elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Rearfirmando una experiencia
Para ser cristiano... hay que ser inteligente

Creer en Jesús, como nuestro Salvador, es don de la fe y ésta es un regalo de Dios. Amarle y serle fiel hasta el sacrificio es fruto de una fe madura, consecuente, responsable, creativa y generosa.

Publicada 30 de junio 2004, El Diario de Hoy

Roberto Torruella Avelar*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En mi anterior artículo del 22 de abril explicaba en qué sentido empleo la necesidad de “ser inteligente”, aplicando esta cualidad al interés sincero, racional y constante por conocer la verdad, en el caso: la verdad sobre Jesucristo.

Para comenzar, habría que tomar conciencia de un fenómeno que cabe plenamente en el ámbito de lo experimental para darse cuenta así de que la historicidad de Jesús no es cuestión de fe ni de piedad.

Para creer en Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre, como el Mesías prometido por el Padre y anunciado por los profetas, se necesita la fe (que es un don gratuito de Dios); pero para saber que Jesús fue un judío, descendiente del Rey David, que vivió en Nazareth y fue hijo de una jovencita llamada María y un carpintero de nombre José; que vivió en tiempo de los sumos sacerdotes llamados Anás y Caifás y murió siendo procurador romano Poncio Pilato; que recorrió su tierra, predicando en los montes, en las sinagogas y en el Templo de Jerusalén; que realizó innumerables curaciones de enfermos conocidos en sus lugares y a la vista de grandes multitudes; que resucitó también a una niñita, cuyos padres y familiares lloraban su muerte; a un joven, hijo único de una madre viuda, en Naim. Finalmente resucitó a un amigo llamado Lázaro, muerto hacía ya tres días. Habló también de una iglesia que Él fundó, dejando a un discípulo suyo llamado Pedro, como cabeza de esa institución (que todavía está presente).

Ese mismo Jesús anuncia la proximidad de su muerte, sin poses retóricas ni alardes de héroe, simplemente diciendo que es preciso que Él se vaya, pero que no les dejaría solos, pues les enviará el Espíritu, y que Él, Jesús, estará con ellos hasta el fin de los tiempos.
Finalmente, este hombre misterioso anuncia algo increíble: afirma que resucitara. Y lo cierto es que resucitó. Una experiencia maravillosa para los apóstoles y una afirmación de fe para nosotros.

Lo convincente, lo único, lo excepcional de esta serie asombrosa de hechos consiste en que todos son de naturaleza experimental. Fueron escritos por quienes fueron testigos. Los apóstoles escribieron lo que vieron y en un tiempo cercano a los hechos. Más aún. Fueron capaces de dejar su tierra y su gente, para cumplir con el mandato del maestro y morir por Él.

Los cuatro evangelios, más que una “historia” de Jesús, constituyen la historia de unas experiencias vividas junto a Él, por quienes lo oyeron, vieron lo que Él hizo y le siguieron.
Para afirmar más estas experiencias, otro discípulo escribió lo que constituye la primera historia de la Iglesia.

Esa historia se llama Hechos de los Apóstoles, que narra con preciosos detalles las experiencias y vivencias de aquellas primeras comunidades de discípulos que comienzan a llamarse “cristianos” y que van brotando al paso de los evangelizadores, hasta llegar a Roma.

Las cartas de San Pablo, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, las cartas de San Pedro, la carta de San Judas, las cartas de San Juan y el Apocalipsis, son otros tantos libros históricos que nos confirman en el conocimiento de la Humanidad de Jesús, pues todos ellos giran alrededor de la doctrina y de las enseñanzas de aquel Jesús de Nazareth.

Es imposible que varios hombres se hayan puesto de acuerdo para escribir estos libros, guardando la misma unidad de doctrina, el mismo espíritu y las mismas enseñanzas y en diferentes estilos, si no aceptamos que todos ellos están hablando de la misma persona, Jesús de Nazareth, seguros de que existió. Él, y sólo Él, Jesús de Nazareth, es el centro de esta historia, es la fuerza increíble que impulsa esta nueva vida: el gran fenómeno cristiano.

Y si todo esto no fuera cierto, para qué y para quién se hubieran escrito unas historias tan increíbles, con esa unidad de propósitos, con esa profundidad de doctrina, con semejantes exigencias morales, guardando esa identidad de Jesús en todos los momentos de su vida, con toda la misteriosa grandeza de su misión: el Mesías que vino a salvar a todos los hombres y llevar a cabo una nueva alianza.

Ni el sicólogo más hábil, ni el más profundo conocedor de la naturaleza humana podría haber “creado” una persona como Jesús de Nazareth. Saber que existió es conocimiento que se obtiene con el auxilio de la historia, de la arqueología, del arte y de las ciencias religiosas como la liturgia. Esto facilita el camino hacia la fe. Ésta es su importancia; pero se necesita ser inteligente... y honesto.

Creer en Jesús, como nuestro Salvador, es don de la fe y ésta es un regalo de Dios. Amarle y serle fiel hasta el sacrificio es fruto de una fe madura, consecuente, responsable, creativa y generosa. Pedir esta fe es deber de todo cristiano que tome en serio a Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo.

No hacerlo es acercarse peligrosamente al puro animal, que nace, crece, come, bebe, se reproduce, trabaja, envejece y muere. Los valores no cuentan. Entonces... esta maravillosa criatura (el hombre) no es capaz de enriquecer el extraordinario fenómeno humano. Entonces aparece el animal más peligroso de todos los tiempos: ¡el animal racional!

* Monseñor.

elsalvador.com WWW