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Una mirada de fe
La vida humana es sagrada

La mayoría del pueblo salvadoreño es creyente, y como hombres y mujeres de fe, tenemos que aceptar el reto de defender la vida en todas sus etapas y luchar contra toda mentalidad que amenace la vida.

Publicada 04 de julio 2004, El Diario de Hoy

Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy

osrobla@hotmail.com

La vida es un don de Dios, es sagrada, es el fruto de su acción creadora, único dueño desde el inicio de la concepción hasta la muerte. Todos deseamos tener excelente salud y vivir por muchos años, porque vivir es algo maravilloso, por eso procuramos defender nuestra existencia de todo aquello que la ponga en peligro. La vida tiene un valor y una dignidad.

Gracias a Dios en el mundo ha crecido el reconocimiento social por la dignidad humana y por los derechos ciudadanos, así como la condena por los atropellos y violaciones de los mismos derechos. Este logro es algo muy positivo que tenemos que alabar, sin embargo; tenemos que reconocer que en nuestra sociedad vivimos inmersos en la “cultura de la muerte”, evidenciada por los numerosos crímenes que se cometen cada día y por los atropellos a la dignidad humana que en gran escala nos informan los medios de comunicación social.

Juan Pablo II, infatigable defensor de la vida, no duda en afirmar: “El Siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes” (E.V.17).

La mayoría del pueblo salvadoreño es creyente, y como hombres y mujeres de fe, tenemos que aceptar el reto de defender la vida en todas sus etapas y luchar contra toda mentalidad que amenace la vida quitando la paz y la armonía en los hogares. Dios ha tomado la vida del ser humano bajo su protección y prohíbe su destrucción: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mate deberá responder ante la justicia” (Mt.5, 21).

Cristo ha proclamando que Él ha sido enviado por el Padre Dios para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia, este llamado divino es para la vida, no para la muerte. Este respeto por la vida brota de la misma dignidad de la persona, y ni siquiera hace falta que seamos creyentes para defenderla, la vida en si misma tiene un valor, independientemente de nuestras creencias, es un valor que nadie tiene derecho a suprimir.

 En el corazón del hombre, nos dice Jesús, anidan los más variados crímenes: “porque del corazón salen los designios perversos, los homicidios, los adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias” (Mt.15, 19). Estas situaciones  son una gravísima ofensa a Dios Creador, único y absoluto dueño de la vida. ¡Cuántos homicidios, violaciones, amenazas a muerte, venganzas, etc., se están dando en la ciudad y en el campo! ¡Cuántas personas dicen que viven atemorizadas y que ya es imposible transitar por las calles a ciertas horas de la noche! ¿La vida ya no es considerada como un valor absoluto de la persona? ¿Estaremos perdiendo el sentido de Dios? ¿Ya no se habla de sus mandamientos? ¿Qué está pasando en las familias? La situación de inseguridad en que estamos viviendo nos está indicando que existe una crisis de valores y que se están perdiendo los principios morales que deben regular nuestra vida.

¿Qué hacer frente a esta situación? ¿Cuál debe ser nuestra actitud como cristianos? Recordemos el reclamo que Dios hace a Caín por haber matado a su hermano Abel: “¿Qué has hecho? Habla la sangre de tu hermano y desde la tierra grita hacia mí. Por lo tanto, maldito serás, y vivirás lejos de este suelo fértil que se ha abierto para recibir la sangre de tu hermano, que tu mano derramó” (Gen.4, 10-12). Este reproche sigue sonando en la conciencia de todos aquellos que con sus actitudes fomentan el odio y la violencia, es el reproche que podemos sentir cada uno de nosotros los cristianos cuando nos quedamos callados permitiendo que la ola de crímenes y violencia envenene el alma de los niños y de los jóvenes que van creciendo con la esperanza de un futuro mejor.

No podemos seguir con la ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”, pues la violencia engendra violencia. Jesús nos dice: “Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su padre que está en los cielos.El hace brillar el sol sobre los malos y los buenos, y hace caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt.5, 43-45). En un mundo en el que existe tanta agresividad, odio, hostilidad, venganza, tenemos que recurrir a criterios cristianos para poder actuar en forma equilibrada.

San Pablo nos recuerda: “No vuelvan mal por mal, procuren el bien a los ojos de todos los hombres. De ser posible y en cuanto de ustedes depende, tengan paz con todos, no se dejen vencer por el mal, antes venzan el mal con el bien”. (Rom.12, 17-18.21). El cristianismo es exigente, así lo ha entendido una multitud de hombres y mujeres que no aparecen en la historia, pero que con sus palabras y ejemplos, fueron mensajeros de amor y de paz.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

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