de nuevo
regenerar y fortalecer, al punto de que la banca salvadoreña es
la más avanzada en Centro América.
Recomendamos a nuestros lectores releer con mucha atención la crónica
de Vértice, para comprender los motivos por los cuales se sufre
de bajos niveles de vida en nuestra campiña.