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Brutalidad pandillera en el Norte de Virginia

El arresto del joven salvadoreño Hayner Flores, acusado de atacar con machete a un joven de 16 años, deja a su familia sumida en un drama inexplicable.

Publicada 04 de julio 2004, El Diario de Hoy

Sospechoso. De la tranquilidad de un cantón de Chirilagua al agitado mundo de las maras en Virginia, EE.UU..Foto EDH

Por Mary Beth Sheridan The Washington Post
Especial para El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Eran las manos lo que el teniente Jason Jenkins recordaría.

La víctima estaba tirada sobre la acera delante de un complejo de apartamentos en Alexandria, con las manos trémulas en el aire frío de la noche. Jenkins esperaba algún tipo de problema cuando recibió la llamada: “Un hombre tirado en la Edsall Road”. Pero no aquello. Era un muchacho de 16 años que agitaba sus manos.

“Estaba sufriendo, rogándonos que le salváramos la vida, diciéndonos: ‘Por favor, salven mis manos’”, recordó Jenkins, quien es paramédico con 10 años de experiencia.
Jenkins le miró las manos. Estaban ensangrentadas. Las observó con detenimiento. Le faltaban los dedos. Habían sido cortados con un machete.

“Sin duda ha sido el acto de violencia más inhumano con el que me he encontrado”, dijo.
El pasado 13 de mayo, tres días después del ataque con machete, la policía entró en el apartamento de una familia salvadoreña en Annandale y esposó a Hayner R. Flores. Fue el primero de tres supuestos pandilleros que serían acusados de atacar al muchacho de 16 años.

El desenlace inesperado
  En un cantón de las afueras de Chirilagua, donde sólo quedan viejos y niños, nunca se escucha hablar de maras.

Flores, de 18 años de edad, dijo que él no empuñó el machete aquella noche. Pero mientras el caso se desenvuelve, nadie niega su descenso al interior de la Mara Salvatrucha, o MS-13, la pandilla más grande y más violenta del Norte de Virginia.

La historia de Flores es un ejemplo del turbulento mundo de pobreza en el que se mueven algunos inmigrantes latinos menores de edad, y las pandillas que los atraen.
Sólo unos años atrás, Flores era uno más de tantos adolescentes salvadoreños que sueñan con ir a Estados Unidos, reunirse con sus padres después de una larga separación, y comprarse un auto deportivo. Pero una vez que llegó aquí comenzaron sus problemas con el nuevo idioma y con su familia.

La MS-13 le ofreció a Flores integrarse en un tipo de tribu, según comentaron sus amigos. Le proporcionaron amigos que hablaban español, la sensación de pertenecer a algo e incluso un nuevo nombre. Pero aquélla era una tribu en guerra. Habiendo dejado atrás un país herido por la guerra, Flores se introdujo en un nuevo campo de batalla: el Norte de Virginia.

Un nuevo comienzo

Era el brazo lo que María Isabel Flores recordaría. Ella se encontraba en el apartamento familiar, esperando a que Hayner se despertara. Aquella mañana de finales del año 2002, Flores se fijó en el antebrazo de su hijo cuando éste entró en la sala de estar. Tres puntos, hechos con quemaduras de cigarrillos,que formaban un triángulo.

Su esposo le había advertido sobre esa marca que representaba tres palabras: “La Vida Loca”. El símbolo de las pandillas. “Yo le dije, Hayner ¿qué tienes en el brazo?. Porque él trataba de esconderlo”, recordó su madre recientemente.

Hayner trató de no darle mayor importancia a la pregunta. “Unos muchachos locos me hicieron eso”, respondió, según su madre, y le dijo que no se preocupara.

Pero María Isabel Flores se preocupó. Su hijo había nacido en plena guerra de El Salvador. Aquel caos había hecho que ella y su compañero, Rigoberto Hernández, emigraran a finales de los años 80. Dejaron a Hayner, con dos años de edad, al cuidado de sus abuelos en un lugar a las afueras de Chirilagua.

La pareja pensaba que el Norte de Virginia les ofrecería un nuevo comienzo y que pronto podrían traer a su hijo a vivir con ellos. Pero, al igual que muchos otros inmigrantes indocumentados pronto comprendieron que les tomaría años arreglar la situación.

Los padres aseguraron que se mantuvieron al tanto de la vida de su hijo. Telefoneaban a El Salvador con frecuencia y le enviaban regalos, camisetas de Kmart, un tigre de peluche, un juego de Nintendo. “Lo que pidiera”, dijo Flores quien trabaja como empleada de la limpieza.
Cuando iba a cumplir 15 años, Hayner pidió venir a Estados Unidos. Sus papeles legales aún no se habían formalizado, así que su padre, quien trabaja en el servicio de mantenimiento, y su madre juntaron $6.000 para que lo pasaran ilegalmente a Los Ángeles.

Sufrimiento. Rigoberto Hernández y María Isabel Flores juega con su hijo menor, Elvis, en su apartamento en Annandale, Virginia.Foto EDH

En abril del año 2001, Hayner Flores llegó al aeropuerto de Dulles y fue recibido por sus padres, entre abrazos y llantos de alegría. Se había convertido en un joven alto y bien parecido, con anchas espaldas, cabello negro y cejas pobladas, como en las fotos que les había enviado, para asegurarse de que sus padres le reconocerían a su llegada.

Hayner estaba siguiendo la ruta de un número incalculable de jóvenes Centroamericanos. Un estudio de Harvard, del año 2002, encontró que el 80 por ciento de los jóvenes que emigraron a Estados Unidos desde esa región habían estado separados de sus padres por un largo período de tiempo.

Esos niños con frecuencia idealizan el poder reunirse con sus padres. “Se trata de la historia que rodea a esa mítica familia que te envía dinero”, dijo Carola Suárez-Orozco, la sicóloga que fue coautora del estudio.

Al reunirse con sus padres, muchos de esos jóvenes sienten que están en la compañía de extraños, en ocasiones teniendo que compartir con otros niños a los que nunca conocieron. Eso lleva a que alguno de estos jóvenes inmigrantes caigan presas del resentimiento, la angustia o la depresión.

A María Isabel Flores le preocupaba que Hayner se pudiera sentir así. Por eso cuando llegó a Virginia, se sentaron con él y le preguntaron si no se había sentido querido. La respuesta del muchacho les hizo sentir mejor: “¿Cómo no les voy a querer? Ustedes son mis padres”.
Pero pocos días después, comenzaron los problemas.

Hayner se peleaba con sus hermanos nacidos en Estados Unidos. Comenzó a dormir en la sala de estar, en lugar de compartir una habitación con su hermano menor. Hayner se portaba bien con sus padres, pero poco a poco comenzó a no querer acompañarlos a la iglesia o a la casa de familiares, prefiriendo quedarse en la calle con otros muchachos.

Luego comenzaron las llamadas de Annandale High School. “Decían que era maleducado, que interrumpía las clases”, explicó la madre. Ella estaba sorprendida por recibir estas quejas sobre su hijo quien era tan callado. Pero las llamadas continuaron.

Hayner les dijo a sus padres que los maestros le tenían manía porque era hispano. Sus padres se preguntaron si eso sería cierto. Don Clausen, el director de Annandale High en aquella época y quien fuera voluntario de los Cuerpos de Paz en Sudamérica, dijo que la discriminación nunca fue parte del problema. Recordó a Flores como uno de los jóvenes inmigrantes que llegan a Annandale con muy poca educación formal y menos familiar.

“Carecía de una base social”, dijo Clausen. “No sabía cómo relacionarse con otros muchachos o adultos, especialmente con una figura de autoridad”.

Con el tiempo, la escuela llamó reiteradamente a los padres de Flores. Según dijeron, las autoridades escolares querían darle a Hayner más oportunidades. Pero luego comenzó a faltar a clase. Lo castigaban con detenciones, pero se las saltaba. Se puso un tatuaje y las autoridades le comunicaron a sus padres que aquello era una prueba de que estaba metido con las pandillas.

“Simplemente eran incapaces de tratar el problema”, dijo Clausen. “Aquí está este joven de 16 años, viviendo en tu hogar, involucrado en actividad pandillera y criminal. ¿Qué haces?”.
Los padres de Flores regañaron a su hijo y él prometió portarse bien. Pero nada cambió. Trataron de no dejarle salir a la calle, pero el teléfono no dejaba de sonar, con amigos que insistían en que saliera.

“Nunca supimos los apellidos de esos amigos”, dijo Hernández. “Su madre y yo trabajando y teniendo que cuidar de los más pequeños, no podíamos estar detrás de él”, explicó el padre.
Entonces los padres de Flores llamaron a la policía, cuando el muchacho desapareció durante varios días. La policía lo encontró y lo interrogó durante horas, según sus padres. La madre de Flores se sentía culpable.

“Me dolía el alma. Pensaba: Pobre muchacho”, dijo. Pero todas las advertencias parecían hacer poco efecto en Flores. Un día lo suspendieron de la escuela por empujar a otro estudiante contra una pared. Luego comenzó a desaparecer de la casa durante largos períodos de tiempo. “Cada vez que regresaba a casa, traía un nuevo tatuaje”, dijo la madre.
Nueva identidad

Según alguno de sus amigos, al principio los tatuajes eran como una travesura. Los otros muchachos los llevaban y él quería uno también “Pensaba que era divertido”, dijo Carolina Paz, de 18 años. Para los que le conocían, Flores era un muchacho al que le gustaba bailar y cantar la romántica bachata.

Aunque de carácter fuerte, siempre se mostraba protector con las mujeres. De Paz recuerda como le traía hamburguesas del McDonald’s cuando estaba embarazada, y como luego le ayudaba a darle el biberón al bebé. Pero algo le hizo cambiar. Según De Paz fue la ruptura con su novia.

“Después de eso comenzó a decir cosas raras, sobre las pandillas”, comentó. Otros amigos dijeron que Flores se unió a la MS-13 después de que muchos de sus amigos se marcharan de la escuela.

“Estos jóvenes se sienten solos. Esa es la razón por la que hacen eso”, dijo Tomasa Trejo, la madre de Carolina.

Flores poco a poco comenzó a adoptar una nueva identidad. Comenzó a vestirse como sus amigos de la MS-13 y se colocó un rosario de plástico alrededor del cuello, según sus conocidos. Se rapó la cabeza. Los tatuajes le cubrían los brazos —una rosa, manos unidas como en una oración, el número 13. Como la mayoría de los pandilleros, su nombre pasó a ser un apodo: Spike.

Como Spike, Hayner ya no estaba solo. Se estima que la Mara Salvatrucha la componen unos 3.500 miembros en nuestra área. Según la policía se trata de una banda multinacional de salvadoreños, hondureños, mexicanos, nicaragüenses y bolivianos inmigrantes e hijos de inmigrantes. Los hay tan jóvenes como de 9 años de edad y tan adultos como de 35.
Flores comenzó a vivir por temporadas en los apartamentos de sus amigos. Pero la MS-13 era más que una nueva familia. El grupo ha estado asociado con actos violentos desde su fundación en los años 80 en Los Ángeles, cuando un grupo de jóvenes salvadoreños que habían huido de la guerra civil en su país se unieron para protegerse de las pandillas mexicanas y afroamericanas.

Más tarde la MS-13 se expandió a la Costa Este y a Centroamérica. En el área de Washington los nuevos miembros son iniciados recibiendo una paliza, según la policía. Y la pandilla requiere de sus miembros que participen en ataques violentos contra otros grupos o contra los miembros que violan sus leyes.

Con el tiempo el mundo de Flores se dividió en dos: Su pandilla y los otros. Según le dijo a sus padres, ya no podía vivir con ellos porque pandilleros rivales vivían en las cercanías.
La madre de Flores sospechó que él tuvo dudas después de unirse a la MS-13 y le preguntó qué podía hacer para sacarlo de la pandilla. “Nadie puede ayudarme. Ya estoy dentro. No me puedo marchar”, le respondió.

Uno de los amigos de Flores, Manuel Plazaola Vargas, había sido acusado de una de las más serias violaciones contra la pandilla: hablar con la policía.

Plazaola Vargas, de origen nicaragüense, testificaría en una audiencia sobre Flores, en la Corte General de Distrito del Condado de Fairfax, que sobre las 2 de la madrugada del pasado 22 de abril, se detuvo en un 7-Eleven de la Little River Turnpike para comprar una bebida. Cuando salió de su auto escuchó que le gritaban: “Eres un soplón”.

Plazaola Vargas dijo que vio a Flores y a otros dos muchachos. Le dieron una paliza y lo apuñalaron en una oreja, el cuello y el hombro. Tuvo que ser hospitalizado.

Flores recibió cargos después del testimonio de Plazaola Vargas a finales de junio. Su abogado argumentó que no existía suficiente evidencia para involucrarle en el ataque. Dieciocho días más tarde de aquel altercado, en una casa de la Edsall Road donde hay una estatua de la Virgen María en el jardín, dos perros comenzaron a aullar.

Douglas Quant recuerda haber mirado fuera para saber qué era lo que había molestado a sus dos pastores alemanes a la una de la madrugada.

Al otro lado de la calle vio a un grupo de unos seis jóvenes salir corriendo de los apartamentos de Edsall Gardens. Quant, quien es nicaragüense, dijo haber reconocido el brillo de un machete.

Un bloque más arriba, un joven de 16 años años gritaba por ayuda. El joven había estado caminando aquella noche y se “tropezó con unos de la MS”, según dijo luego en una breve entrevista.

Policías que hablaron bajo condición de que no se revelara su identidad dijeron que el joven y dos amigos insultaron a los pandilleros de la MS-13, incluyendo a Flores.

Estos fueron a un apartamento a armarse de machetes y persiguieron al grupo hasta que alcanzaron al joven. Cuando llevaron al muchacho a Inova Fairfax Hospital, el cirujano Khalique Zahir consiguió volver a unirle cuatro dedos de la mano derecha, pero sólo pudo salvarle el dedo pulgar de la mano izquierda.

Durante la cirugía el doctor dijo haber observado lo que parecían marcas de un tatuaje en las manos del joven. Según amigos de la víctima, eran las iniciales SSL, South Side Locos, la segunda pandilla más grande del Norte de Virginia, con unos 1.500 miembros.

El muchacho, sin embargo, niega que tuviera ese tatuaje. Sus padres, inmigrantes salvadoreños, también aseguraron que su hijo no es un pandillero. La policía dijo que los atacantes no parecían haber buscado la mutilación de las manos de la víctima, pero el doctor Zahir dijo que era posible que la mano izquierda le hubiera sido extendida para cortarle los dedos.

“No puedo imaginarme a alguien pasando ese tipo de sufrimiento”, dijo Zahir. Reacción Gran cantidad de crímenes pandilleros ocurren en el área metropolitana cada año. Pero después del ataque con machete la comunidad reaccionó llamando a las oficinas de los gobiernos locales, alarmada por la violencia de las pandillas. Los políticos respondieron pronto y el legislador Frank R. Wolf (R-VA) añadió $500.000 en fondos para el combate contra las pandillas en el Norte de Virginia, los cuales se sumaron a los más de un millón de dólares que ya se habían aprobado este año.

Un comité del Congreso prometió financiar un nuevo National Gang Intelligence Center. A petición del gobernador Mark R. Warner (D), la legislatura de Virginia aprobó más de un millón de dólares para nuevos recursos legales y una fuerza de combate anti-pandillas.

Pero incluso con el incremento de recursos, será difícil debilitar a las pandillas que atrapan a sus seguidores en una cadena de amor, poder, diversión y temor.

La lealtad de Flores es prueba de ello. Aunque los cargos que pesan sobre él pueden mantenerlo entre rejas durante décadas, en la ventana de su celda ya marcó un símbolo: “MS-13”. María Glod, Tom Jackman e Ian Shapira contribuyeron a este informe.

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