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Una luz para los jóvenes de maras

Más riesgo. De los 721 casos registrados en el último año, la mayoría eran pandilleros y trataron de borrarse el tatuaje antes

Publicada 19 de julio 2004, El Diario de Hoy

Rayo infrarrojo. La temperatura del haz es similar a la quemadura de un cigarrillo. Los médicos emplean anestesia local. Foto EDH

Ronald Jovel
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Desde que se inició el proyecto Adiós tatuajes en la Clínica Asistencial Comunitaria de Mejicanos, auspiciado por la Iglesia Católica, más de mil historias de jóvenes han conocido la intensa luz infrarroja de la máquina de remoción de “huellas en la piel”.

Son más hombres que mujeres, aunque todos jóvenes, incluso una niña de 12 años con los números romanos de la 18 marcados en su cuerpo. Algunos con historias poco creíbles, pero todos con algo de miedo en sus palabras. Muchos, enemigos acérrimos puertas afuera o tan sólo unos días antes. A grandes rasgos ésta es parte de la población que acude a liberarse de un tatuaje.

Para la coordinadora del programa Olga Morales, es un método que necesita “paciencia y perseverancia”.

Un trabajo físico que, sin embargo, comienza con una charla a modo de terapia.
En el último año, de 721 casos registrados, un 60 por ciento se relaciona con maras.
En general, estas personas han intentado eliminar con antelación esa huella.

Según Morales, algunas prácticas previas han sido colocarse una plancha caliente en la zona tatuada, echarse ácido o volverse a picar con la máquina hechiza, pero sin tinta.

El contacto diario con los pandilleros le ha permitido indagar en los motivos que les llevan a estas personas a la clínica.

“Muchos pandilleros buscan encontrar un trabajo o emigrar para los Estados Unidos; otros simplemente no han abandonado la mara y lo hacen para evitar ser arrestados, pero no tienen la convicción de querer cambiar”, explica la coordinadora del programa.

Ello pese a que uno de los requisitos para eliminarse un tatuaje es haber abandonado la mara hace cuatro meses y querer cambiar.

El precio del tratamiento, de uno a dos dólares, es simbólico si se tiene en cuenta que sólo un tatuaje puede llevar varias sesiones y meses.

Graciano Culpo, italiano y miembro del programa, indica que el problema estriba en lo demorado de la cura.

El proyecto Adiós Tatuajes, uno de los pocos que existe en el país con este fin, máxime cuando sólo estas marcas casi son constitutivas de delito, trabaja en la incorporación de nueva tecnología para, como dice Culpo, “acelerar el trabajo y la reinserción social y laboral”.

Cubierto de esparadrapo

Carlos es uno más en la lista de la Clínica de Mejicanos. A sus 19 años, tres marcas en su rostro delatan su paso por el oscuro mundo de las pandillas.

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“Amar cura, da nueva vida”

Dos números romanos en el mentón dejan entrever que es un 18. Una lágrima en el pómulo izquierdo y dos letras en la frente son las señales de su pasado.

El muchacho asegura haber dejado la “clica” hace cuatro meses y hoy tiene la esperanza de encontrar un empleo. Por temor a caer en una redada de la policía llegó a la clínica con la cara cubierta de esparadrapo. “Tengo que pasar por varios lugares peligrosos, o me pueden meter preso”, dice antes del tratamiento.

 

 

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