Lafitte Fernández*
El Diario de Hoy
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Verónica estaba radiante y feliz, muy feliz, hace muy pocos días,
cuando obtuvo su maestría en Educación Superior. Ese fue
su segundo título. Hace algunos años, se licenció
en Comunicaciones y Relaciones Públicas. Más orgullosa se
puso el día en que le anunciaron que sería catedrática
de la Universidad Tecnológica. Con destreza y éxito, asumió,
ahí, el reto de enseñar, que no cualquiera lo puede desempeñar
bien. Verónica se sentía una mujer completa.
Una verdadera profesional. Detrás de ella siempre estuvo el esfuerzo
de sus padres. Sé, y me consta, que su papá, Porfirio Osorio,
editor fotográfico de EL DIARIO DE HOY, arañó, hasta
donde pudo, esta democracia, para pagarle los estudios a Verónica.
Estaba convencido de que sería una mujer de bien. Mil veces pidió
prestado Osorio para pagarle los estudios. Mil veces también se
sintió él feliz cuando miraba que se graduaba con notas
sobresalientes. Esa mujer era sus ojos.
Todavía recuerdo todas las ocasiones en que el Negro
Osorio entraba en mi oficina a contarme las conquistas académicas
de su hija y el brillo con el que se abría paso en esta sociedad.
Y, cada vez que podía, ella agradecía, a sus padres, los
enormes sacrificios que hicieron para que ella pudiera estudiar. Sabía
que el mejor camino para triunfar que pueden escoger quienes apenas tienen
lo justo, es el estudio.
Hace dos noches, Verónica no llegó a dormir a su casa. Fue
hasta la mañana siguiente que el Negro supo lo que
le sucedió.
Verónica está muerta. Anoche le velaron. Hoy le enterrarán.
La noche del lunes le mataron unos delincuentes que se subieron al microbús
en el que viajaba hacia su casa en Soyapango. Dicen que en el autobús
se armó una balacera cuando un hombre intentó defender sus
bienes ante esos analfabetos del espíritu. Una bala disparada por
los asaltantes le perforó el pecho a Verónica.
Supe de la muerte de Verónica la mañana de ayer, mientras
desayunaba con un amigo.
Camino a EL DIARIO DE HOY me dijeron algo más: el Negro
Osorio estaba en la morgue judicial. Quería recoger el cuerpo para
velar a Verónica.
Fue entonces cuando enderecé el carro hacia la morgue judicial.
Pero, no tuve el coraje de llegar, ahí, a abrazar al Negro
Osorio, el mismo amigo que conocí cuando, hace 10 años,
llegué a EL DIARIO DE HOY.
Soy padre de mujeres. Sé lo que puede doler la muerte de una niña
que se ama como él amó a Verónica.
Preferí tomar el teléfono celular y le llamé. Cuando
escuchó mi voz, se puso a llorar. No podía hablar. Sólo
tuve tiempo decirle: Agarrate de Dios, Negro, agarrate de Dios.
La muerte de Verónica me recordó una conversación
que, hace ocho días, sostuvimos un grupo de periodistas centroamericanos
en Guatemala. El tema se sobremesa se centró en el papel del periodismo
y la delincuencia.
Quienes todo lo abonan a las leyes que rigen la sociedad dijeron que deberíamos
concentrarnos en el análisis de las causas. Hubo quien aseguró
que así contribuiríamos a hacer periodismo para mayorías.
Entonces alcé la mano y pregunté: ¿Y qué hacemos
cuando un 90% de las personas te dice que se haga lo que sea para frenar
a los delincuentes? ¿De qué lado nos colocamos? ¿
Del 90% o nos acercamos al 10% restante? ¿De qué lado debe
estar, en un caso como ese, un periodismo que sirve a las mayorías?
Ahora que Verónica murió asesinada, comprendo por qué
muchos no pudieron responder coherentemente, a mis preguntas, esa helada
tarde de Guatemala.
*Gerente de Redacción.