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| Sospechoso. De la tranquilidad de un cantón
de Chirilagua al agitado mundo de las maras en Virginia, EE.UU..Foto
EDH |
Por Mary Beth Sheridan The Washington Post
Especial para El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Eran las manos lo que
el teniente Jason Jenkins recordaría.
La víctima estaba tirada sobre la acera delante de un complejo
de apartamentos en Alexandria, con las manos trémulas en el aire
frío de la noche. Jenkins esperaba algún tipo de problema
cuando recibió la llamada: Un hombre tirado en la Edsall
Road. Pero no aquello. Era un muchacho de 16 años que agitaba
sus manos.
Estaba sufriendo, rogándonos que le salváramos la
vida, diciéndonos: Por favor, salven mis manos,
recordó Jenkins, quien es paramédico con 10 años
de experiencia.
Jenkins le miró las manos. Estaban ensangrentadas. Las observó
con detenimiento. Le faltaban los dedos. Habían sido cortados con
un machete.
Sin duda ha sido el acto de violencia más inhumano con el
que me he encontrado, dijo.
El pasado 13 de mayo, tres días después del ataque con machete,
la policía entró en el apartamento de una familia salvadoreña
en Annandale y esposó a Hayner R. Flores. Fue el primero de tres
supuestos pandilleros que serían acusados de atacar al muchacho
de 16 años.
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El desenlace inesperado |
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En un cantón de las afueras de Chirilagua,
donde sólo quedan viejos y niños, nunca se escucha hablar
de maras. |
Flores, de 18 años de edad, dijo que él
no empuñó el machete aquella noche. Pero mientras el caso
se desenvuelve, nadie niega su descenso al interior de la Mara Salvatrucha,
o MS-13, la pandilla más grande y más violenta del Norte
de Virginia.
La historia de Flores es un ejemplo del turbulento mundo de pobreza en
el que se mueven algunos inmigrantes latinos menores de edad, y las pandillas
que los atraen.
Sólo unos años atrás, Flores era uno más de
tantos adolescentes salvadoreños que sueñan con ir a Estados
Unidos, reunirse con sus padres después de una larga separación,
y comprarse un auto deportivo. Pero una vez que llegó aquí
comenzaron sus problemas con el nuevo idioma y con su familia.
La MS-13 le ofreció a Flores integrarse en un tipo de tribu, según
comentaron sus amigos. Le proporcionaron amigos que hablaban español,
la sensación de pertenecer a algo e incluso un nuevo nombre. Pero
aquélla era una tribu en guerra. Habiendo dejado atrás un
país herido por la guerra, Flores se introdujo en un nuevo campo
de batalla: el Norte de Virginia.
Un nuevo comienzo
Era el brazo lo que María Isabel Flores recordaría. Ella
se encontraba en el apartamento familiar, esperando a que Hayner se despertara.
Aquella mañana de finales del año 2002, Flores se fijó
en el antebrazo de su hijo cuando éste entró en la sala
de estar. Tres puntos, hechos con quemaduras de cigarrillos,que formaban
un triángulo.
Su esposo le había advertido sobre esa marca que representaba tres
palabras: La Vida Loca. El símbolo de las pandillas.
Yo le dije, Hayner ¿qué tienes en el brazo?. Porque
él trataba de esconderlo, recordó su madre recientemente.
Hayner trató de no darle mayor importancia a la pregunta. Unos
muchachos locos me hicieron eso, respondió, según
su madre, y le dijo que no se preocupara.
Pero María Isabel Flores se preocupó. Su hijo había
nacido en plena guerra de El Salvador. Aquel caos había hecho que
ella y su compañero, Rigoberto Hernández, emigraran a finales
de los años 80. Dejaron a Hayner, con dos años de edad,
al cuidado de sus abuelos en un lugar a las afueras de Chirilagua.
La pareja pensaba que el Norte de Virginia les ofrecería un nuevo
comienzo y que pronto podrían traer a su hijo a vivir con ellos.
Pero, al igual que muchos otros inmigrantes indocumentados pronto comprendieron
que les tomaría años arreglar la situación.
Los padres aseguraron que se mantuvieron al tanto de la vida de su hijo.
Telefoneaban a El Salvador con frecuencia y le enviaban regalos, camisetas
de Kmart, un tigre de peluche, un juego de Nintendo. Lo que pidiera,
dijo Flores quien trabaja como empleada de la limpieza.
Cuando iba a cumplir 15 años, Hayner pidió venir a Estados
Unidos. Sus papeles legales aún no se habían formalizado,
así que su padre, quien trabaja en el servicio de mantenimiento,
y su madre juntaron $6.000 para que lo pasaran ilegalmente a Los Ángeles.
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| Sufrimiento. Rigoberto Hernández y María
Isabel Flores juega con su hijo menor, Elvis, en su apartamento en
Annandale, Virginia.Foto EDH |
En abril del año 2001, Hayner Flores llegó
al aeropuerto de Dulles y fue recibido por sus padres, entre abrazos y
llantos de alegría. Se había convertido en un joven alto
y bien parecido, con anchas espaldas, cabello negro y cejas pobladas,
como en las fotos que les había enviado, para asegurarse de que
sus padres le reconocerían a su llegada.
Hayner estaba siguiendo la ruta de un número incalculable de jóvenes
Centroamericanos. Un estudio de Harvard, del año 2002, encontró
que el 80 por ciento de los jóvenes que emigraron a Estados Unidos
desde esa región habían estado separados de sus padres por
un largo período de tiempo.
Esos niños con frecuencia idealizan el poder reunirse con sus padres.
Se trata de la historia que rodea a esa mítica familia que
te envía dinero, dijo Carola Suárez-Orozco, la sicóloga
que fue coautora del estudio.
Al reunirse con sus padres, muchos de esos jóvenes sienten que
están en la compañía de extraños, en ocasiones
teniendo que compartir con otros niños a los que nunca conocieron.
Eso lleva a que alguno de estos jóvenes inmigrantes caigan presas
del resentimiento, la angustia o la depresión.
A María Isabel Flores le preocupaba que Hayner se pudiera sentir
así. Por eso cuando llegó a Virginia, se sentaron con él
y le preguntaron si no se había sentido querido. La respuesta del
muchacho les hizo sentir mejor: ¿Cómo no les voy a
querer? Ustedes son mis padres.
Pero pocos días después, comenzaron los problemas.
Hayner se peleaba con sus hermanos nacidos en Estados Unidos. Comenzó
a dormir en la sala de estar, en lugar de compartir una habitación
con su hermano menor. Hayner se portaba bien con sus padres, pero poco
a poco comenzó a no querer acompañarlos a la iglesia o a
la casa de familiares, prefiriendo quedarse en la calle con otros muchachos.
Luego comenzaron las llamadas de Annandale High School. Decían
que era maleducado, que interrumpía las clases, explicó
la madre. Ella estaba sorprendida por recibir estas quejas sobre su hijo
quien era tan callado. Pero las llamadas continuaron.
Hayner les dijo a sus padres que los maestros le tenían manía
porque era hispano. Sus padres se preguntaron si eso sería cierto.
Don Clausen, el director de Annandale High en aquella época y quien
fuera voluntario de los Cuerpos de Paz en Sudamérica, dijo que
la discriminación nunca fue parte del problema. Recordó
a Flores como uno de los jóvenes inmigrantes que llegan a Annandale
con muy poca educación formal y menos familiar.
Carecía de una base social, dijo Clausen. No
sabía cómo relacionarse con otros muchachos o adultos, especialmente
con una figura de autoridad.
Con el tiempo, la escuela llamó reiteradamente a los padres de
Flores. Según dijeron, las autoridades escolares querían
darle a Hayner más oportunidades. Pero luego comenzó a faltar
a clase. Lo castigaban con detenciones, pero se las saltaba. Se puso un
tatuaje y las autoridades le comunicaron a sus padres que aquello era
una prueba de que estaba metido con las pandillas.
Simplemente eran incapaces de tratar el problema, dijo Clausen.
Aquí está este joven de 16 años, viviendo en
tu hogar, involucrado en actividad pandillera y criminal. ¿Qué
haces?.
Los padres de Flores regañaron a su hijo y él prometió
portarse bien. Pero nada cambió. Trataron de no dejarle salir a
la calle, pero el teléfono no dejaba de sonar, con amigos que insistían
en que saliera.
Nunca supimos los apellidos de esos amigos, dijo Hernández.
Su madre y yo trabajando y teniendo que cuidar de los más
pequeños, no podíamos estar detrás de él,
explicó el padre.
Entonces los padres de Flores llamaron a la policía, cuando el
muchacho desapareció durante varios días. La policía
lo encontró y lo interrogó durante horas, según sus
padres. La madre de Flores se sentía culpable.
Me dolía el alma. Pensaba: Pobre muchacho, dijo. Pero
todas las advertencias parecían hacer poco efecto en Flores. Un
día lo suspendieron de la escuela por empujar a otro estudiante
contra una pared. Luego comenzó a desaparecer de la casa durante
largos períodos de tiempo. Cada vez que regresaba a casa,
traía un nuevo tatuaje, dijo la madre.
Nueva identidad
Según alguno de sus amigos, al principio los tatuajes eran como
una travesura. Los otros muchachos los llevaban y él quería
uno también Pensaba que era divertido, dijo Carolina
Paz, de 18 años. Para los que le conocían, Flores era un
muchacho al que le gustaba bailar y cantar la romántica bachata.
Aunque de carácter fuerte, siempre se mostraba protector con las
mujeres. De Paz recuerda como le traía hamburguesas del McDonalds
cuando estaba embarazada, y como luego le ayudaba a darle el biberón
al bebé. Pero algo le hizo cambiar. Según De Paz fue la
ruptura con su novia.
Después de eso comenzó a decir cosas raras, sobre
las pandillas, comentó. Otros amigos dijeron que Flores se
unió a la MS-13 después de que muchos de sus amigos se marcharan
de la escuela.
Estos jóvenes se sienten solos. Esa es la razón por
la que hacen eso, dijo Tomasa Trejo, la madre de Carolina.
Flores poco a poco comenzó a adoptar una nueva identidad. Comenzó
a vestirse como sus amigos de la MS-13 y se colocó un rosario de
plástico alrededor del cuello, según sus conocidos. Se rapó
la cabeza. Los tatuajes le cubrían los brazos una rosa, manos
unidas como en una oración, el número 13. Como la mayoría
de los pandilleros, su nombre pasó a ser un apodo: Spike.
Como Spike, Hayner ya no estaba solo. Se estima que la Mara Salvatrucha
la componen unos 3.500 miembros en nuestra área. Según la
policía se trata de una banda multinacional de salvadoreños,
hondureños, mexicanos, nicaragüenses y bolivianos inmigrantes
e hijos de inmigrantes. Los hay tan jóvenes como de 9 años
de edad y tan adultos como de 35.
Flores comenzó a vivir por temporadas en los apartamentos de sus
amigos. Pero la MS-13 era más que una nueva familia. El grupo ha
estado asociado con actos violentos desde su fundación en los años
80 en Los Ángeles, cuando un grupo de jóvenes salvadoreños
que habían huido de la guerra civil en su país se unieron
para protegerse de las pandillas mexicanas y afroamericanas.
Más tarde la MS-13 se expandió a la Costa Este y a Centroamérica.
En el área de Washington los nuevos miembros son iniciados recibiendo
una paliza, según la policía. Y la pandilla requiere de
sus miembros que participen en ataques violentos contra otros grupos o
contra los miembros que violan sus leyes.
Con el tiempo el mundo de Flores se dividió en dos: Su pandilla
y los otros. Según le dijo a sus padres, ya no podía vivir
con ellos porque pandilleros rivales vivían en las cercanías.
La madre de Flores sospechó que él tuvo dudas después
de unirse a la MS-13 y le preguntó qué podía hacer
para sacarlo de la pandilla. Nadie puede ayudarme. Ya estoy dentro.
No me puedo marchar, le respondió.
Uno de los amigos de Flores, Manuel Plazaola Vargas, había sido
acusado de una de las más serias violaciones contra la pandilla:
hablar con la policía.
Plazaola Vargas, de origen nicaragüense, testificaría en una
audiencia sobre Flores, en la Corte General de Distrito del Condado de
Fairfax, que sobre las 2 de la madrugada del pasado 22 de abril, se detuvo
en un 7-Eleven de la Little River Turnpike para comprar una bebida. Cuando
salió de su auto escuchó que le gritaban: Eres un
soplón.
Plazaola Vargas dijo que vio a Flores y a otros dos muchachos. Le dieron
una paliza y lo apuñalaron en una oreja, el cuello y el hombro.
Tuvo que ser hospitalizado.
Flores recibió cargos después del testimonio de Plazaola
Vargas a finales de junio. Su abogado argumentó que no existía
suficiente evidencia para involucrarle en el ataque. Dieciocho días
más tarde de aquel altercado, en una casa de la Edsall Road donde
hay una estatua de la Virgen María en el jardín, dos perros
comenzaron a aullar.
Douglas Quant recuerda haber mirado fuera para saber qué era lo
que había molestado a sus dos pastores alemanes a la una de la
madrugada.
Al otro lado de la calle vio a un grupo de unos seis jóvenes salir
corriendo de los apartamentos de Edsall Gardens. Quant, quien es nicaragüense,
dijo haber reconocido el brillo de un machete.
Un bloque más arriba, un joven de 16 años años gritaba
por ayuda. El joven había estado caminando aquella noche y se tropezó
con unos de la MS, según dijo luego en una breve entrevista.
Policías que hablaron bajo condición de que no se revelara
su identidad dijeron que el joven y dos amigos insultaron a los pandilleros
de la MS-13, incluyendo a Flores.
Estos fueron a un apartamento a armarse de machetes y persiguieron al
grupo hasta que alcanzaron al joven. Cuando llevaron al muchacho a Inova
Fairfax Hospital, el cirujano Khalique Zahir consiguió volver a
unirle cuatro dedos de la mano derecha, pero sólo pudo salvarle
el dedo pulgar de la mano izquierda.
Durante la cirugía el doctor dijo haber observado lo que parecían
marcas de un tatuaje en las manos del joven. Según amigos de la
víctima, eran las iniciales SSL, South Side Locos, la segunda pandilla
más grande del Norte de Virginia, con unos 1.500 miembros.
El muchacho, sin embargo, niega que tuviera ese tatuaje. Sus padres, inmigrantes
salvadoreños, también aseguraron que su hijo no es un pandillero.
La policía dijo que los atacantes no parecían haber buscado
la mutilación de las manos de la víctima, pero el doctor
Zahir dijo que era posible que la mano izquierda le hubiera sido extendida
para cortarle los dedos.
No puedo imaginarme a alguien pasando ese tipo de sufrimiento,
dijo Zahir. Reacción Gran cantidad de crímenes pandilleros
ocurren en el área metropolitana cada año. Pero después
del ataque con machete la comunidad reaccionó llamando a las oficinas
de los gobiernos locales, alarmada por la violencia de las pandillas.
Los políticos respondieron pronto y el legislador Frank R. Wolf
(R-VA) añadió $500.000 en fondos para el combate contra
las pandillas en el Norte de Virginia, los cuales se sumaron a los más
de un millón de dólares que ya se habían aprobado
este año.
Un comité del Congreso prometió financiar un nuevo National
Gang Intelligence Center. A petición del gobernador Mark R. Warner
(D), la legislatura de Virginia aprobó más de un millón
de dólares para nuevos recursos legales y una fuerza de combate
anti-pandillas.
Pero incluso con el incremento de recursos, será difícil
debilitar a las pandillas que atrapan a sus seguidores en una cadena de
amor, poder, diversión y temor.
La lealtad de Flores es prueba de ello. Aunque los cargos que pesan sobre
él pueden mantenerlo entre rejas durante décadas, en la
ventana de su celda ya marcó un símbolo: MS-13.
María Glod, Tom Jackman e Ian Shapira contribuyeron a este informe.