Roberto Torruella Avelar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En mi anterior artículo del 22 de abril explicaba en qué
sentido empleo la necesidad de ser inteligente, aplicando
esta cualidad al interés sincero, racional y constante por conocer
la verdad, en el caso: la verdad sobre Jesucristo.
Para comenzar, habría que tomar conciencia de un fenómeno
que cabe plenamente en el ámbito de lo experimental para darse
cuenta así de que la historicidad de Jesús no es cuestión
de fe ni de piedad.
Para creer en Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre, como el Mesías
prometido por el Padre y anunciado por los profetas, se necesita la fe
(que es un don gratuito de Dios); pero para saber que Jesús fue
un judío, descendiente del Rey David, que vivió en Nazareth
y fue hijo de una jovencita llamada María y un carpintero de nombre
José; que vivió en tiempo de los sumos sacerdotes llamados
Anás y Caifás y murió siendo procurador romano Poncio
Pilato; que recorrió su tierra, predicando en los montes, en las
sinagogas y en el Templo de Jerusalén; que realizó innumerables
curaciones de enfermos conocidos en sus lugares y a la vista de grandes
multitudes; que resucitó también a una niñita, cuyos
padres y familiares lloraban su muerte; a un joven, hijo único
de una madre viuda, en Naim. Finalmente resucitó a un amigo llamado
Lázaro, muerto hacía ya tres días. Habló también
de una iglesia que Él fundó, dejando a un discípulo
suyo llamado Pedro, como cabeza de esa institución (que todavía
está presente).
Ese mismo Jesús anuncia la proximidad de su muerte, sin poses retóricas
ni alardes de héroe, simplemente diciendo que es preciso que Él
se vaya, pero que no les dejaría solos, pues les enviará
el Espíritu, y que Él, Jesús, estará con ellos
hasta el fin de los tiempos.
Finalmente, este hombre misterioso anuncia algo increíble: afirma
que resucitara. Y lo cierto es que resucitó. Una experiencia maravillosa
para los apóstoles y una afirmación de fe para nosotros.
Lo convincente, lo único, lo excepcional de esta serie asombrosa
de hechos consiste en que todos son de naturaleza experimental. Fueron
escritos por quienes fueron testigos. Los apóstoles escribieron
lo que vieron y en un tiempo cercano a los hechos. Más aún.
Fueron capaces de dejar su tierra y su gente, para cumplir con el mandato
del maestro y morir por Él.
Los cuatro evangelios, más que una historia de Jesús,
constituyen la historia de unas experiencias vividas junto a Él,
por quienes lo oyeron, vieron lo que Él hizo y le siguieron.
Para afirmar más estas experiencias, otro discípulo escribió
lo que constituye la primera historia de la Iglesia.
Esa historia se llama Hechos de los Apóstoles, que narra con preciosos
detalles las experiencias y vivencias de aquellas primeras comunidades
de discípulos que comienzan a llamarse cristianos y
que van brotando al paso de los evangelizadores, hasta llegar a Roma.
Las cartas de San Pablo, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago,
las cartas de San Pedro, la carta de San Judas, las cartas de San Juan
y el Apocalipsis, son otros tantos libros históricos que nos confirman
en el conocimiento de la Humanidad de Jesús, pues todos ellos giran
alrededor de la doctrina y de las enseñanzas de aquel Jesús
de Nazareth.
Es imposible que varios hombres se hayan puesto de acuerdo para escribir
estos libros, guardando la misma unidad de doctrina, el mismo espíritu
y las mismas enseñanzas y en diferentes estilos, si no aceptamos
que todos ellos están hablando de la misma persona, Jesús
de Nazareth, seguros de que existió. Él, y sólo Él,
Jesús de Nazareth, es el centro de esta historia, es la fuerza
increíble que impulsa esta nueva vida: el gran fenómeno
cristiano.
Y si todo esto no fuera cierto, para qué y para quién se
hubieran escrito unas historias tan increíbles, con esa unidad
de propósitos, con esa profundidad de doctrina, con semejantes
exigencias morales, guardando esa identidad de Jesús en todos los
momentos de su vida, con toda la misteriosa grandeza de su misión:
el Mesías que vino a salvar a todos los hombres y llevar a cabo
una nueva alianza.
Ni el sicólogo más hábil, ni el más profundo
conocedor de la naturaleza humana podría haber creado
una persona como Jesús de Nazareth. Saber que existió es
conocimiento que se obtiene con el auxilio de la historia, de la arqueología,
del arte y de las ciencias religiosas como la liturgia. Esto facilita
el camino hacia la fe. Ésta es su importancia; pero se necesita
ser inteligente... y honesto.
Creer en Jesús, como nuestro Salvador, es don de la fe y ésta
es un regalo de Dios. Amarle y serle fiel hasta el sacrificio es fruto
de una fe madura, consecuente, responsable, creativa y generosa. Pedir
esta fe es deber de todo cristiano que tome en serio a Dios, a Jesucristo
y al Espíritu Santo.
No hacerlo es acercarse peligrosamente al puro animal, que nace, crece,
come, bebe, se reproduce, trabaja, envejece y muere. Los valores no cuentan.
Entonces... esta maravillosa criatura (el hombre) no es capaz de enriquecer
el extraordinario fenómeno humano. Entonces aparece el animal más
peligroso de todos los tiempos: ¡el animal racional!
* Monseñor.