Oscar Rodríguez Blanco,
s, d, b.*
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com
La vida es un don de Dios, es sagrada, es el fruto de su acción
creadora, único dueño desde el inicio de la concepción
hasta la muerte. Todos deseamos tener excelente salud y vivir por muchos
años, porque vivir es algo maravilloso, por eso procuramos defender
nuestra existencia de todo aquello que la ponga en peligro. La vida tiene
un valor y una dignidad.
Gracias a Dios en el mundo ha crecido el reconocimiento social por la
dignidad humana y por los derechos ciudadanos, así como la condena
por los atropellos y violaciones de los mismos derechos. Este logro es
algo muy positivo que tenemos que alabar, sin embargo; tenemos que reconocer
que en nuestra sociedad vivimos inmersos en la cultura de la muerte,
evidenciada por los numerosos crímenes que se cometen cada día
y por los atropellos a la dignidad humana que en gran escala nos informan
los medios de comunicación social.
Juan Pablo II, infatigable defensor de la vida, no duda en afirmar: El
Siglo XX será considerado una época de ataques masivos
contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción
permanente de vidas humanas inocentes (E.V.17).
La mayoría del pueblo salvadoreño es creyente, y como hombres
y mujeres de fe, tenemos que aceptar el reto de defender la vida en todas
sus etapas y luchar contra toda mentalidad que amenace la vida quitando
la paz y la armonía en los hogares. Dios ha tomado la vida del
ser humano bajo su protección y prohíbe su destrucción:
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás,
y el que mate deberá responder ante la justicia (Mt.5, 21).
Cristo ha proclamando que Él ha sido enviado por el Padre Dios
para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia, este llamado
divino es para la vida, no para la muerte. Este respeto por la vida brota
de la misma dignidad de la persona, y ni siquiera hace falta que seamos
creyentes para defenderla, la vida en si misma tiene un valor, independientemente
de nuestras creencias, es un valor que nadie tiene derecho a suprimir.
En el corazón del hombre, nos dice Jesús, anidan los
más variados crímenes: porque del corazón salen
los designios perversos, los homicidios, los adulterios, inmoralidades,
robos, testimonios falsos, calumnias (Mt.15, 19). Estas situaciones
son una gravísima ofensa a Dios Creador, único y absoluto
dueño de la vida. ¡Cuántos homicidios, violaciones,
amenazas a muerte, venganzas, etc., se están dando en la ciudad
y en el campo! ¡Cuántas personas dicen que viven atemorizadas
y que ya es imposible transitar por las calles a ciertas horas de la noche!
¿La vida ya no es considerada como un valor absoluto de la persona?
¿Estaremos perdiendo el sentido de Dios? ¿Ya no se habla
de sus mandamientos? ¿Qué está pasando en las familias?
La situación de inseguridad en que estamos viviendo nos está
indicando que existe una crisis de valores y que se están perdiendo
los principios morales que deben regular nuestra vida.
¿Qué hacer frente a esta situación? ¿Cuál
debe ser nuestra actitud como cristianos? Recordemos el reclamo que Dios
hace a Caín por haber matado a su hermano Abel: ¿Qué
has hecho? Habla la sangre de tu hermano y desde la tierra grita hacia
mí. Por lo tanto, maldito serás, y vivirás lejos
de este suelo fértil que se ha abierto para recibir la sangre de
tu hermano, que tu mano derramó (Gen.4, 10-12). Este reproche
sigue sonando en la conciencia de todos aquellos que con sus actitudes
fomentan el odio y la violencia, es el reproche que podemos sentir cada
uno de nosotros los cristianos cuando nos quedamos callados permitiendo
que la ola de crímenes y violencia envenene el alma de los niños
y de los jóvenes que van creciendo con la esperanza de un futuro
mejor.
No podemos seguir con la ley del Talión: Ojo por ojo, diente
por diente, pues la violencia engendra violencia. Jesús
nos dice: Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda
rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por
sus perseguidores. Así serán hijos de su padre que está
en los cielos.El hace brillar el sol sobre los malos y los buenos, y hace
caer la lluvia sobre justos y pecadores (Mt.5, 43-45). En un mundo
en el que existe tanta agresividad, odio, hostilidad, venganza, tenemos
que recurrir a criterios cristianos para poder actuar en forma equilibrada.
San Pablo nos recuerda: No vuelvan mal por mal, procuren el bien
a los ojos de todos los hombres. De ser posible y en cuanto de ustedes
depende, tengan paz con todos, no se dejen vencer por el mal, antes venzan
el mal con el bien. (Rom.12, 17-18.21). El cristianismo es exigente,
así lo ha entendido una multitud de hombres y mujeres que no aparecen
en la historia, pero que con sus palabras y ejemplos, fueron mensajeros
de amor y de paz.
*Párroco de la iglesia de María
Auxiliadora (Don Rúa).